Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Buenas Intenciones: Utopía
Eduardo García Gaspar
10 julio 2014
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Es un cambio importante. Un giro mental. androjo

Una transformación de opiniones. Ha tenido consecuencias.

Me refiero a la mentalidad estatista de nuestros días.

A la creencia de que no hay problema que no sea de incumbencia gubernamental.

Tiempo atrás, la libertad económica produjo un avance nunca antes visto. Produjo tanta riqueza que la pobreza dejó de ser la regla y comenzó a ser la excepción.

La fórmula es sencilla: dejar libres a las iniciativas de trabajo de los particulares. Su propio interés beneficiará a todos.

No es una fórmula perfecta, ni produce una sociedad utópica de total felicidad para todos. Pero funciona mejor que otras propuestas.

Y, sin embargo, hubo algo llamativo. Sucedió a principios del siglo pasado y tiene antecedentes anteriores.

Fue un cambio en el clima intelectual, principalmente en las élites intelectuales. Se concluyó que la libertad económica tenía defectos, tenía fallas, tenía contradicciones; que no era el sistema ideal, que debía mejorarse o incluso abandonarse para sustituirlo con algo mejor.

Y eso se volvió, más o menos, la opinión general de la intelectualidad y que aún se tiene en muchas universidades.

Lo interesante es la manera en la que se cambió de opinión, el análisis que se hizo para rechazar a la libertad económica y proponer el intervencionismo económico o el socialismo.

M. Friedman (1912-2006) lo explicó muy bien:

“La conversión de los intelectuales fue lograda con una comparación entre el estado actual de las cosas, con todas sus injusticias y defectos, y un estado hipotético de cómo podrían ser las cosas. Lo real fue comparado con el ideal”.

Es decir, se tomó a la realidad y se enfatizaron sus fallas y defectos, concluyendo que no es un estado ideal de cosas. Por supuesto que no lo era. Nada lo puede ser en nuestro mundo en el que la imperfección es la regla.

Y se tomó la imperfección real comparándola con un plan en papel lleno de virtudes y sin defectos.

Fue una comparación entre la realidad y la utopía. La conclusión fue la obvia: la utopía es mejor que la realidad.

No se necesita ser muy inteligente para sacar la conclusión, los intelectuales lo hicieron y acabaron persuadidos de la superioridad de la utopía.

Si la utopía se implanta, razonaron, se acabará con los defectos de la libertad económica, sus fallas, sus errores. Y, por supuesto, se dedicaron a (1) criticar a la libertad económica y (2) promover su utopía.

Mucha de la educación universitaria tuvo y tiene un currículum sostenido en esas dos ideas.

Por supuesto, comparar a la realidad con una utopía es un error. Debe compararse una realidad con otra, o una utopía con otra. Pero pocos pusieron atención es esta falla de razonamiento. Tampoco pusieron atención en otra falla que no es menor.

La utopía propuesta, que tomaba la forma extrema de comunismo, de socialismo o la versión ligera de intervencionismo, contenía en todas sus versiones un elementos central.

La hipótesis subyacente a todas las versiones suponía que la intervención gubernamental solucionaría todo lo malo que tenía la realidad de la libertad económica.

Por ejemplo, en la versión extrema, el remedio era poner en manos del gobierno a todos los medios de producción. En versiones más ligeras, la solución eran fuertes regulaciones económicas, altos impuestos y manipulación monetaria.

Lo que bien vale una segunda opinión es eso precisamente: la hipótesis de la utopía socialista-intervencionista, la que dice que todo se arreglará y será ideal con la solución gubernamental.

Vayamos más a fondo.

Pensar que todo será ideal por la vía gubernamental supone que los gobernantes son más sabios, saben más, tienen más conocimientos que todos los demás. Y no sólo eso, supone que los gobernantes son perfectamente virtuosos y moralmente intachables.

Yo no sé usted, pero la hipótesis de gobernantes que nunca se equivocan y que son moralmente inmaculados, me parece en extremo atrevida. La realidad ha mostrado lo opuesto una y otra vez, en todo tiempo y lugar.

El asunto entonces puede verse con mayor claridad. La utopía que en papel resulta mucho mejor que la realidad de la libertad económica está fundada en un supuesto irreal, el de gobernantes exentos de todo defecto humano.

Y sucede que, ya que no existe ese tipo de ser humano que pueda llegar a ser el gobernante perfecto que supone la utopía, el criterio de selección de gobernante ha sido sustituido con otro mucho más flexible y ligero: las buenas intenciones.

Ahora, en nuestros tiempos, basta que un gobernante tenga buenas intenciones para que se le juzgue adecuado para gobernar. Por supuesto, el problema sigue siendo el mismo: la realidad imperfecta contra la utopía de las buenas intenciones.

Post Scriptum

La cita está en Friedman, M., & Friedman, R. D. (2002). Capitalism and freedom. Chicago: University of Chicago Press.

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