Un asunto de prosperidad y bien común. Un requisito básico para lograr la felicidad personal, un gobierno moderado y limitado. El caso del equilibrio de la autoridad política.

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Introducción

Parto de la idea de la separación entre la iglesia y el estado y la pongo junto a la idea de la separación de los poderes de la autoridad. Me refiero a la noción de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

¿Cuál es el común denominador entre esas ideas? Uno básico: la idea de la distribución del poder, de la división del poder, de su fragmentación, de su reparto, fraccionamiento y ruptura. Es la idea del equilibrio de la autoridad política.

Hay, desde luego, otras muchas menciones de esta idea de equilibrio.

Por ejemplo, la mención de Ludwig Erhard (Líderes) como iniciador en Alemania de un principio de poder equilibrado, cimentado en lo peligroso que es acumular demasiado poder en manos públicas o manos privadas.

También, en otra obra (The Road to Serfdom) se habla de que la descentralización reduce el poder absoluto y se afirma que el sistema libre de economía es el único sistema capaz de disminuir el poder que puede tener una persona sobre otra.

Igualmente otro libro (The Rise and Fall of the Great Powers) expresa la noción de que una sociedad con autoridades en equilibrio progresa más que una centralizada.

Y otro más (Los Verdaderos Pensadores de Nuestro) que reitera la idea natural de que la armonización de millones de iniciativas conduce a un orden superior, logrado de manera espontánea.

El principio central

¿Por qué no pensar en aplicar ese mismo principio, el del equilibrio de la autoridad, de manera sistemática y consistente a toda la sociedad?

📌 Mi sustento es la tesis de que donde existe equilibrio de autoridades tiende a haber más bienestar general que donde la autoridad se ha desequilibrado.

Es natural y explicable que aún hoy subsistan las ideas tradicionales, contrarias a ese equilibrio que en su esencia hablan de gobiernos de amplios poderes, fuertes y concentrados. Las personas que así piensan tienen inclinaciones muy añejas, aunque desde luego no hay duda de sus buenas intenciones.


«Si los hombres fueran ángeles, no sería necesario ningún gobierno. Si los ángeles gobernaran a los hombres, no serían necesarios ni controles externos ni internos sobre el gobierno. Al formular un gobierno que debe ser administrado por hombres sobre hombres, la gran dificultad radica en esto: primero debe permitir que el gobierno controle a los gobernados; y en segundo lugar obligarlo a controlarse a sí mismo»

— James Madison

La propuesta central

Todos queremos bienestar y felicidad. Intentaré sostener la idea de que hay que redistribuir, no la riqueza, sino el poder, es lo que produce el bienestar general. El equilibrio de la autoridad crea prosperidad.

Me inclino por ideas menos añejas, más revolucionarias, que lleven a su consecuencia lógica la noción de la democracia.

Porque, después de todo si un ciudadano es juzgado como libre y capaz de emitir un voto válido para la elección de un gobernante y sufrir sus consecuencias, resulta ilógico que no se le considere capaz también de abrir un negocio, de trabajar en lo que desee, de comprar lo que quiera, de hablar de lo que desee y en general de decidir su propia felicidad.

📌 Quiero proponer la sencilla idea de que el principio del equilibrio de la autoridad es uno que apoya una relación de causa y efecto entre el máximo uso de nuestras facultades y el bienestar general.

Es decir, me mueve la misma razón que motiva a quienes proponen de manera tradicionalista gobiernos poderosos y grandes, que es la elevación de los niveles de bienestar general. Pero voy a diferir notablemente de sus propuestas.

Bienestar general, bien común y felicidad personal

Propongo considerar que el bienestar general de una sociedad es un concepto global que incluye al bien común y a la felicidad personal. El bienestar general, por tanto, pasa a ser una especie de suma algebraica de los dos conceptos siguientes, el bien común y la felicidad personal.

Por su parte, el bien común es la existencia de satisfactores de necesidades de los miembros de la sociedad, entendiendo por satisfactores a bienes, servicios, leyes, juicios, instituciones, circunstancias y facilidades en general que las personas usan, consumen, o gozan para elevar su felicidad personal.

Visto así, el bien común es la suma de los satisfactores que existen en una sociedad, lo que incluye su disponibilidad. Cuantos más satisfactores se produzcan mayor será el bien común y cuanto más baratos sean mayor lo será también.

No se refiere exclusivamente a satisfactores materiales, como automóviles o tomates, sino también a satisfactores políticos, como un buen sistema policiaco y leyes confiables, y a satisfactores espirituales o culturales, como periódicos libres y tolerancia religiosa.

Y la felicidad personal es el nivel de satisfacción de las necesidades que cada persona tiene. Esto es una especie de suma algebraica de la cuantía en la que cada necesidad de cada persona está satisfecha, ponderada por la importancia subjetiva de esa necesidad.

Felicidad material

Las personas trabajamos y por ello logramos un ingreso que usamos para satisfacer nuestras necesidades de todo tipo, sea comprar pan o dar un donativo.

Con ese ingreso satisfacemos alguna proporción de las necesidades que tenemos al hacer posible nuestro acceso a bienes y servicios de mil diversas naturalezas, como vestido, alimento, diversión, caridad, educación y otras muchas.

¿Cómo hacemos eso? Lo hacemos con intercambios, dando algo de lo que es nuestro a cambio de algo que otro posee, un mecanismo sencillo que viene de tiempos inmemoriales.

Hay grandes promesas de riqueza y de solución de la pobreza al dejar que quien lo quiera hacer abra el negocio que planeó, permitiendo que el que quiera producir algo lo haga, dejando libres las iniciativas de los hombres y de las mujeres, que hagan realidades sus sueños, que creen los satisfactores que ellos piensan que a otros servirán.

Haciendo que las leyes respeten esas iniciativas y que las fomenten, que sea fácil y sencillo abrir esos negocios, fábricas y plantas. Haciendo barato el costo de apertura y de mantenimiento de esas instituciones; respetando el fruto de ese trabajo y de esas iniciativas.

La sociedad que eso haga, progresará y sus habitantes serán más felices. Es un error poner límites a los frutos que produce el trabajo, así ocasionen ellos grandes diferencias de ingresos, que el problema no es tener individuos millonarios, sino personas pobres.

Felicidad política

Pasamos ahora a ver aspectos del bienestar político, que se refiere a los ciudadanos en sus relaciones con la autoridad, donde el gobierno es un instrumento para facilitar la vida en sociedad y no puede usar la fuerza contra los ciudadanos, a menos que ellos la hayan usado primero.

Quienes nos gobiernan son hombres como el resto, no son peores, pero tampoco son mejores, aunque puedan con facilidad ser peores.

Al comprender esta similitud entre gobernantes y gobernados es que vemos la lógica conclusión de la democracia, seres electos por tiempo definido, por sus iguales y sin más luces, ni mejor entendimiento, ni mayor capacidad, lo que hace imposible la concepción de seres iluminados capaces de llevar a los pueblos a destinos elegidos por rutas por ellos solamente conocidos.

Si el bienestar económico conlleva la idea de una independencia personal, el bienestar político acarrea la misma idea, la de la autonomía individual, que no es otra cosa que la imposibilidad de que la autoridad viole los derechos y libertades que son naturales a la persona.

Es la limitación de los actos de gobierno al cumplimiento de aquello que es su misión y que es el cuidado de las vidas de las personas y sus propiedades, con la consecuencia lógica de que tampoco el gobierno puede violar los derechos de la persona.

Resultaría incongruente que quien tiene el deber de evitar las violaciones de los derechos en los tratos entre los hombres fuera una institución que los violara ella misma.

Esta posibilidad de mal comportamiento gubernamental es la que ha originado mecanismos para el equilibrio de la autoridad política: representantes de la sociedad dentro del gobierno, selección periódica de gobernantes, posibilidad de establecer querellas contra actos de autoridad, división de poderes, la separación entre gobierno y empresas, federalismo, autonomía municipal y todo aquello que contiene al gobierno dentro de estrechos límites.

Es razonable decir que el bienestar político coincide con la existencia de una estructura de leyes que son propicias a la consecución de la felicidad personal, es decir, que permiten la máxima expresión real posible de las iniciativas humanas.

¿Para qué existe un gobierno?

La única explicación razonable es la de que un gobierno sólo sirve para prestar servicios de protección a los derechos de las personas que viven bajo su autoridad de manera que pueda elevarse en bien común y la felicidad personal.

El gobierno es como una fuerza común que hace lo que haríamos cada uno de vivir en una situación anárquica, que es defender lo que creemos que es nuestro viendo a la ley como la fuerza común que frena a la injusticia.

Al gobierno hemos cedido esos poderes de defensa personal legítima ante ataques de otros con la única idea de que así seamos más felices, de que otros no abusen de nosotros y por tanto, mucho menos deseamos abusos de la propia autoridad.

Pero no podremos ser felices sin gobierno, requerimos de esa autoridad para que ella impida abusos y violaciones de nuestros derechos.

Felicidad espiritual

Pasemos ahora a examinar algunas cuestiones relativas al bienestar espiritual, sin que ello signifique que estén separadas de las cuestiones materiales y de las políticas. Está aquí lo que llamamos espiritual, cultural, o moral. Las más grandes facultades que tenemos y que constituyen nuestra naturaleza humana.

Podemos pensar, analizar, estudiar, descubrir, sistematizar, aprender, rezar. Podemos reproducir nuestras ideas en lenguajes y hacerlos accesibles a otros, en varios lugares y tiempos. Gozamos, sentimos, amamos, tenemos sueños, deseamos logros, tenemos inquietudes religiosas.

Ninguna de estas capacidades tendría sentido sin ir acompañadas de satisfactores y de la posibilidad de compartirlas con el resto, en un proceso que enriquece a los demás y les hace posible disponer de lo que ellos solos no podrían crear, perdiendo por eso posibilidades de felicidad.

Si en la esfera de lo económico se intercambian bienes, en la esfera de lo espiritual se intercambian ideas, bienes, información y formación.

Esto algo que supera a la idea tradicional de la libertad de expresión, pues se refiere a los intercambios de conocimientos, revelaciones, descubrimientos, datos, acontecimientos, sentimientos y sucesos; intercambios que nos enriquecen. Quien tiene formación, información y educación tiene independencia y más probabilidad de ser feliz.

Así como no es posible poner un límite máximo al ingreso, tampoco es posible poner un límite a la riqueza cultural o espiritual. Las personas seleccionamos lo que está más acorde con nuestra definición personal de felicidad y para elevarla requerimos satisfactores como la existencia de un templo cercano al que podamos asistir al servicio religioso que deseamos.

Leemos periódicos, escuchamos la radio que nos place más, vemos la televisión que nos gusta, estudiamos en la cantidad que queremos, estamos rodeados de informaciones y de formaciones que usamos a nuestra elección.

Para eso necesitamos bienes y satisfactores de todos tipos, sean tan materiales como el agua para beber, o tan difíciles de clasificar como una biblioteca, incluyendo bienes en el más amplio sentido, como el bien de la tolerancia religiosa.

El equilibrio de la autoridad promueve la felicidad

La propuesta central es directa: la felicidad personal es producida por la disponibilidad de medios que satisfacen necesidades materiales, políticas y espirituales/culturales. Lo que permite y fomenta la disponibilidad de esos satisfactores es la libertad personal para crearlos y hacerlos accesibles a otros según iniciativas personales.

Por tanto, todo lo que obstaculice innecesariamente la libertad de iniciativa para crear esos satisfactores disminuye la felicidad de las personas. Un monopolio, por ejemplo, impide la producción de bienes mejores y más baratos. Una legislación excesiva limita libertades y su uso práctico. La censura informativa produce ignorancia y decisiones equivocadas.

No puede dictarse la felicidad personal de nadie sin que exista una imposición obligatoria sobre la persona. Pero sí es posible establecer que para que cada persona logre su propia felicidad debe facilitarse la creación de grandes cantidades de satisfactores de la más variada naturaleza, que es lo que constituye el bien común.

Por eso, quien desee el bienestar general de la población tiene ante sí un solo problema que es el de lograr la creación de tantos bienes y servicios como puedan tenerse dentro de un sistema de respeto a los derechos naturales.

Cometería grave falta quien procediera a establecer cuál es la felicidad personal para cada ciudadano, pues cada persona es única e individual, con diferentes necesidades que ni ella misma quizá pueda establecer con claridad.

Puede argumentarse, con razón, que no es posible lograr la felicidad máxima de las personas, puesto que no hay satisfactores que alcancen. Sí, efectivamente, existe escasez de bienes y servicios a disposición de las personas.

Ese es nuestro problema terrenal, trabajar con inteligencia para tener una vida terrenal mejor en todos sentidos y con los más altos posibles niveles de felicidad. No tendremos un paraíso terrenal jamás, pero sí podremos solucionar muchas de nuestras carencias y llegar a niveles de felicidad mayores.

No podemos ir más allá de un arreglo social de gobierno y leyes que respete y promueva la creación y el intercambio de satisfactores, es decir, de los frutos mismos de nuestro trabajo (Nozick Robert, Anarchy, State and Utopia).

Porque los satisfactores de unos son los frutos del trabajo de otros y sabiendo esto, el problema único que enfrentamos es el de procurar la máxima creación de satisfactores, lo que por lógica aplastante solo puede lograrse facilitando las iniciativas y las realizaciones del trabajo.

El desequilibrio de la autoridad

Imaginemos, por un momento, que vivimos en la época de Ptolomeo. Entonces, estaremos seguros de que la tierra es el centro del universo y que todo lo demás gira en círculos perfectos.

Tenemos pasiones por las formas perfectas, redondas, simétricas y sucumbimos con facilidad ante las primeras impresiones.

Tenemos amores y pasiones por formas que creemos perfectas y de lógica aparente, que son cosas que nos simplifican la vida, pues explican lo desconocido con nuestras propias convenciones de lo que es atractivo, ordenado y adecuado a las ideas imperantes.

Nos burlamos ahora de la idea de que la tierra es el centro del universo, pero hay una idea similar que se mantiene hoy en día.

Sufrimos todavía esa pasión injustificada por los cánones perfectos, agradables al sentido común y al orden intuitivo, cuando aún vemos en el gobierno a uno de esos centros fáciles de la gravitación humana, que nos hace girar a su alrededor, cuando es esa autoridad la que debería girar alrededor de los hombres.

La tradición de la gran autoridad

Hay en muchos lados todavía una mentalidad conservadora, que es la de solicitar para todo la intervención del gobierno, como si fuésemos incapaces de solucionar nada sin la ayuda del gobierno (Mises Ludwig von, Planning for freedom). Esto es impedir el equilibrio de la autoridad política, creer que ella es la solución universal de todo.

Peor aún es esa manera de pensar tan corriente y general, que cree que lo que el gobierno otorga no tiene costos para nadie, como si las autoridades pudieran realizar milagros de multiplicación de bienes (Ortega y Gasset, José, La Rebelión de las Masas).

¿Qué es mejor, un arreglo social ordenado bajo los dictados de la autoridad política o la sociedad que deja libres las iniciativas de sus miembros para que cada uno de ellos haga realidades esas iniciativas de la mejor forma que crea factible respetando los derechos personales?

Debemos enfrentar esta tarea sin el prejuicio del gobierno como centro de la sociedad: seamos escépticos de esa noción y aceptémosla solo si ella es la solución a esos problemas, no por costumbre, ni por falta de imaginación, ni por comodidad intelectual.

Debemos evitar también, la aceptación de propuestas sociales solo porque ellas tienen buenas intenciones. Demasiado acostumbrados estamos a aceptar todo lo que tenga como propósito algo bueno y loable.

Tan inmoral puede ser el realizar algo con malas intenciones y extraordinaria inteligencia, como el hacer otra cosa con muy buenas intenciones y pésimo uso de la razón. Mil veces hemos oído mencionar la necesidad de la intervención del gobierno, suponiendo que basta estar lleno de buenas intenciones y loables objetivos.

Bajo esta manera de pensar cualquier acto humano sería visto como positivo si tiene objetivos buenos. Porque con las mismas intenciones una autoridad puede expropiar todas las industrias y otra privatizarlas.

¿Cómo saber qué es lo mejor, independientemente de las intenciones? Esa es la pregunta que debemos explorar para encontrar si el equilibrio de la autoridad es el principio buscado.

Más aún, de las obras que realizamos los hombres podemos esperar inteligencia, imaginación y talento. A diario vemos a nuestro alrededor verdaderos milagros de adelantos e innovaciones y, sin embargo, la perfección no es algo esperado.

Nuestro camino está lleno al mismo tiempo de grandes logros y de grandes equivocaciones; no somos perfectos, somos inteligentes pero podemos errar, poseemos valores pero podemos hacer el mal y por eso nuestra sociedad no puede ser perfecta.

Pero queremos que lo sea y como prueba de ello están los sueños que describen con seriedad o como fantasía arreglos sociales ideales; sueños que suelen apoyarse en el estatocentrismo.

Regresar al equilibrio de la autoridad

La consecuencia es obvia y puede ser explicada en los puntos siguientes. Explicado en términos negativos: todo lo que detenga a la libertad de iniciativa personal para la creación de satisfactores producirá un deterioro en el progreso de la sociedad.

1. La felicidad personal depende de la existencia de satisfactores del necesidades

La felicidad personal, material, política y espiritual/cultural aumentará conforme se eleve la disponibilidad y accesibilidad de satisfactores de todo tipo.

📌 Esto significa que la prosperidad general de una sociedad y de quienes viven en ella depende en muy buena medida de la existencia de esos bienes. Lo que impida la creación de ellos afectará la prosperidad general y la felicidad personal.

2. La existencia de satisfactores de necesidades es resultado de la libertad personal

Es obvio concluir que entonces la creación de los satisfactores es merecedora de la mayor atención posible. Después de todo, la felicidad personal solo es posible mediante la disponibilidad y accesibilidad de ellos.

Afortunadamente se conoce cómo lograr la producción abundante de ellos: dejar el libertad a las iniciativas personales que los crean. Cuantas más personas puedan contribuir a su producción, mejor para todos.

3. La libertad personal necesita una autoridad equilibrada

Es este el meollo de la propuesta en esta columna. La prosperidad necesita una autoridad política en equilibrio y eso significa un balance entre sus funciones de poder y el respeto y fomento a la libertad de sus ciudadanos.


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[Actualización última: 2022-05]

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Más de cuatro décadas de escribir columnas de opinión y análisis políticos en periódicos y en línea. Autor de tres libros.