Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Turba: su Mentalidad
Eduardo García Gaspar
6 septiembre 2017
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La distinción es vital. Son dos grupos de personas y son muy diferentes. Sus impactos en política son diferentes.

«La turba es primariamente un grupo en el que el residuo de todas las clases está representado. Esto es lo que hace que sea muy fácil confundir a la turba con la gente, que también comprende a todos los estratos de la sociedad. Mientras que la gente en todas las grandes revoluciones pelea por una verdadera representación, la turba siempre gritará por el “hombre fuerte”, el “gran lider”». Hannah Arendt

Seamos organizados. En ese párrafo se separan dos conceptos, el de la turba y el de la gente.

En el texto original en inglés, el primero es llamado ‘mob’, que es un equivalente de muchedumbre, masa, turbamulta. El segundo es llamado ‘people’, que es equivalente a gente, personas, pueblo, habitantes.

En cada grupo, la turba y la gente, hay estratos de la sociedad, personas de todas las clases. Esta característica hace que los dos conceptos puedan ser confundidos con facilidad porque están formados por elementos similares de toda la sociedad.

Sin embargo, entre ellos hay una diferencia notable, al menos según Arendt. La turba es la que en situaciones de inquietud política se distingue por gritar inclinándose por la figura del adalid. La masa reclama la existencia del gran jefe, el caudillo que se necesita.

La solución del problema político para la turba o masa, es la elección de un hombre fuerte en quien se confíe para conducir a la nación. Una vez encontrado, ese adalid debe tener el poder que sea necesario para gobernar según sus criterios. Es una solución simple de delegación total de poder hacia arriba, hasta ese gran líder.

La solución del problema político para la gente es otro muy distinto. No es la elección del hombre fuerte que deba gobernar al país según su gran visión. Es, en cambio, un problema de instituciones: el gobierno debe ser representativo de las personas y no una entidad separada. Las personas quieren representación; la turba quiere un super líder.

¿Filosofía política inútil? No, absolutamente no. Podemos usar esa idea para estudiar lo que sucede a nuestro alrededor, sigamos en una elección para presidente. Seguramente, podremos distinguir entre dos grupos más o menos claros, la turba y la gente.

La turba estará formada por esos que tienen sus esperanzas puestas en una persona a la que conciben como un salvador nacional. Entiende la turba que el bien del país se alcanzará gracias a una solución simple: ese gran líder colocado en la máxima posición de poder. Eso es todo.

Es característica de la turba una fuerte tendencia al culto personal de su líder, a quien colocarán por encima de todo juicio y evaluación. No importa lo descabellado de sus ideas, ellas serán reinterpretadas hasta el punto de la aprobación incuestionable.

La realidad, para la turba, no existe, lo que permite al líder proponer proyectos nacionales que serán admirados hasta el éxtasis, sin que se examine su factibilidad.

Para la turba, las instituciones son un estorbo que impiden que su ídolo actúe y, por eso, está siempre dispuesta a actos violentos y protestas ilegales. Nada existe que no deba sacrificarse para hacer posible la llegada al poder de su líder y una vez en el poder, actuará extralegalmente.

Las personas son lo opuesto a la turba. Ponen su énfasis en la ley y las instituciones. Desconfían de los personalismos políticos y ambicionan libertades dentro de un estado de derecho. Quieren democracia, pero sobre todo, república.

Ahora, cada uno de nosotros podemos examinar al país en el que vivimos y ver el tipo de mentalidad política que prevalece en él, el de la turba o el de la gente. Usted sacará sus conclusiones.

Mi impresión general es la del predominio de la mentalidad de la turba, la que entiende que todo en el país se arreglará eligiendo a un cierto ungido en el que ha depositado su confianza absoluta un cierto numero de personas. Sus opositores serán aquellos que lejos de confiar en ese ungido lo ven como una maldición. ¡Y así queda toda discusión política!

Por supuesto, esa solución política acarrea los riesgos del personalismo político. Cuando todo el problema político es sencillamente elegir a la persona correcta, se abre la puerta a las oportunidades que el déspota ansía y se cierra la puerta a los mecanismos para señalar errores y corregirlos.

El resultado será lo opuesto a la esperanza generada: el régimen del líder fracasará y, peor aún, se conservará su gobierno.

Post Scriptum

Esta idea está muy relacionada con la de K. Popper y que separa a la idea de quién debe gobernar, de la de cómo debe gobernarse.

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