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Cristianismo y Capital
Selección de ContraPeso.info
17 mayo 2016
Sección: ECONOMIA, RELIGION, Sección: Análisis
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El interés y la usura es la idea examinada por Samuel Gregg en esta columna. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Christianity and the Rise of Capital.

Sabiendo que él era un miembro de la ascéticamente famosa orden franciscana y con su propia fama de desprendimiento de las cosas materiales, Bernardino de Siena (1380-1440) fue notablemente perspicaz acerca del dinero.

Se comprende que a la mayoría a la gente le sorprenda saber que algunos de los más importantes desarrollos intelectuales que por primera vez permitieron a las finanzas convertirse en una máquina de crecimiento, fueron hechos por hombres que libremente hicieron, la mayoría, votos de pobreza.

Casi un siglo antes de Bernardino, otro franciscano, Peter Olivi (1248-1298), había escrito lo siguiente en su De contractibus usurariis:

«porque ya que el dinero o propiedad que es directamente administrado por su propietario es puesto a trabajar por una cierta probable ganancia, no sólo tiene la simple cualidad de dinero o bienes, pero, más allá de eso, una cierta cualidad seminal para generar ganancia, lo que comúnmente llamamos capital… y por tanto no solo tiene que ser devuelto el valor simple del objeto, sino también un valor añadido».

Al igual que todo el clero medieval, Bernardino y Olivi, se opusieron con fuerza a la usura. Escribió Bernardino: «La usura concentra el dinero de la comunidad en las manos de unos pocos, como si toda la sangre en el cuerpo de un hombre corriera hacia el corazón y dejara agotados al resto de los órganos».

Sin embargo, el mismo Bernardino también dedicó tiempo a la explicación del porqué era legítimo que los acreedores cobrasen intereses en los préstamos para compensarse a sí mismos la renuncia a la posibilidad de invertir su dinero en otra parte. En tales circunstancias, el prestamista tiene derecho a ser compensado por lo que equivale a ganancias no percibidas.

Bernardino mantuvo: «Lo que es ordenado en el firme propósito de su propietario a algún beneficio probable tiene no solo el carácter de mero dinero o de mera cosa sino también, más allá de esto, un cierto carácter seminal de algo rentable, lo que comúnmente llamamos capital».

Este título, conocido como lucrum cessans (ganancias renunciadas, o lo que hoy podríamos llamar el costo de oportunidad de fondos líquidos), refleja la idea de que el dinero no siempre era estéril y que podría llegar a ser productivo: el dinero podría convertirse en capital.

Los franciscanos no se limitaron a escribir acerca de estos asuntos. Desde el siglo XIV en adelante, buscan ayudar a los necesitados a tener acceso al crédito en la forma de compañías de préstamos. Conocidas popularmente como montes pietatis, la primera de estas instituciones de préstamos fue establecida por los franciscanos y financiada al principio con donativos de cristianos adinerados.

Prestaron ellos dinero las personas relativamente pobres incapaces de obtener créditos de prestamistas establecidos. Los prestatarios proporcionarían a los montes pequeños objetos de valor como una forma de garantía para el pago del préstamo.

Sin embargo, la controversia se presentó cuando los montes empezaron a cargar intereses, variando entre 4 y 12 por ciento.

Uno de sus más fuertes impulsores —otro franciscano que pasó mucho de su tiempo criticando los préstamos de dinero en general y a (¡desgraciadamente!) prestamistas judíos en particular, el beato Bernardino de Feltre (1434-1494)— insistió en que algún cobro de intereses por parte de dichas instituciones era esencial si se quería que ellas fueran sustentables por sí mismas.

Con el tiempo, esto se convirtió en la norma para todos los montes establecidos por los franciscanos. No es sorprendente que eventualmente fueran acusados de practicar la usura.

Los montes y su práctica de cobro de intereses fueron, sin embargo, reivindicados por primera vez por el papa Pablo II, en 1467, cuando aprobó el monte original en Perugia; y después por el papa León X, en 1515, en la bula Inter multiplicis.

Posteriormente emergieron cientos de montes a través de Italia, Francia, Austria, Alemania, Flandes y España. Uno de los primeros, el Monte dei Paschi di Siena, fue fundado en 1472. Todavía hoy existe y es el tercer banco más grande de Italia, empleando a miles de personas alrededor del mundo.

A pesar de la aprobación papal, no desaparecieron las acusaciones de usura en contra de los montes. Esto produjo defensas del cobro de intereses por parte de pensadores escolásticos como el dominico del siglo XVI Martin de Azpilcueta (1491–1586). El argumento que el interés era, estrictamente hablando, no un pago directo del préstamo sino un cargo por la administración del crédito.

Muchas personas hoy en día ven con cierto cinismo la manera en la que pensadores cristianos reaccionaron ante estos desarrollos a lo largo del medioevo y del principio del periodo moderno.

Más de una persona ha sugerido que esto equivalió a cristianos usando una semántica tortuosa para ayudar a la cristiandad a acomodarse ella misma a los amplios cambios económicos estableciéndose en la Europa medieval con las primeras formas mundiales del capitalismo.

Sería un error reducir ese desarrollo intelectual a un burdo ajuste a circunstancias. Ciertamente, el contexto es importante. Pero también es cierto que un inmenso entorno de cambio económico estimuló a muchos estudiosos cristianos, a partir del siglo XI en adelante, a repensar la naturaleza del dinero.

Con el tiempo, ellos desarrollaron una serie de reflexiones y precisiones importantes, siendo la más significativa de ellas una clara distinción entre usura y formas legítimas de prestar dinero.

Estos escritores no se acercaron a estos asuntos como «economistas». Se dirigieron a estas cuestiones dentro del contexto de la teología moral y del derecho.

El refinamiento de sus análisis era tal, sin embargo, que como señaló un economista e historiador moderno de la Economía como Joseph Schumpeter (quien con fama acuñó la frase «destrucción creativa»), pudo afirmar que «en el pensamiento escolástico estamos en presencia de una Riqueza De Las Naciones embrionaria».

Nota del Editor

Samuel Gregg es director de investigación en el Acton Institute. Esta columna es un fragmento de su nuevo libro For God and Profit: How Banking and Finance Can Serve the Common Good (Crossroad Publishing Co., 2016).

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