Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Proyecto de Nación: Falacia
Eduardo García Gaspar
8 marzo 2017
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Es la diferencia entre un ejército y un grupos de amigos. Entre una empresa y un club deportivo.

En unos existe un orden jerárquico dentro de un plan común de acción. En los otros no hay jerarquías de mando, ni un plan general común a todos, sino unas pocas reglas de juego y posibilidad de iniciativa propia y asociación libre.

Esa diferencia, que bien vale una segunda opinión el señalar, muestra al error cometido por quienes proponen e implantan la planeación de la sociedad. Examinar esto es un deber.

Comencemos con la usual petición de un candidato en campaña electoral. Pide que la sociedad tenga un plan común, un proyecto de nación, los objetivos nacionales, y hace de eso un requisito indispensable para el progreso del país. Sin ese proyecto común no se podrá prosperar.

Ese proyecto, se piensa, hará posible la planeación del país, especialmente su economía. El plan será implantado desde arriba, por parte del gobierno, incluyendo cosas como apoyos al campo, créditos blandos a negocios pequeños y medianos, apertura de universidades, sustitución de importaciones y lo que a usted se le ocurra.

El pequeño detalle es que el proyecto nacional supone que la sociedad es una organización jerárquica en la que los de arriba dan órdenes que los demás ejecutan; como un ejército en un plan de batalla, o una empresa para el desarrollo de un producto. Este es el gran problema.

Y consiste en (1) suponer que sin un plan nacional la sociedad no progresará y (2) suponer que la implantación de ese plan equivale a girar órdenes desde arriba y presentar cuentas desde abajo. Estas suposiciones tienen sus consecuencias, que no son pequeñas.

Aumenta el poder de los gobernantes y disminuye el de los ciudadanos, creando una sociedad con dos castas: la élite que gira instrucciones y la plebe que las obedece. Con un síntoma muy claro, la abundancia de leyes con instrucciones detalladas al máximo posible. Esta situación abre la puerta a gobiernos cada vez más grandes y costosos que viven de una actividad económica privada cada vez menos dinámica.

Hay, sin embargo, otro de esos pequeños detalles que deben molestar a quienes creen en la necesidad de proyectos nacionales como medio para prosperar.

¿Es posible crear un plan o proyecto nacional razonablemente sustentado? Para tenerlo tendría ese plan que (1) ser del gusto de una amplísima mayoría, reconociendo que siempre habrá desacuerdos crecientes conforme más se detalle el plan. Además, (2) el plan tendría que ser evaluado por su eficiencia potencial y más tarde corregidos sus errores.

Eso hace imposible la existencia de un plan cimentado sólidamente, por lo que queda solo una opción: la implantación del plan propuesto por la minoría más poderosa que obligará al resto a seguir sus directivas.

Los que, por ejemplo, estén en desacuerdo con la implantación de precios agrícolas de garantía o con préstamos blandos a industrias selectas, tendrán que quedarse callados y obedecer por la fuerza. La minoría selecta que creó el proyecto usará la coerción para implantarlo, como sucede en las economías planificadas centralmente.

Esto tiene un efecto no intencional de grandes consecuencias: no habrá mecanismos de corrección de errores. El plan será implantado por la fuerza y se mantendrá por la fuerza, pues cualquier corrección significaría que la minoría en el poder se ha equivocado y eso no puede suceder.

Por supuesto, el proyecto de nación no tendrá éxito y tampoco será corregido: el país se adentra en una trayectoria de estancamiento primero y caída luego, como Venezuela o Cuba o la UE. Todo por suponer que un proyecto o plan de nación es posible y necesario para prosperar.

Creer eso tiene una falla poco vista y que al ser mencionada suele causar protestas. Ese plan o proyecto nacional contiene metas nacionales, como crear tantos empleos, sustituir tantas importaciones, fomentar el campo y demás. Eso es erróneo. No debe contener metas ni objetivos y si los tiene tenderá a fracasar.

El único plan nacional factible es el que tiene reglas de juego para los ciudadanos, sin jerarquías, dejando que cada uno cree sus propios objetivos personales y sea responsable de alcanzarlos. Esas reglas de juego establecen limitaciones de acción de las personas para respetar a los demás.

La función del gobierno es hacer respetar esas reglas de trato mutuo para crear un ambiente de confianza razonable en el largo plazo que en general facilite las acciones de las personas en la consecución de sus propios objetivos. No hay metas nacionales, hay metas personales.

Con una ventaja sustancial, el aprovechamiento del talento de todos y su conocimiento para lograr metas en las que existe real compromiso personal. ¿Qué se logrará con esto? Los detalles son imposibles de predecir, pero el resultado general será prosperidad creciente.

Y es que al final de cuentas, todo es un asunto de sentido común: es imposible que una minoría en el gobierno conozca y sepa más y tenga más compromiso que todos los millones de ciudadanos juntos.

¿El proyecto o plan nacional? Realmente un mito, o una falacia, o una hipótesis errónea si es que se entiende como planeación central de la sociedad.

Post Scriptum

Para esta columna me apoyé fuertemente en Scruton, Roger. The Uses of Pessimism. New York: Atlantic Books Ltd, 2014.

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