Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tampoco la Democracia
Leonardo Girondella Mora
31 mayo 2013
Sección: POLITICA, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Los defectos de la democracia incluyen —según las ideas de Platón— la baja calidad de sus gobernantes, que ignorantes e incapaces, no pueden actuar en los niveles que un gobierno necesita.

La crítica es real —pero no sólo aplica a la democracia, sino a todas las formas de gobierno y lleva a la necesidad de invertir la pregunta. ¿Existen personas lo suficientemente capaces como para gobernar a otros?

La respuesta más razonable es no, no existen tales personas.

Ni siquiera los sabios reyes filósofos con los que Platón quería resolver el problema son la solución —no hay garantía alguna de que ellos sean impolutos ni que tomen decisiones correctas todo el tiempo. Más aún, no existe la información que necesitan para tomar decisiones siempre sabias y exactas.

Otra crítica de la democracia, por parte de Platón, es la lucha entre facciones que hace que ellas prefieran su bien al de la nación —la que tampoco es propia de la democracia, otras formas de gobierno la padecen. Las intrigas palaciegas de una monarquía absoluta, o las conspiraciones dentro de una dictadura son ejemplos de la misma falla.

Esas dos críticas de la democracia, sin embargo, tienen valor porque muestran dos avenidas posibles en la fundación de un sistema político.

• Los sistemas basados en las personas —como una dictadura, o una monarquía absoluta—, en los que la calidad entera del gobierno tiene una alta dependencia en la calidad de la cabeza del gobierno.

Esta alternativa se sustenta en una hipótesis en extremo atrevida, la de que existen personas a las que se les puede confiar todo el poder del gobierno; que existen personas capaces de gobernar.

• Los sistemas basados en las instituciones —como una democracia o una monarquía constitucional—, en los que la calidad entera del gobierno depende de reglas que permitan cambiar a los gobernantes sin violencia y reglas que eviten concentrar poder excesivo en el gobierno o una de sus ramas.

Esta alternativa se sustenta en la hipótesis opuesta a la anterior —a ninguna persona se le puede confiar un poder excesivo, e incluso cuando tienen el poder éste debe limitárseles en el tiempo y el espacio.

Esta alternativa resuelve mejor que la primera el problema sustancial de todo arreglo político: el abuso de poder —la rotación de gobernantes y la limitación de su poder frenan el abuso del poder.

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Aún sabiendo que los arreglos políticos o formas de gobierno fundados en instituciones, y no en personas, son superiores por reducir ese riesgo de abuso, los arreglos políticos siguen siendo dependientes de la calidad de las personas que los forman.

Quiero decir que incluso en sistemas democráticos —diseñados para evitar la eventualidad de gobernantes de calidad dudosa—, su clase y carácter tienen una influencia marcada. Esta variable, la de la calidad del gobernante, me lleva a una de las más agudas observaciones sobre el tema, la de Edmund Burke.

Escribió él que

“No basta que el hombre colocado en una posición de confianza desee el bien de su país; no basta que personalmente no haya realizado un acto malo…”

No, no es suficiente que el gobernante, en quien se ha depositado la confianza temporal de una posición de poder, tenga buenas intenciones, posea objetivos admirables, ni sea una persona buena.

Hace falta más:

“Lo que el deber exige y demanda no es sólo que se ponga de manifiesto lo que está bien, sino que se haga prevalecer; no sólo que se sepa lo que está mal, sino que se frustre”.

Esto va directo en contra de las maquinaciones entre facciones que se tienen en la lucha por el poder —exigiendo que los gobernantes se levanten por encima de sus pequeñas miradas para entender que deben actuar haciendo lo bueno y evitando lo malo.

“Cuando el hombre público no llega a colocarse en una situación de cumplir su deber con eficacia, esa omisión frustra los propósitos de su mandato en la misma forma que si lo hubiese traicionado abiertamente”.

Mi tesis es simple: aún en formas de gobierno que buscan depender de instituciones y no de personas, éstas son un factor de consideración para el bien y para el mal —aún en estas formas de gobierno, la calidad del gobernante tiene fuerte injerencia en los destinos de la nación.

La democracia no es un sistema que se distinga por llevar al poder a personas del más alto lustre —ninguno lo hace— y a ello debe su imperfección que es la imperfección misma de sus gobernantes y sus ciudadanos, la que es imposible de erradicar.

Nota del Editor

Hay más ideas al respecto en ContraPeso.info: Democracia y en ContraPeso.info: Gobernantes Imperfectos.

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