Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Desigualdad de Libertades
Eduardo García Gaspar
12 mayo 2016
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Un riesgo de la democracia. Una consecuencia del pensamiento democrático. Me refiero a la exageración de la idea de la igualdad.

La creencia en un voto de igual valor sin importar la persona. La norma de igual trato bajo la ley con una justicia ciega. No son malas ideas en sí mismas, al contrario.

Y, sin embargo, contienen una semilla indeseable, esa obsesión con la igualdad.

Una manía igualitaria peligrosa que, sin prudencia, permite la erección de regímenes autoritarios. Es un gran peligro de nuestros días, uno de los mayores. Algo que merece una segunda opinión.

Comencemos con una cita de A. MacIntyre (1929-), el filósofo escocés.

«Alguna dosis de desigualdad —no debe ser ella muy grande—no es necesariamente opresiva. Y el que alguna gente más que otra debe ejercer el poder a través de la oficina pública no es siempre una marca de opresión» The MacIntyre Reader.

En tiempos de obcecación igualitaria, esta idea cae dentro de eso que se ha llamado políticamente incorrecto (lo que usualmente significa que contiene un elemento de verdad razonada).

¿En qué momento la desigualdad se convierte en algo reprobable? Difícil de establecer en una definición específica y concreta. Pero algunas ideas pueden desarrollarse en este campo.

La primera de ellas es la más cristalina: alguna dosis de desigualdad no es mala, quizá todo lo contrario. Lo que significa que la total igualdad no es un ideal, al contrario, puede ser muy reprobable.

La secuela de lo anterior es razonable. No volvamos a la igualdad una obsesión política, ni convirtámosla en una fijación moral. Esto es lógico, pues existen otros valores que juegan conjuntamente con la igualdad, como la justicia y la prudencia.

Entender esto sería ya un adelanto y, tendría como consecuencia adoptar una posición crítica ante los discursos sociales que tienen al problema de la desigualdad como una monomanía.

En segundo lugar, es razonable esperar cierta desigualdad provocada por la existencia de gobiernos. Las personas elegidas para sus puestos públicos tienen más poder que el resto, una desigualdad que no necesariamente es indebida. Más aún, es natural e inevitable. Así funciona mejor la sociedad, cuando, por ejemplo, un juez tiene una investidura de mayor poder que el resto.

El principio puede ampliarse a otros campos. Por ejemplo, con la mayor autoridad de un profesor en una clase; o de un empleador sobre sus empleados. O, el caso, de un policía que dirige el tráfico. Reclamar que todos son absolutamente iguales en un salón de clases sería absurdo.

También, en tercer lugar, será admisible la desigualdad que provoca la justicia cuando por ella recibe más quien lo merece. Sería altamente arriesgado que no reciba más quien más se ha esforzado; como el alumno con más alta calificación que el perezoso.

¿Razonable todo lo anterior? Creo que sí, pero aún quedan cosas por aclarar. La cita anterior continúa con esto:

«Lo que siempre es opresivo es cualquier forma de relación social que niega a esos que participan en ella la posibilidad del tipo de aprendizaje mutuo acerca de la naturaleza del bien común que puede emitir en una acción socialmente transformadora». The MacIntyre Reader.

Esto aporta un elemento útil: la desigualdad es indeseable cuando implica opresión, definida como impedimento de participación en lo social general.

¿Cómo entender esa compleja redacción? Quizá, imagino, como una opresión que retira libertad de participación: quien podría intervenir, ayudar, contribuir, no puede hacerlo por causa de la desigualdad convertida en impedimento de la libertad.

¿Ejemplos? Un monopolio y la desigualdad que significa: opresión que reprime la posibilidad de que otros participen en ese sector (los monopolios estatales en México son un claro ejemplo). O bien, una serie de regulaciones estatales que impiden la entrada del trabajo libre de gente que podría participar (como el régimen ejidal en México).

Las ideas anteriores tienen, creo, gran valor.

Apuntan al peligro de la terquedad igualitaria como tozudez universal que descarta el uso de la razón y otras ideas.

Pero, sobre todo, permite comprender mejor el peligro de la desigualdad cuando llega a ser reprobable: en el momento en el que se convierte en opresión que frena la libertad de participación general (por ejemplo, frenando libertad de trabajo).

Esto último es lo que realmente sorprende y es una nueva visión de la desigualdad que debe combatirse: cuando la desigualdad se convierte en subyugación que impide libertades. Una desigualdad que sí merece combatirse.

Post Scriptum

Después de releer lo anterior, siento que debo ser reiterativo en la idea central que he tratado de escribir.

Primero. La obsesión igualitaria de nuestros días se ha convertido en una fijación obsesionada con la igualdad económica o material. Un enfoque reduccionista que olvida mucho de lo importante. Más aún, ciertas dosis de desigualdad no son negativas y pueden de hecho ser benéficas.

Segundo. La desigualdad sí es reprobable cuando ella oprime a la libertad de la persona para ser alguien que hace aportaciones al bien propio y ajeno. Es decir, la desigualdad tiene mucho que ganar si se entiende como avasallamiento de la iniciativa personal, como pérdida de libertades.

Esto es lo que he tratado de aportar, la idea de que la desigualdad que realmente importa es la desigualdad de libertades.

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