Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pemex, el Problema Real
Eduardo García Gaspar
15 febrero 2008
Sección: NACIONALISMO, Sección: Una Segunda Opinión
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Las discusiones mexicanas al respecto de cómo salvar al monopolio estatal petrolero son dignas de ser examinadas, incluso con cierto morbo. Es una realidad aceptada que el monopolio está en problemas, especialmente en cuanto a reservas y disponibilidad de recursos para sobrevivir. Y es una realidad también que los problemas han sido aceptados, lo que ya es ganancia. Pero es en las soluciones que debe ponerse atención.

El marco mental mexicano al respecto del monopolio estatal es un ejemplo de lo nacionalmente correcto, es decir, una postura insostenible basada en una justificación inexistente sobre un asunto importante y que provoca decisiones irracionales. Desde luego, la solución obvia, natural y simple sería partir al monopolio en tres o cuatro empresas mínimo y venderlas a los mejores postores. Pero la mentalidad nacionalmente correcta lo impide.

Muchos en el PRD, especialmente López Obrador, quieren que las cosas sigan como van, camino al despeñadero y hablan de que todo cambio significaría la privatización de la empresa, lo que es anatema para ellos. Por su parte, PRI y PAN, que son un poco más razonables, hacen propuestas de soluciones, pero siempre enfatizando que no se trata de una privatización, que no se trata de entregar lo que es de todos los mexicanos, que lo que dice el PRD es falso.

Más aún, el PAN ha mencionado abiertamente que no puede hablarse de privatización porque no existe aún un plan de modernización del sector eléctrico. Todo este panorama de discusiones y declaraciones innecesarias es fascinante: muestra dos facetas de la política mexicana. Una es la serie de acusaciones extremas sin base, que van de una parte a otra y que los medios reproducen. Nada de fondo, mucho de pérdida de tiempo.

Pero la faceta más interesante es la de lo nacionalmente correcto y que en este caso coloca al monopolio estatal como un intocable. Es un tema que no puede discutirse. Es como una especie de deidad cuya existencia está libre de estudios, análisis y cuestionamientos. Es aún mayor que un dogma religioso. Quien tenga el atrevimiento de sugerir que el monopolio cambie siquiera un poco, es de inmediato considerado traidor a la patria y un hereje vendido a oscuros intereses.

Por alguna razón digna de estudio muchos en este país están indoctrinados en la creencia de que Pemex es de todos los mexicanos. Y no importa qué pruebas se presenten en contra de esa idea, lo siguen creyendo literalmente. Una buena parte de la ciudadanía piensa así y eso es materia prima política para partidos en busca de popularidad: acusarían a los otros partidos de vender a la patria lo que produciría votos en las elecciones siguientes.

Es decir, el monopolio estatal cuyo patrimonio debe ser negativo, es principalmente una herramienta política. Más que energéticos, produce causas electorales o políticas. No es una empresa sino un motivo electoral. Desde luego, la consecuencia de esta situación es el fracaso de la empresa que no puede ser manejada con criterios de eficiencia, sino de política.

El tema bien vale una segunda opinión, no tanto en sí mismo, sino como una ilustración de las causas por las que fallan los gobiernos al entrar en los terrenos comerciales y empresariales. Los gobiernos son conducidos bajo criterios que nada tienen que ver con la eficiencia en el manejo de los recursos. Por eso, sus proyectos suelen tardar más tiempo y ser más caros.

Además el caso de Pemex ilustra muy bien cómo opera el factor del orgullo nacional, una variable en extremo costosa que daña a la población pero que justifica acciones gubernamentales irracionales. No es el único caso, muchos países lo padecen y pagan las consecuencias con gobiernos que gastan más de lo que deben.

Lo que en el fondo hay, por tanto, es más que un monopolio estatal metido en serios problemas. El problema de fondo es uno mental: el que hace creer que el monopolio es un orgullo nacional que debe ser mantenido cueste lo que cueste. Ese orgullo nacional irrestricto tiene un costo que se llama subdesarrollo.

Post Scriptum

En El Foro de Monterrey se tiene una breve lista del por qué fallan los proyectos gubernamentales que tienen objetivos comerciales:

“… las intenciones de los gobiernos al realizar esos proyectos son buenas, muy buenas, pero eso no basta… Esos proyectos suelen hacer uso de argumentos intangibles, como el prestigio nacional, su proyección internacional y otros que no son fácilmente medibles… A los proyectos gubernamentales suele sobrarles optimismo. Las cifras de costos son asombrosamente bajas y los estimados de ingresos irrealmente altos… Los registros de costos del proyecto son confusos y múltiples… no existe ni presión para considerar a los mercados, ni percepción de riesgo de capital…Las organizaciones y estructuras administrativas creadas por los gobiernos son complejas y están llenas de vericuetos políticos que hacen de lado las consideraciones de rentabilidad para poner atención en el prestigio político del gobierno mismo”.

Un muy buen libro sobre el tema es el de Myddelton, David R. (2007). They Meant Well: Government Project Disasters. London. The Institute of Economic Affairs. 9780255366014.


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