Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Entre Luchas y Razones
Leonardo Girondella Mora
14 diciembre 2006
Sección: FAMOSOS, Sección: Asuntos
Catalogado en:


La muerte reciente de Milton Friedman puso sobre la mesa, otra vez, la discusión entre los ideales de diversas maneras de entender el mundo —liberales y socialistas: el orden espontáneo versus el orden planeado.

Sin duda, Friedman es uno de los campeones del orden espontáneo, llegado a ser calificado como el economista más importante del siglo 20. No el más popular, como apuntó Thomas Sowell en una reciente columna en el WSJ, lugar que corresponde a Keynes seguramente, sino el más importante.

Importante porque, también según señala Sowell, cambió el mundo de las ideas e hizo en parte posible la elección de Ronald Reagan, provocando que en esos años el mundo recibiera una andanada de nuevas ideas liberales implantadas en lugares estratégicos y que seguramente jugaron un papel en el colapso de la URSS.

Fue un papel interesante el de Friedman, participando desde afuera de los círculos gubernamentales y estando lejos de Washington, la ciudad que aborrecía. Siendo la celebridad principal de la Escuela de Chicago, influyó directamente en quienes luego alteraron en mundo de muy diversas formas e indirectamente en quienes leyeron sus obras y vieron sus programas.

Friedman fue otro de los ejemplos que muestran el fenómeno humano más central que se me ocurre —el de las ideas. El ser humano es un productor de ideas antes que otra cosa —su habilidad racional le manda a crear ideas que se convierten en herramientas para entender y transformar la realidad. Sin esas ideas el ser humano es nada —sólo con ellas puede vivir y, por eso es habitual que existan conflictos entre quienes han tomado ideas diferentes que les llevan a conclusiones opuestas.

Ha sido dicho que una sociedad que comparte las ideas de un pensador no es igual a otra en la que predominan las ideas de otro —la nación en la que se tienen creencias al estilo de la dupla de Locke-Smith no puede ser igual a ésa en la que imperan las ideas de Marx-Lenin.

Ambas naciones, en ese caso, son profundamente diferentes en sus más subterráneas raíces. En una de ellas Friedman será recibido benévolamente, en la otra exactamente lo contrario —que fue exactamente lo que sucedió en ciertos círculos académicos, los que consideraron a Friedman como un enemigo.

Cuando se presencian discusiones políticas entre personas comunes o entre funcionarios públicos, argumentando quizá sobre la implantación de un presupuesto federal o sobre una ley de seguro de desempleo, la superficie muestra esa discusión y nada más —que los medios reportan y se convierte en el tópico del día, pero es en el mundo oculto de las ideas de donde surge la causa de esa discusión y falta de acuerdos.

Cuando alguien propone un seguro de desempleo y otro se opone a esa medida, los argumentos en pro y en contra vienen desde muy abajo, desde las profundidades de las ideas que interpretan al mundo.

Quien comprende que el panadero, el carnicero y el cervecero colocan en su mesa esos productos como parte de un proceso de mutuo beneficio, difícilmente estará de acuerdo con quien piensa que esos personajes explotan una relación económica en su único favor.

Las discusiones políticas, por tanto, tienen su origen en formas diversas de entender la realidad y entre las que se han establecido relaciones ásperas de alta peligrosidad —no son en gran cantidad de ocasiones discusiones capaces de ser realizadas con orden y en calma, sino en medio de amenazas y violencia.

La falta de uso del diálogo y la razón, desafortunadamente, ha trasladado el encuentro de soluciones a un indeseable contexto, el de la lucha por el poder —sólo con el poder en la mano podrá creerse posible implantar alguna de las visiones del mundo.

Hay ejemplos de esto, Pinochet aplicando políticas liberales, Hugo Chávez implantando su socialismo, China y su liberalización, Cuba y su socialismo. En más pequeña escala, por ahora, ésa es la lucha de la APPO y el EZLN en México, ninguna otra que la de conseguir el poder para desde allí forzar un sistema de gobierno.

Las democracias, por el otro lado, ofrecen un camino distinto, el de la lucha de las ideas —no el de la lucha por el poder. De nuevo, otras visiones del mundo, la de quienes piensan que todo lo que existe es el poder y la de quienes piensan que los seres humanos son capaces de razonar. Friedman era de estos últimos y representaba una opción superior a la de la lucha por el poder.


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