Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
«Los Haré Felices»
Eduardo García Gaspar
3 septiembre 2015
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un asunto para pensar. Una cuestión de usar la cabeza. Imagine usted que escucha una propuesta, la de un gobernante.

Dice él que los gobiernos deben ser responsables de la felicidad de las personas. Que deben atender esa felicidad antes de preocuparse por otras cosas, como el desarrollo económico.

Desnuda, la propuesta es simple. La felicidad de las personas es importante, lo que nadie niega. Tan importante que debe convertirse en una meta estatal.

La infelicidad de la persona es un problema social que debe recibir atención prioritaria del estado. Aumentar la felicidad popular debe recibir más atención que el atender metas de crecimiento económico.

Esa idea se resume en un intervencionismo estatal destinado a implantar políticas y realizar acciones gubernamentales que nos hagan felices a usted, a mí y al resto de nuestros connacionales. «Los haré felices», nos dice el gobierno.

Quizá algún ingenuo aplauda esa propuesta, pero dejémoslo solo y usemos la cabeza un poco siquiera, brevemente. Pensemos en cosas de las que depende nuestra felicidad personal. Unas pocas de ellas.

Un matrimonio amoroso y duradero. Un parque donde pasear. Una predisposición genética saludable. Creencias religiosas. Hijos exitosos, o al menos no pandilleros. Actitudes positivas. Buen humor. Amigos cercanos. Libros disponibles en versión electrónica. Usted puede seguir con la lista. Es interminable.

Pero hay más que esa lista interminable. Algo que podemos llamar predisposiciones o carácter. Lo podemos llamar temperamento o personalidad. Los conocemos usted y yo. Los tipos amargados y los cordiales; los optimistas y los pesimistas; los ligeros y los pesados; los de mal carácter y los alegres; los hoscos y los sociales. Otra lista interminable.

Entonces tenemos dos listas. La última de ellas es la que se refiere a rasgos de personalidad y que influyen en la felicidad personal. La historia de los niños, uno optimista y otro pesimista, es un ejemplo de lo mucho que depende la felicidad de la propia personalidad.

Esta lista presenta un obstáculo insuperable, que la propuesta de que el gobierno nos haga felices no podría superar. Tendría que cambiar nuestras personalidades y así igualar el efecto que en nosotros tengan las cosas.

Tendría que hacer que al huraño le gustara salir o que el sociable prefiriera estar solo. La tarea es imposible.

Muy bien, hasta aquí tenemos una conclusión clara: la idea de querer que el gobierno se haga cargo de nuestra felicidad requeriría que la población estandarizara su personalidad a un modelo único. Si esto le suena a una pesadilla totalitaria, ha acertado.

Muy similar a Harrison Bergeron, el cuento de K. Vonnegut.

Imagine usted una posibilidad, que se narra en ese cuento: las personas guapas tienen más probabilidad de ser felices, dice el gobierno; para que las feas también lo sean es necesario reducir la belleza de los primeros. Hay que ponerles máscaras. Todos deben ser iguales.

Pero hay más. Recuerde que usted y yo hicimos otra lista. La de cosas que nos pueden alterar la felicidad. Pensemos en una de ellas, el clisé obvio de la suegra malhumorada que hace infeliz al marido (o a la esposa).

¿Podría el gobierno intervenir para reducir el malhumor de ellas? Algunos verían eso con buenos ojos, pero seamos realistas. No se puede.

Otra posibilidad, la de una persona diabética cuya felicidad sea elevada sustancialmente al serle permitido comer dulces al por mayor. En mi caso, habría aumentado mi felicidad sustancialmente el no romperme el cúbito y el radio en un a caída. A muchos haría muy felices el circular por el mundo sin necesidad de pasaportes, viajando en avión privado.

En fin, cada uno de nosotros tendría que presentar una lista completa de las cosas que nos harían felices y entonces el gobierno se haría responsable, ahora sí, de hacernos felices (siempre y cuando antes haya estandarizado las personalidades de todos).

En resumen, la conclusión es simple y sólida: los gobiernos no pueden adjudicarse la responsabilidad de hacernos felices a los ciudadanos. Intentarlo ha sido llamado charlatenería política (quack policy)

Sé que la noticia hará infelices a muchos gobernantes, pero que no los afecte la tristeza. Hay una manera en la que ellos pueden realmente ayudarnos a ser felices.

Si ellos aceptan que deben dejar a cada quien a cargo de su felicidad, pero que nos pueden ayudar a serlo proveyendo unas pocas cosas: policía efectiva y confiable, servicios judiciales expeditos y justos, impuestos bajos, burocracia disminuida, moneda estable, dejar de ser corruptos… Cosas sencillas y simples como esas.

Post Scriptum

La obra de J. Whyte es un texto obligado en el tema Quack Policy: Abusing Science in the Cause of Paternalism (PDF).

Un documento oficial en Argentina contiene esto:

«defínese como Doctrina nacional adoptada por el Pueblo argentino, la Doctrina Peronista o Justicialismo, que tiene como finalidad suprema alcanzar la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación, mediante la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política, armonizando los valores materiales con los valores espirituales y los derechos del individuo con los derechos de la sociedad».

No es broma la propuesta de hacer que el gobierno se haga responsable de la felicidad de la gente. En Venezuela hay un Viceministerio Para la Suprema Felicidad del Pueblo.

La idea llega a extremos poéticos o, mejor dicho, de rimas políticas:

Para más información, es muy recomendable acudir al libro de Snowdon, Christopher. Selfishness, Greed and Capitalism. Institute of Economic Affairs, 2015, capítulo 8.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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