Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Igualdad Imprecisa
Leonardo Girondella Mora
24 febrero 2006
Sección: DERECHOS, Sección: Análisis
Catalogado en:


Los reclamos de igualdad son demasiado imprecisos para ser aprobados o desechados sin la reserva de una mayor especificidad —la pregunta que debe contestarse antes de tomar acción alguna de igualación es definir qué es igualdad.

Existen dos respuestas centrales posibles: la igualdad esencial y la igualdad accidental, que a continuación propongo como conceptos para ayudar a elucidar el tema de la igualdad imprecisa.

• Igualdad esencial. Es la que reconoce una esencia humana igual y que es digna, con valor en sí misma, que le hace merecedora de derechos naturales o esenciales —las leyes reconocen esos derechos fundamentados en la naturaleza humana y los convierten en mandatos aplicables a todos por igual.

Ésa es la igualación que persigue la perspectiva de la igualdad esencial y una de sus consecuencias es la implantación del Estado de Derecho. Claramente se asocia con las mentalidades liberales que hablan de igualdad bajo la ley.

• Igualdad accidental. Es la que reconoce la existencia de diferencias en las características no esenciales de las personas y persigue su igualación. Su enfoque no es uno de derechos naturales, sino de campos económicos principalmente y se le asocia con las mentalidades socialistas y del Estado de Bienestar.

Esta igualdad agrupa los reclamos en contra de la desigualdad de ingresos, de posesiones y de aspectos similares.

A continuación profundizo en este enfoque de la igualdad.

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Lo que he llamado igualdad accidental —palabra destinada a separarla de la contrapartida que es esencial— pone su atención en las inequidades materiales y propone la igualación de ellas, por ejemplo de ingresos. Su instrumento operativo es la autoridad, el gobierno, para realizar actos de redistribución de bienes materiales.

El proceso de redistribución de recursos o bienes tiene dos pasos básicos: (1) tomar recursos de quienes se ha definido que los tienen y (2) darlos a quienes se ha determinado que no los tienen. Un ejemplo clásico de este proceso es la existencia de muy altas tasas de impuestos, lo que produce fondos que son usados para cubrir los gastos de un servicio médico sin costo para los usuarios.

La diferencia entre los dos enfoques puede entenderse mejor si agrego un elemento adicional, la libertad.

Vista simplemente, la igualdad esencial pide una libertad igual para todos —mientras que la igualdad accidental pide resultados iguales o similares para todos. La oposición entre ambas visiones no puede ser mayor.

Una pide libertad igual para todos reconociendo a la libertad como una parte de la esencia humana. Las consecuencias necesarias de esta posición llevan a la aceptación de desigualdad de resultados.

Dentro de un Estado de Derecho las personas son libres de realizar acciones y los resultados de esas acciones no serán iguales para todos —necesariamente el enfoque de la igualdad esencial terminará en tener desigualdades accidentales. Y esas desigualdades son las que quiere resolver la igualdad accidental, por lo que sin remedio se opone a eso que las crea, la libertad.

El corolario obligado de lo anterior es que quienes proponen la igualdad accidental son contrarios a la libertad —y la libertad es el más alto valor de los liberales. No es sobresalto alguno que entre sus partidarios exista una rivalidad irresoluble, derivada de las creencias mismas de ambos bandos.

Intentaré a continuación explorar una avenida general de solución en dos niveles, el de principios o valores, y el de la realidad práctica.

En un nivel filosófico todo se reduce a aceptar o no a la libertad como parte de la esencia humana. Quien no la acepta, quien la rechaza, quien la niega o coloca en un nivel secundario, es alguien a quien descarto de la exploración que hago —sencillamente me quedo con quienes apoyan y creen en conceptos como la libertad de expresión, la libertad de creencia, la libertad religiosa, la libertad política y en conjunto, en la libertades fácilmente aceptables que representa un sistema democrático.

Aceptar a libertades como ésas lleva a la inevitabilidad de aceptar a la libertad como parte de la esencia humana, con todas las consecuencias que ello portea.

Dejo el plano filosófico ahora y me voy a la realidad —sin implicar la superioridad de un nivel sobre el otro.

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Es innegable la existencia de situaciones en las que la esencia humana se ve afectada negativamente —las defino como condiciones incongruentes con la noción de dignidad humana, o valor esencial de la persona.

Son las situaciones de pobreza, muy bien demostradas en las hambrunas regionales de África, o en cualquier situación en la que se ve que existe una contradicción entre el valor esencial de la persona y las circunstancias que le rodean.

Llamaré pobreza a esas situaciones en las que las condiciones de vida real de la persona no son consistentes con la idea filosófica de que esa persona posee dignidad. Con las dos consideraciones anteriores, el problema puede ser expuesto de manera menos vaga que el de un simple reclamo de igualdad imprecisa.

El problema consiste en cómo alcanzar un estado tal en el que las dos consideraciones sean alcanzadas, sin sacrificar una en aras de la otra —lo que quiero decir es que, primero, la igualdad debe entenderse en esos dos niveles de principios o valores y de realidad; y segundo, que la definición de cómo alcanzar esos dos niveles de igualdad es un planteamiento más concreto del problema.

A riesgo de ser repetitivo insisto en aclarar el punto del párrafo anterior. Una situación ideal es ésa en la que al mismo tiempo se mantiene la libertad que emana de la idea de la naturaleza humana igual para todos y se da una realidad en la que no existen situaciones materiales de pobreza.

Ése es el ideal, al que de inmediato califico diciendo que tal perfección es imposible en un mundo defectuoso —pero que a pesar de eso puede ser un objetivo al que es posible acercarse.

Un mundo en el que exista libertad plena y escasa pobreza es una meta posible y el problema es cómo lograrlo.

Para examinar esto, a continuación trato las medidas usualmente asociadas con los proponentes de la igualdad accidental. Quienes proponen la igualdad material a la que he llamado igualdad accidental —en oposición a la esencial o natural— conciben como injusta a la desigualdad material.

No a la desigualdad poco diferenciada, sino a la que existe entre, por ejemplo, una comunidad rural en Chiapas, México, y un barrio de clase alta en la capital de ese país. O a la que se exhibe entre alguna hambruna en África y el consumo de artículos de lujo en Europa.

Esas diferencias son calificadas de injustas y son propuestas medidas correctivas basadas en la idea central de la redistribución, una acción encargada al gobierno. Esa acción consiste primariamente en quitar a unos para dar a otros y presenta varios problemas que examino brevemente:

• La redistribución es una acción forzada por la autoridad que presenta una violación de principios de justicia, al menos al retirar recursos obtenidos legítimamente por una persona y que son merecidos por ella. Si la justicia es dar a cada quien lo que se merece, el despojar a alguien del producto de su trabajo necesariamente es un acto de injusticia y equivale a un tratamiento de desigualdad —en aras de una igualdad accidental o material. No resulta por eso una opción válida.

• La igualdad requiere una definición precisa que responda al nivel material por encima del que ya no existe una brecha “injusta”. Esto es obligado ya que la igualdad absoluta es imposible. Hay demasiadas diferencias esenciales como para exigir igualdad total, pero sí es realista el objetivo de un nivel determinado arbitrariamente por debajo del que se considere alterada la dignidad.

Se trata de un problema de definición y que no tiene una contestación exacta —sin embargo, es posible aceptar una idea mínima de quizá un máximo de 5% de gente por debajo del límite de pobreza, o algo por el estilo (no defiendo esta definición, simplemente la tomo como hipótesis de trabajo momentánea).

• La función operativa de redistribución del gobierno debe ser perenne si es que quiere mantenerse la igualdad lograda en la primera redistribución, pues de no serlo volvería a presentarse la desigualdad —con la desventaja de que esa función tiene un costo y asigna un poder extra en el gobierno, que se presta a faltas, como corrupción, favoritismos, corporativismo y demás.

Si la intervención gubernamental tiene fallas de tal nivel, entonces debe ser puesta de lado y enfocar el problema desde otra perspectiva, que evite esas faltas de intervencionismo.

Mi tesis es ahora una específica posible de ver en los siguientes puntos:

• La igualdad esencial se logra con un Estado de Derecho, dentro de un esquema democrático con pesos y contrapesos. No es un sistema perfecto y sin errores, pero es un requisito obligado.

• Existen situaciones reales de pobreza y que merecen ser solucionadas, siempre bajo la condición de mantener ese Estado de Derecho sustentado en la esencia humana.

• La alternativa de uso del Estado como herramienta de redistribución de bienes materiales para solucionar problemas de pobreza tiene demasiados obstáculos como para ser usada: viola derechos, altera justicia, es ineficiente, carece de información, se presta a vicios —y hay evidencias empíricas de su inefectividad.

• Es necesario buscar otros métodos de solución para solucionar la pobreza material.

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Y con lo anterior termino, no dando una solución, sino apuntando en un derrotero que promete más y que se resumen en la idea de que los problemas reales de pobreza deben resolverse teniendo como condición un Estado de Derecho, con leyes iguales para todos, evitando el uso del aparato estatal para hacerlo —tiene demasiados defectos y vicios integrales.

Es una conclusión mixta, que aporta un elemento positivo, el de un Estado de Derecho, que es un labor gubernamental importatísima, y al mismo tiempo señala un elemento negativo, que el Estado no debe ser un instrumento redistribuidor directo.


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