Lecciones proteccionistas

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Los efectos del proteccionismo en el pasado son una lección presente. Esta es es la idea de Manuel Sánchez González en su columna.

Las implicaciones de una posible guerra comercial de gran escala propiciada por la actual postura proteccionista de Estados Unidos podrían asemejarse a las del pasado.

El repaso de la historia es instructivo.

La referencia más clara es la Ley Smoot-Hawley de 1930, que dispuso una elevación del arancel promedio estadounidense al nivel máximo observado en un siglo.

La pretensión era resguardar los empleos y la actividad económica interna contra la competencia externa.

Dos años antes, el par de congresistas, cuyos apellidos dan nombre a la mencionada ley, habían impulsado un proyecto de incremento de tarifas agrícolas.

La creciente productividad del campo, favorecida en gran medida por la electrificación, así como el aumento de la producción europea después de la Primera Guerra Mundial venían reduciendo los precios internacionales de esos productos.

La resultante «sobreproducción» se veía como una amenaza para la supervivencia de los granjeros de Estados Unidos. Además, el déficit comercial agrícola, que entonces prevalecía en ese país, se percibía como una desventaja.

El inicio de la Gran Depresión en 1929 acentuó el interés de los políticos por limitar las importaciones. De esta manera, el plan de mayores aranceles, originalmente diseñado para la agricultura, se extendió a los sectores industriales, lo que abarcó a miles de productos importables.

La promulgación de la ley el año siguiente motivó a otros países avanzados a responder, de forma inmediata, con aumentos tarifarios significativos. Por la magnitud de su reacción, destacaron Canadá, Gran Bretaña, Francia, Italia y Alemania.

Tres grandes consecuencias parecen haberse derivado del conflicto arancelario, el cual se prolongó, en su mayor intensidad, por cuatro años.

La primera consistió en una reducción del comercio global.

Al disminuir la actividad económica, la Gran Depresión derivó, por sí misma, en un menor intercambio de bienes.

Sin embargo, los mayores aranceles exacerbaron ese efecto. La influencia negativa fue evidente en el retraso registrado por el comercio durante la recuperación de la producción en el mundo, posterior a la Gran Depresión.

La destrucción del intercambio comercial por las mayores tarifas restringió las posibilidades de las naciones de beneficiarse de las ventajas comparativas y de la especialización.

El segundo efecto fue la profundización de la caída del producto y del empleo.

La Gran Depresión tuvo su origen en factores ajenos a la guerra comercial. La explicación más convincente hace referencia a la contracción de la oferta de dinero en un contexto de un aumento súbito de la demanda por liquidez.

Empero, la disminución del comercio implicó un deterioro de la eficiencia, al encarecer los insumos anteriormente importados. Asimismo, los sectores exportadores vieron disminuida su actividad, lo que afectó en especial a la agricultura.

En contraste con el propósito inicial, la ley acrecentó los problemas de los agricultores, como se hizo evidente en la multiplicación de quiebras bancarias en las zonas rurales de ese país.

Además, es probable que la preocupación sobre la incertidumbre del régimen tarifario haya influido en las caídas bursátiles y de la confianza del consumidor.

El tercer impacto fue que el ambiente de hostilidades económicas propició, en algún grado, el aislamiento de Alemania en un régimen de autarquía.

Ello podría haber contribuido a fortalecer las tendencias nacionalistas que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial.

Independientemente del grado de estos efectos, el proteccionismo no generó las bondades perseguidas. Los costos sociales superaron con creces cualquier beneficio temporal de los sectores protegidos.

El reconocimiento de los daños condujo a Estados Unidos a cambiar su política comercial a partir de 1934, hacia el fomento de acuerdos bilaterales recíprocos de reducción de aranceles.

La nueva orientación se transformó posteriormente en la promoción de esfuerzos de remoción multilateral de barreras al intercambio, lo que incluyó la creación del GATT en 1947.

Con algunas excepciones, durante las últimas siete décadas, Estados Unidos ha buscado liderar la disminución internacional de aranceles, en beneficio del comercio mundial.

La postura estadounidense actual representa una notable digresión de ese progreso.

A la luz de las mayores conexiones internacionales, los riesgos potenciales de una batalla comercial podrían superar los de su antecedente histórico. Igualmente, los fracasos previsibles permitirían pronosticar una eventual corrección de rumbo.

Nota del Editor

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero. Agradecemos el amable permiso de reproducción. El autor fue subgobernador del Banco de México de 2009 a 2016. Desempeñó diversos cargos en BBVA Bancomer. Fue director general del CAIE en el ITAM.

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