Falacias engaños
Trucos de la mente

Falacia de la imposición de voluntad ajena. Una manera errónea de razonar. Utiliza el argumento del deseo de dominio o imposición de la opinión del opositor como arma única de descalificación, sin necesidad de argumentación adicional.

Definición de la falacia de imposición de voluntad

El uso de la «intención del opositor de imponerse» como una argumentación que busca desacreditar a ese opositor.

Es un modo de argumentación que utiliza un instrumento burdo que pretende descalificar al contrario sin tener una base sólida. Es algo que funciona por medio de la descalificación del enemigo acusándolo de intentar forzar su opinión en los demás.

Esquema de funcionamiento

La falacia de la imposición de voluntad ajena puede comprenderse en el siguiente proceso:

  • La persona A expresa una opinión, no importa cuál sea.
  • La persona B expresa una opinión contraria a la de A.
  • La persona A expone razones por las que justifica su opinión.
  • La persona B acusa a A de querer imponer su opinión en todos y con ello intenta descalificar la opinión de A.

Sin necesidad de exponer sus propias razones, ni evaluar las contrarias, la persona B ataca a A. El ataque a esta última consiste en una acusación: «A está solamente tratando de imponer su voluntad y por eso su opinión debe descartarse».

Falacia exitosa

La falacia de ela imposición de voluntad ajena funciona bien, porque apela al deseo de libertad que crea un rechazo inmediato a los intentos de ser dominado por otros.

De esa manera, el error pasa desapercibido: no fueron analizadas las razones de uno y las del otro no fueron expuestas. No hubo un análisis, ni un contraste de argumentaciones.

Sencillamente, una de las opiniones fue calificada de «intento de imposición y dominio» para, por esa razón, ser automáticamente rechazada y sin valor alguno.

Un ejemplo exagerado

Para mejor comprender esta falacia, el siguiente ejemplo muestra el empleo de la idea de la imposición de voluntad del contrario:

  • Persona A: La tierra es redonda.
  • Persona B: La tierra es plana.
  • Persona A: Las fotografías desde el espacio muestran una esfera que gira sobre su eje.
  • Persona B: Usted quiere imponer sus opiniones sobre el resto sin respetar a las nuestras. Su opinión es un intento de dominio autoritario.

Otro ejemplo, real

En la mayoría de las ocasiones esta falacia que argumenta imposición pasa desapercibida —como lo muestro en el siguiente ejemplo.

«Mientras que las derechas suelen ser bastante propensas a tratar de convertir sus particulares creencias morales y religiosas en normas generales […] En pocas palabras, las derechas tienden a creer que saben cómo deben vivir los demás y les gustaría imponer esa visión, aunque no siempre puedan hacerlo, gracias a las resistencias de la propia sociedad heterogénea». El Aborto a la Derecha, de Jorge Javier Romero (Nexos en Línea 1 septiembre 2000)

La estructura de la falacia de la imposición de voluntad

No quiero entrar a la discusión del tema del aborto —pero sí a la construcción de la argumentación de ese autor.

  • La derecha, afirma él, tiende a transformar sus opiniones propias en reglas de aplicación para todos, especialmente las morales y religiosas.
  • La izquierda, dice en palabras no citadas, es mejor porque permite la convivencia de opiniones distintas sin usar un orden moral único.
  • La derecha quiere imponer su visión a todos y, por inferencia, la izquierda no quiere imponer nada. Por tanto, la izquierda es mejor que la derecha.

No es una argumentación sólida porque comete el mismo error del que acusa a la otra parte: también tiene un orden moral único que es el de que no hay un orden moral único. Pero esto no es lo importante.

Pero lo vital está en el segundo párrafo, la parte que afirma que «las derechas tienden a creer que saben cómo deben vivir los demás y les gustaría imponer esa visión». Es la acusación que descalifica al opositor si necesidad de examinar sus argumentos.

Cuando en la argumentación se usa la palabra ‘imposición’ o el verbo ‘imponer’ ligado a la intención del opositor, entonces la mayoría de las veces se está en presencia de este error de razonamiento.

En su fondo

Esta falacia se sustenta en la descalificación de la opinión contraria acusándola de imposición o dominio, algo que por definición debe ser rechazado. Y, de esta forma, cae en una contradicción.

Deberá aceptar que si la opinión del opositor equivale a imponer esa voluntad en todos, entonces también el busca que sea su propia opinión la impuesta en los demás. Y así se contradice a sí misma.

Según la cita anterior, la derecha quiere imponer su opinión en el resto —una acusación paradójica, porque es lo mismo que la otra parte quiere hacer, imponer la suya.

Un mundo de lucha del poder

Una explicación posible de la popularidad de esta falacia quizá pueda remontarse a la forma de entender a la vida como un mundo en el que el poder todo lo explica —y la fuerza resuelve toda discusión sin necesidad de usar la razón.

Para quien entiende al mundo como una lucha de poderes que forcejean buscando su propia victoria acabando con los otros, este argumento es atractivo y satisfactorio en sí mismo —sin importar que se haya renunciado a la otra posibilidad, la de usar la razón y la lógica para encontrar la verdad o algo cercano a ella.

El contraste puede verse esquemáticamente.

• La persona que razona su opinión y trata de justificarla con solidez, presupone que la razón y la lógica pueden usarse para encontrar conocimiento real.

• La persona que quiere validar su posición descalificando a la otra como un intento de imposición forzada, niega la posibilidad de llegar al conocimiento por medio de la razón.

Y el gobierno como solución

En la misma columna se afirma que para solucionar las diferencias de opinión entre quienes difieren sobre legalizar o no abortos, se debe acudir al gobierno como árbitro final.

«Frente a esta controversia, irresoluble de cualquier otra manera, el Estado debe legislar de tal manera que no tome partido por ninguno de los dos puntos de vista». Ibídem

Es decir, la fuerza del gobierno entra a imponer una de las opiniones, la suya. Es lógicamente imposible que se legisle sin tomar partido por una de ellas, como cree el autor.

Y unas cosas más…

Para comprender mejor lo enclenque del argumento de la imposición puede acudirse a un caso extremo:

  • La persona A opina que 2+2=4.
  • La persona B opina que 2+2=5.
  • La persona A expone sus razones, como la de que reunir en un sólo conjunto a dos subconjuntos de dos, da siempre ese resultado.
  • La persona B acusa a la persona A de querer imponer su opinión al resto. Niega así que 2+2=4.

Conviene ver La Falacia del Insulto, para examinar un caso similar.

Bonus track sobre la falacia de la imposición de la voluntad de otros.

Narrativas y rasgos de la falacia de la imposición de voluntad ajena

Andrés defiende la política de control de precios. Benito afirma que el control de precios no funciona. Para acabar con la discusión, Andrés le dice a Benito: «¡Estás tratando de imponer tu idea de que el control de precios es malo!».

Con esa frase Andrés puede ser derrotado, no porque tenga o no razón, sino porque se le percibe como una persona dura que quiere imponerse sobre el resto.

Una narrativa usual

Esta falacia usa narrativas, textos que expresan el instrumento de razonamiento que son usualmente del tipo siguiente:

Andrés no defiende a “la” justicia, sino “su” justicia. Tampoco está a favor de “la” verdad, sino de “su” verdad. Nadie tiene el derecho a imponer al resto su verdad ni su justicia. Debe aceptarse la diversidad de opciones y alternativas. Todo lo demás es imposición de ideas y juicios, intentos de dominio y abuso de poder.

Rasgos de la falacia de la imposición

1. Reduce la discusión a un conflicto de poder

Una opinión cualquiera contra la que lanza la acusación de la imposición. No se examinan los argumentos, ni las premisas, todo de abrevia a una lucha de poder para dominar.

Es muy similar al sesgo ideológico del marxismo, por el que las críticas son relegadas a ser producidas por una manera incorrecta de pensar.

2. Reduce la discusión a dos únicas opciones

Esto es negar la existencia de otras posibilidades —o es una posición o es la otra y nada más. Una forma de reduccionismo a dos alternativas únicas, la propia y la de quienes no la aprueban. Y las de estos últimos son deseos de dominio solamente.

3. Reduce la discusión al duelo entre dos “verdades” 

Verdades de las que una quiere ser impuesta y por eso debe descartarse, mientras la otra sobrevive sin argumentación que la soporte.

4. Reduce la discusión a la justificación de pluralidad 

Pluralidad de opiniones que hace que todas sean expuestas pero ninguna impuesta, excepto la propia.

El efecto neto es  la imposición de una opinión, la de que la pluralidad de opiniones impide toda argumentación que defienda al resto.

5. Reduce la discusión al relativismo

Evita el uso de criterios externos, de realidad, que sirvan de validación a los argumentos de cada parte. Es relativismo claro y produce conciencias distorsionadas.

Y sin nada externo, ajeno a la voluntad de quienes discuten, todo lo que puede hacerse es intentar imponerse por medios ajenos a la razón.

Las opiniones sobre cuánto mide un terreno puede ser comprobadas con una medición externa, en la que la voluntad de las personas no interviene. Solamente con una pistola en mano alguien convencerá al otro de que está en lo cierto.

6. Eleva el poder gubernamental

Al concebir las diferencias de juicio crítico y opinión como un conflicto de lucha y poder, la única solución posible a los desacuerdos es eso mismo que critica, la imposición por medio del poder político.

Por eso, la falacia de la imposición de la voluntad ajena tiene un efecto no intencional e indeseable, al convertir a la autoridad política en árbitro moral. Un fenómeno que se llama intervencionismo moral y que fomenta las guerras culturales.

La falacia de la imposición moral ajena

Por Eduardo García Gaspar 

Un amigo dice: «Se quiere tener una nueva moral que consiste en no tener moral, en no creer que haya algo que sea malo ni indebido».

El mundo se ha quedado sin moral y ambiciona una sociedad ideal en la que la vida florece debido a la mente que se ha deshecho de la moral.

Mi amigo señala el punto con frecuencia: «Debía sorprender, pero ya es un suceso común, que el menos preparado, quien menos conoce, tenga fuertes opiniones morales, como si fuese un especialista que ha dedicado su vida al tema. Y así se lance públicamente sin el menor de los miedos emitiendo opiniones morales que son al menos inocentes y bobas».

Existe una serie de opiniones morales, religiosas, éticas, que tienen su fuente en una élite de pensadores. Son las de los célebres que conocemos: desde Platón hasta Nietzsche, desde Aristóteles hasta Hume.

Una lucha de poder moral

El problema de nuestros tiempos es ya fácil de ver. Cualquiera se siente capaz de emitir una sólida opinión moral por sí mismo, sin necesidad siquiera de dar un lugar distinguido a Tomás de Aquino, sin saber siquiera que existió Kant.

Conozco el caso de alguien que sostiene las más sólidas y fuertes opiniones teológicas usando como fuente de autoridad videos de ateos actuales, comerciales.

El reto ahora es intentar explorar las razones de ese curioso fenómeno, el de fuertes e inmovibles opiniones morales sustentadas en cimientos débiles y tambaleantes. Tengo una hipótesis, pero antes necesito citar a Ortega y Gasset:

«El hombre masa carece simplemente de moral, que es siempre, por esencia, sentimiento de sumisión a algo, conciencia de servicio y obligación».

Es posible que allí exista una clave, en las ideas de obediencia, de acatamiento; de observancia respetuosa; de reconocimiento de superioridad ajena y subordinación.

De cosas en las que hay dosis sanas de modestia y humildad. Ellas conducen con facilidad a la comprensión de que hay cosas indebidas, moralmente reprobables.

Por el contrario, los sentimientos de altivez y engreimiento llevan por la senda opuesta, al rechazo de que haya cosas malas, que deben rechazarse. Un ejemplo concreto de un caso común.

El de una persona que concibe a la moral como un asunto de imposición externa, como una lucha de poder que por la fuerza obliga a normas morales. La falacia de la imposición de la voluntad ajena.

Comprendido así el tema, es lógico que se concluya que la libertad personal es la total ausencia de normas de cualquier tipo, una especie de anarquía moral.

Nociones que son alimentadas por la vanidad y la arrogancia, permitiendo aceptar las más extravagantes ideas con tal que ellas conduzcan a la noción preconcebida de que la libertad es ausencia de normas.

Esto, mucho me temo, es lo que en nuestros tiempos permite al hombre común que poco conoce el sentirse bien negando toda posibilidad moral.

Curiosa mentalidad que termina por destruir a eso mismo que pretende defender; porque si la libertad es algo que debe ser a los ojos de quien la defiende, con eso mismo se admite el principio moral de la existencia de lo que no debe ser.

[La columna fue actualizada en 2019-12]