Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Hay Allí Algo Podrido
Eduardo García Gaspar
10 junio 2011
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es una acción prohibida por la ley. Es un acto contrario a la moral. No tiene sentido. Y, sin embargo, es parte de usos y costumbres electorales de muchas partes del mundo.

Se trata de comprar votos, una idea que bien merece una segunda opinión.

En un sentido amplio, los candidatos a puestos de elección “compran” votos. Es decir, convencen a electores de votar por ellos. Nada malo hay en eso, al contrario.

El elector se convence de que tal o cual candidato es el mejor y vota por él. El candidato ha expuesto sus ideas con la intención de persuadir.

Por ejemplo, el candidato puede prometer una reforma fiscal que reduzca impuestos, amén de otras cosas. Sobre promesas de este tipo, el ciudadano se forma una idea y decide su voto. Es la manera en la que funcionan las elecciones, incluso aunque la idea que el ciudadano tenga del candidato sea la más inexacta y superficial.

Las cosas cambian cuando las promesas llegan a un punto en el que la intención ya no es persuadir, sino comprar el voto. Los ejemplos ayudan a entender.

Digamos que el candidato promete reducir el precio de la transportación, o regalar artículos escolares, o canastas de alimentos a las mujeres, o dinero a los ancianos, o becas a estudiantes… todo eso si es electo.

No sé en qué punto cambian las cosas y las promesas electorales se convierten en compra de votos, abierta y descarada. Compare usted la promesa electoral de tener un presupuesto balanceado, o de reducir impuestos a nuevas inversiones, o de simplificar trámites burocráticos, con promesas de dar pensiones a ancianos, regalar materiales a campesinos, o dar dinero para transporte público.

No son iguales. Sí, son promesas electorales todas, pero en algunas de ellas hay algo que huele mal, muy mal. La promesa de construir carreteras se entiende como normal, de beneficio general y parte de las funciones gubernamentales.

Pero no alcanzo a comprender la promesa de regalar útiles escolares, ni de dar créditos a la palabra de las mujeres.

Hay algo podrido en esas promesas de regalar insumos a los agricultores, o de dar dinero a las madres solteras. Todas ellas tienen en común varias cosas que las distinguen.

Primero, están dirigidas a personas con bajos ingresos y baja educación, inocentes que cometen el error de ver filántropos en lugar de gobernantes. Tienen el aroma de explotar la pobre condición de muchos, con buena inclinación a vender su voto si les dan un dinero al mes, o alguna beca para el hijo.

No son propiamente funciones gubernamentales, como la mejora de la seguridad y los servicios de justicia, que benefician a todos. Son ofertas de compra de voto, dirigidas a lo que suele llamarse grupos vulnerables.

Otra característica tienen estas promesas que huelen mal. Todas ellas representan gastos gubernamentales sin fundamento. Producirían, de implantarse, gastos que necesitan un financiamiento jamás mencionado. ¿De dónde saldrían el dinero para pagar las becas? ¿De más deuda, de menor asignación a policías, de bajar estándares en escuelas?

Este tipo de promesas son irresponsables en sus finanzas y en ellas llevan la semilla de una crisis de presupuesto gubernamental sin sustentabilidad. Y no sólo eso, desvirtúan la función central de los gobiernos, que no es regalar artículos escolares, sino establecer un régimen de derecho que proteja derechos y propiedades de todos.

La diferencia entre las promesas lógicas de un candidato y las promesas irracionales de sus campañas es la diferencia entre un gobierno que cumple con sus funciones naturales y uno que se ha convertido en una institución de beneficencia que compra de votos de segmentos desprotegidos.

La ley prohibe cosas como regalar un costal de cemento por ir a votar por cierto candidato el día de la elección. Pero no prohibe que se regale ese mismo costal de cemento después de la elección, o la beca, o el dinero para transporte, o la pensión.

Sea legal o no, da lo mismo. Es inmoral, va contra la ética, contra la razón.

Y, lo peor quizá, daña aún más a los que esas promesas tratan de beneficiar. Los convierte en un segmento que se vende al mejor postor y crea hábitos de pereza y conformidad. Le digo, esas promesas huelen mal por una razón: son muestra del podredumbre y carroña política. Es eso que se llama populismo.

Post Scriptum

Algunas de las promesas que fueron mencionadas vienen de un análisis sencillo de promesas políticas de candidatos a gobernador en las elecciones del Estado de México, Nayarit y Coahuila (Grupo Reforma, 6 junio 2011). El mecanismo es dar tarjetas a electores, en las que se prometen esos beneficios.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Populismo

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.



2 Comentarios en “Hay Allí Algo Podrido”
  1. Luis Dijo:

    Decía Maquiavelo que el príncipe debe cuidarse de ser liberal, ya que al principio el pueblo podrá ver con buenos ojos su extravagante gasto, pero al final no se verán los frutos, el estado le pasará el costo al ciudadano y éste se levantará contra el líder. También dice que no se debe desarmar al pueblo, ya que eso demuestra temor y desprecio hacia los gobernados, lo cual no será bien visto por éstos. Maquivelo no era Nostradamus, pero esto se parece mucho ciertos gobiernos que prometieron cambio, esperanza y acceso universal a particulares beneficios, obviamente omitiendo toda la barbarie que hay detrás del telón. Dicen que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. Yo diría que la única buena intención es la de engañar, porque también decía el gran historiador, que el que engaña siempre encuentra quien se deja engañar. Pobres Norteamericanos!

  2. droctavio Dijo:

    A las ideas de la columna, que tocan una realidad imposible de negar, quisiera añadir un elemento de esas promesas electorales destinadas a comprar votos y que es su carácter distributivo, rasgo esencial del populismo. Prometer, por ejemplo, regalar artículos escolares es una forma de comprar votos, pero es también una política redistributiva de ingresos y que el político “vende” fomentando un odio entre clases. Y medidas como la de protección a mercados populares, tomada en la Ciudad de México, es otra compra de votos de caracter sectorial, pues a los gremios de esos comerciantes se les ofrece protección contra competencia de productos mejores y más baratos.





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