Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Al Fin, un Líder Conservador
Selección de ContraPeso.info
25 febrero 2014
Sección: GOBERNANTES, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

En medio de 2013, un periodista francés me preguntó quién pensaba yo era el jefe de gobierno más notable de centro-derecha. Después de pensarlo unos momentos, le respondí: “Ella murió en abril. Requiescat in pace”.

Mirando alrededor el mundo, la búsqueda de lo que podría llamarse un líder de gobierno conservador de espectro completo era, hasta hace poco, un ejercicio deprimente. En muchos temas, el primer ministro conservador británico David Cameron parece no sentirse cómodo con la mayoría de sus propios diputados (y, ciertamente,Tories claros) que estén a unos pocos clics a su derecha.

Al otro lado del Canal, la mayoría de los gobiernos de centro-derecha europeos están aplicando políticas bien descritas como marginalmente menos socialdemócratas que las de la izquierda. En América Latina, el panorama es igual de desalentador, sobre todo después del regreso de Michele Bachelet a la presidencia de Chile, a raíz de lo que algunos consideran como una actuación mediocre de la administración de centro-derecha que gobernaba.

Últimamente, sin embargo, hay una señal de esperanza. Y viene en la forma del nuevo primer ministro de Australia, Tony Abbott. Hasta la fecha, Abbott ha igualado su adhesión abierta a convicciones netamente conservadoras con la implantación de políticas que reflejan esos principios.

Elegido primer ministro en septiembre del año pasado, Abbott es, en muchos aspectos, la pesadilla hecha realidad de la izquierda. Por un lado, él es un católico practicante a quien, a pesar de que no llama la atención sobre su fe, generalmente se le asocia en la mente de las personas con el ala conservadora de la Iglesia. Entre otras pedradas, eso le ha ganado epítetos (más bien sectarios), tales como el “monje loco”.

Al mismo tiempo, Abbott posee —al igual que su mentor, el político conservador de mayor éxito actual en Australia, John Howard— atractivo popular (common touch).

En privado y público, aparece como una persona bastante normal y sin pretensiones. En la política australiana, eso te llevará muy, muy lejos. Pero Abbott es único en la medida en la que combina la capacidad de comunicarse con la gente común con el ser una rareza entre los políticos conservadores: alguien realmente interesado en las ideas.

No puedo pensar en ningún otro gobernante contemporáneo que pueda citar en un discurso ante el Foro Económico Mundial a uno de los principales intelectuales del conservadurismo moderno, Roger Scruton.

Abbott, un Rhodes Scholar y graduado de Oxford, realmente lee libros serios, está bien familiarizado con los escritos de luminarias conservadoras antiguas y nuevas, y de alguna manera logró encontrar tiempo mientras era diputado y ministro del gabinete para contribuir regularmente con artículos para publicaciones australianas serias, conservadoras y de mercado libre, como Quadrant y Policy. En resumen, él no tiene miedo de llevar el acero intelectual en la plaza pública.

Aún más preocupante para la izquierda, sin embargo, es que Abbott ha estado dispuesto a ir contra la sabiduría “popular” (es decir, de izquierda) en muchas ocasiones por causa de sus creencias.

En 2009, se convirtió en líder de la oposición de entonces, el Partido Liberal, después de dimitir del gabinete opositor alternativo y conducir una revuelta parlamentaria contra un líder del tipo de Cameron que había firmado de un bocado entero toda la agenda del cambio climático. “Inelegible” fue el veredicto de la mayoría de los comentaristas australianos acerca de Abbott. Qué equivocados estaban.

Ha sido muy evidente en los últimos tiempos, la disposición de Abbott para que coincidan sus ideas con acciones correspondientes.

En materia de política económica, su gobierno se ha movido en la dirección opuesta a la de quienes favorecen enfoques monstruosos a la Dodd-Frank para el sector financiero. En su lugar, ha optado por simplificar la regulación. El ministro responsable de la reforma señaló sin rodeos, “nunca ninguna gran cantidad de legislación será una garantía contra otra tormenta financiera”. De hecho, es a menudo una regulación excesiva la que crea oportunidades para chanchullos financieros por parte de la industria.

En cuanto al estado de bienestar, el ministro de Abbott para la Seguridad Social, Kevin Andrews (otro político-pensador conservador), ha anunciado una revisión a fondo de un sistema de bienestar social que empezaba a derivar en una dirección claramente europea. Como era de esperar, la izquierda está en pie de guerra.

Pero también lo están las empresas australianas buscadoras de rentas que ahora se encuentran frente a un gobierno poco interesado en la subvención de ellas. Eso no es nada, sin embargo, comparado con la furia que recibió a Abbott por el despido de la burocracia establecida por el gobierno laborista anterior para el cambio climático.

Abbott también ha entendido desde hace tiempo que los gobiernos conservadores no pueden tratar temas culturales como los huérfanos de su agenda política. Él nunca ha escondido su creencia de que la civilización occidental es generalmente una cosa muy buena —en especial su componente de origen inglés.

Tampoco, nunca las opiniones de Abbott sobre cuestiones sociales le han valido el aplauso de la izquierda. Sobre estos y otros temas, Abbott ha subrayado que jamás ha estado impresionado por el argumento de la “inevitabilidad” que es siempre usado por los progresistas en su intento de echar a andar sus objetivos preferidos.

Eso sugiere que no es probable que Abbott caiga en la trampa que John Stuart Mill propuso como la mejor manera de transformar a los conservadores en liberales, es decir, convencer a los conservadores de que la posición progresista es en realidad un punto de vista conservador.

La primera señal de la seriedad de Abbott sobre el obstruir la larga marcha de la izquierda a través de las instituciones fue la designación en su gobierno, de la directora de políticas del Instituto de Asuntos Públicos, de centro-derecha, a la Comisión de Derechos Humanos de la nación. Esto fue ampliamente visto como el comienzo de un esfuerzo para volver a equilibrar una organización largamente criticada como de izquierda monolítica.

Desde entonces. Abbott ha indicado que los principales cambios están llegando a la ABC: el equivalente australiano públicamente financiado e ideológico de la BBC. La izquierda no está disfrazando su nerviosismo.

En la misma línea, el ministro de Educación de Abbott, Christopher Pyne, ha iniciado una revisión del plan nacional de estudios implementado por el gobierno anterior. Una mirada rápida del tratamiento de la historia del plan de estudios pronto ilustra la medida en que se trata de restar importancia a la herencia indiscutible de Occidente en Australia.

En palabras de George Pell, cardenal de Sydney, “Europa, Gran Bretaña y Estados Unidos son mencionados 76 veces, mientras que Asia es referida en más de 200 ocasiones”. Esta disparidad es extraña porque aunque Australia está, sin duda, en Asia, ningún observador objetivo podría dice que Australia es “de” Asia.

Por otra parte, mientras que los estudiantes australianos aprenden sobre “Gaia” y otras fantasías de color verde oscuro en el noveno grado, muchas universidades australianas se encuentran con que tienen que poner a los mismos estudiantes en clases remediales de inglés una vez que comienzan la universidad.

Luego están los pasos iniciales de Abbott en el escenario internacional. Tomemos, por ejemplo, sus recientes declaraciones en Davos. Gran parte del discurso se dedicó a impulsar un fuerte programa de libre comercio e insistiendo en que los gobiernos deben dejar que los negocios hagan lo que mejor saben hacer: promover un crecimiento económico duradero.

“Después de todo”, dijo Abbott, “el gobierno no crea riqueza, la gente lo hace cuando conduce empresas rentables”.

En el mismo discurso, sin embargo, Abbott hizo notar el punto conservador de que la prosperidad económica y la libertad no pueden sostenerse en un mundo de valores neutrales. Tampoco Abbott rehuye presionando sin descanso uno de los argumentos morales más importantes, articulado hace mucho tiempo por Adam Smith, sobre el libre comercio: la libertad económica, junto con las instituciones adecuadas, reduce radicalmente la pobreza más rápido que cualquier otro enfoque.

“Ningún país”, Abbott añadió, “nunca ha gravado o subvencionado su camino a la prosperidad”.

Con todo, el discurso resultó en la integración sólida de una economía sana con los principios conservadores. Eso es lo que lo hace diferente a Abbott, por ejemplo, de Stephen Harper en Canadá o de Mariano Rajoy en España.

Abbott felizmente se involucra en la tarea indispensable de la persuasión moral a favor de las posiciones conservadoras. Lo que es más, él es muy bueno haciendo eso. Con su rara combinación de hablar claro y tener sustancia intelectual, Abbott hace que las ideas conservadoras suenen, bien, razonables al votante medio.

Por supuesto, ningún gobierno conservador puede hacerlo todo. Incluso Margaret Thatcher no pudo reducir la participación del estado en el PIB durante su tiempo en el cargo. Las legislaturas de tres años de Australia limitan, además, la capacidad de cualquier gobierno para maniobrar.

Abbott también seguramente sabe que no todos los diputados abrazan todos sus puntos de vista. El Partido Liberal siempre ha sido una amalgama de whigs, tories, liberales clásicos, conservadores, partidarios del libre mercado, proteccionistas, creyentes religiosos silenciosos, escépticos igualmente tranquilos, arribistas variados y pragmáticos descarados.

Sin embargo, al igual que John Howard, Abbott hasta ahora ha demostrado ser experto en el manejo de esas diferencias. También parece entender que, lo que el historiador conservador Maurice Cowling dijo una vez del partido Tory, se aplica por igual a su equivalente australiano: su negocio es ganar las elecciones.

Esto es importante, no sólo porque el puritanismo ideológico es a veces un enemigo de lo bueno. También es importante porque si el gobierno de Abbott puede mantener su curso actual y ganar elecciones, Abbott tiene una remota posibilidad de hacer por su generación de conservadores en todo el mundo, aunque de una forma más modesta, lo que Reagan y Thatcher hicieron por la suya.

Para un “monje loco”, eso sería un gran logro.

Nota del Editor

La última parte del discurso de Abbott en Davos dice “Ultimately, the G20 is not about us in government; it’s about the people, our masters”.

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