Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Religión, Libertad, Moral
Eduardo García Gaspar
7 junio 2017
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El Protestantismo defendía mejor a la creencia religiosa pura, al mismo tiempo que defendía mejor a la libertad humana. Eso leí en una revista y de la que no tengo la cita obligatoria (perdón).

Aún con esa falta, creo que el tema bien vale una segunda opinión. Intentaré resumir lo escrito allí.

Decía que en el Protestantismo se tenía la ventaja de un fuerte elemento de liberación e independencia de creencia e interpretación religiosa que colocó en cada persona la capacidad de seguir mejor sus creencias y, sobre todo, se deshacía de una autoridad central, el Vaticano y su autoritarismo.

Tiene su punto decir eso. El Vaticano era en esos tiempos, siglo XVI, un centro de poder político, el mayor de todos. Quitárselo de encima tenía ventajas, especialmente políticas, para las independencias locales.

También es cierto que añadía libertad interpretativa a la persona, la que se liberaba de la interpretación oficial. Era una independencia espiritual, por decirle de algún modo. El mismo libro, pero ahora en manos de cada quien, podía ser leído al gusto personal, sin tener encima al Papa y, sin necesidad de tanta ceremonia y tanto ritual.

El Protestantismo, en resumen, permite ser más libre al creyente y, al mismo tiempo, tener una religión más conservadora y austera, si eso se quiere. Una mezcla de liberalismo y conservadurismo.

Si esas ideas se examinan fríamente podrán verse que contienen ideas con efectos colaterales inevitables. Permítame expresar lo anterior desde otra perspectiva.

Si usted contempla a la persona bajo esa mentalidad del Protestantismo, verá que en ella se ha descargado una responsabilidad fantástica: será ella ahora quien tome a la Biblia, la lea toda, y termine desarrollando su interpretación personal. No es precisamente realista que todos tengamos esa capacidad.

Lo que sucede a continuación es lo natural: suceden divisiones en esa interpretación y se forman varias «iglesias» entre las que puede haber diferencias sutiles o grandes. Se fragmenta el Protestantismo.

Uno de los números reportados, indica la existencia de 9,000 denominaciones protestantes y 22,000 denominaciones cristianas independientes. No sorprende que solo haya 242 católicas.

El Protestantismo, también, en su deseo de libertad personal, perdió un elemento que conservó el Catolicismo, la tradición interpretativa de las Escrituras que atempera a las interpretaciones literales y a las personalistas.

En otras palabras, el Protestantismo llevó la carga de la interpretación cristiana de las escrituras hasta cada persona, suponiendo una capacidad y preparación que claramente no existe. Ahora el creyente protestante estaba más libre, sí, pero también estaba sujeto a vacilaciones e incertidumbres. Podía tomar rutas más literales, pero también más flexibles.

Eso presentó, si no me equivoco, una acusación doble para el Catolicismo. Para unos era demasiado flexible y elástico al admitir demasiada libertad humana. Para otros era demasiado estricta y dogmática yendo en contra de la libertad (Paradoxes of Catholicism, de Robert Hugh Benson examina esta y otras paradojas del Catolicismo).

Lo anterior me lleva a Tocqueville (1805-1859) y su famoso libro. En una de sus partes dice que para vivir las personas necesitamos ideas que nos sirvan como brújulas de nuestras acciones y que, sobre todo, no podemos por nosotros mismos desarrollar todas esas ideas.

Necesitamos a otros, especialmente en lo moral y religioso, que contribuyan con esas ideas. Por esto, las religiones son vitales para el manejo de la libertad personal. Ellas son fuente de ideas que se traducen en conductas deseables. Ideas que no tenemos capacidad de crear individualmente.

En fin, mi intención fue compartir con usted algunas ideas sobre el tema. Quizá sea útil para que usted también piense algo al respecto y ponga en tela de juicio sus propias ideas.

Por mi parte, terminé pensando que me siento absolutamente incapaz de realizar un buen trabajo si acaso alguien pusiera la Biblia en mis manos y me dijera que la interpretara. Debo aceptar que no lo puedo hacer y que, por otro lado, me parecería un desperdicio mandar por la borda a siglos y siglos de estudios de interpretación por parte de quienes son mucho más capaces que yo.

Además, acepto otra cosa, que si me dicen que yo debo interpretarla solo sin ayuda de nadie, es muy posible que acabe teniendo una moral acomodaticia y poco exigente; una que me engañe a mi mismo y que aplique selectivamente según mis propias inclinaciones del momento.

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