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Separación Iglesia – Gobierno
Selección de ContraPeso.info
1 noviembre 2015
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: AmaYi
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La línea divisoria puede ser muy borrosa. Gobernantes metidos en asuntos religiosos. Religiosos metidos en asuntos políticos. Es fácil perder la perspectiva de los límites de cada autoridad. Locke tiene conceptos útiles sobre el tema, los de la libertad religiosa.

La idea de este resumen fue encontrada en la obra de John Locke (1632-1704), Ensayo y Carta Sobre La Tolerancia [1689]. Madrid. Alianza Editorial.

 

Al principio de su carta, Locke afirma que es muy necesario distinguir los asuntos del gobierno civil de los asuntos de la religión. De no hacerse, sería imposible resolver problemas entre gobiernos e iglesias. Este es el arranque de Locke: la especialización de los asuntos.

La religión está al cuidado de la salvación de las almas, de los asuntos espirituales de las personas. El gobierno está al cuidado de los asuntos terrenales de ellas. Según Locke, esta especialización es lo que evita problemas insolubles y lo que ayuda a solucionar esas dudas.

El primer paso es dar una definición de gobierno.

Una sociedad organizada bajo la autoridad de un gobierno es un conjunto de hombres unidos solamente para la procuración, la preservación y el avance de sus intereses civiles.

Para Locke, intereses civiles es el conjunto de la vida, la libertad, la salud y el patrimonio material de la persona (casa, muebles, ahorros, etc.).

El gobernante, por tanto, se limita a los asuntos de este mundo y nada tiene que ver con los asuntos del mundo por venir. El gobierno emite leyes para la protección de esos intereses civiles.

Esas leyes son aplicadas por el gobierno, quien tiene fuerza para obligar a su cumplimiento y castigar al que las viole. El gobernante tiene la libertad para pertenecer o salir de la iglesia que él desee. Esa iglesia no será ni mejor ni peor por el hecho de que un gobernante pertenezca a ella, o decida dejarla.

El segundo paso de Locke es definir qué es una iglesia.

Una iglesia, cualquiera, es una asociación voluntaria de personas, reunidas por su propio acuerdo para la adoración pública de Dios, de la manera en la que ellas creen que es aceptable a Dios para la salvación de sus almas.

A las iglesias se une la persona de manera libre, con la posibilidad de salir de la religión seleccionada sin traba alguna.

Por otro lado, las iglesias necesitan, como toda sociedad, reglas propias, hechas por sus miembros o ministros. Sin esas reglas y sin el respeto a ellas, esa iglesia se disolvería.

Los magistrados de la iglesia, sin embargo, no tienen fuerza para exigir el cumplimiento de esas reglas. Sólo pueden usar su poder de convencimiento para hacerlas respetar. Si alguien las viola, el poder del religioso se limita a la expulsión de la persona del seno de esa iglesia, sin posibilidad de uso de fuerza para privar a esa persona de sus intereses civiles.

En pocas palabras, ningún ministro religioso puede alterar los intereses civiles de las personas.

Por tanto, según Locke, la gran diferencia entre una iglesia y un gobierno es la fuerza.

La aplicación de la ley terrenal requiere el uso de la fuerza para castigar al culpable y privarle o disminuirle sus intereses civiles. La aplicación de la normas de una iglesia no puede ir más allá de la expulsión del miembro castigado.

La diferencia entre iglesias y gobiernos se amplía a proporciones gigantescas por otro razonamiento de Locke: la salvación del alma es un asunto personal, fundado en la fe y las creencias individuales.

La salvación del alma es un asunto basado en el total convencimiento propio. La salvación no puede lograrse por medio de la fuerza de la autoridad política.

Hablando del Cristianismo, dice Locke que el Evangelio no menciona que la Iglesia de Cristo puede perseguir a otros para una conversión religiosa forzada. Al contrario, el Evangelio habla de la persecución que sufren los verdaderos apóstoles de Cristo.

Por tanto, el poder de coerción del gobierno es incompatible con la tarea de salvar almas. Las almas se salvan por el convencimiento interno y personal, no por el uso de la fuerza. Eso significa que la salvación de las almas es un asunto de cada individuo.

La conclusión de una total separación, según Locke, entre los asuntos eclesiásticos y los asuntos gubernamentales, es natural ante los razonamientos anteriores.

Y eso es lo que hace que ninguna persona puede ser afectada en sus bienes civiles por causa de la religión que profesa. Todos sus derechos como ciudadano son un asunto totalmente ajeno a la religión.

Además, se da otra situación que reafirma lo conveniente de la separación de asuntos religiosos y gubernamentales.

Afirma Locke que es una realidad inevitable que cada una de las iglesias crea que ella es la verdadera y que, por ende, todas las demás iglesias sean falsas.

No hay iglesia que no reclame para sí misma el ser la verdadera fe. También es una realidad absoluta que no hay forma satisfactoria de determinar cuál de todas las iglesias es la verdadera y al mismo tiempo satisfacer a los fieles de todas ellas.

No hay juez en la tierra que pueda dirimir la cuestión de cuál es la verdadera iglesia. Porque, como se vio, las iglesias no tienen jurisdicción sobre los asuntos terrenales, ellas no puede recurrir a la fuerza y a la coerción para dirimir sus diferencias.

Locke ilustra los peligros de una falta de separación entre iglesias y gobiernos mencionando una situación riesgosa: miembros de alguna jerarquía eclesiástica que tengan el apoyo gubernamental.

Esos jerarcas, al sentirse apoyados por el gobierno, pueden volverse capaces de usar la fuerza contra quienes no piensan como ellos. Locke señala la paradoja de que esos mismos religiosos capaces de usar la fuerza se tornarán tolerantes y defensores de la libertad religiosa, cuando no tengan de su lado el respaldo gubernamental.

Otra argumentación de Locke que apoya una clara separación entre religión y gobierno es la siguiente.

Así como no hay leyes que prohiban enfermarse o empobrecerse, tampoco puede haber leyes que prohiban condenar el alma. Ese es un asunto personal, propio del fuero interno de cada persona.

Los gobiernos no tienen facultades para sustituir al individuo en la decisión de salvar o no su alma. Dios enseñó cómo lograr la vida eterna, pero no prescribió una forma de gobierno.

Dios enseñó a los hombres cómo, por medio de la fe y las buenas acciones, puede lograrse la vida eterna, pero El no instituyó una república.

No prescribió una forma particular de gobierno, ni puso una espada en la mano del gobernante para usarla contra los hombres que no desean dejar su religión original y abrazar la de Él.

Además de poseer almas inmortales, las personas también tienen una vida temporal en la tierra. Tienen necesidad, dice Locke, de comodidades externas que procuran y preservan por medio de la fatiga y el trabajo.

Es la necesidad de preservar lo que su trabajo ha logrado, lo que hace a los hombres entrar en sociedad. Con asistencia mutua y fuerzas combinadas ellos aseguran sus intereses civiles y así contribuyen a su felicidad en este mundo.

Pero, la vida eterna de cada persona es un asunto en el que los demás nada tienen que ver, este es el asunto de la religión.

Las religiones, además, no pueden violar las leyes que protegen los intereses civiles de los ciudadanos. De hacerlo, el gobernante debe ejercer su poder para evitarlo. Pero el gobernante debe dejar libre a la religión para hacer lo que desea, siempre dentro de la ley.

Locke, en resumen, apela al sentido práctico de una clara diferenciación de responsabilidades. El gobierno se preocupa por el bienestar de la vida terrenal y la religión por la salvación de las almas.

De no hacer esta separación, se tendrían problemas sin solución. El gran peligro radica en dar poder coercitivo a las iglesias.

Nota del Editor

Una versión ligeramente diferente de esta columna fue publicada en marzo de 1996.

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La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

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