Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Aprender a Pensar
Eduardo García Gaspar
9 noviembre 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una costumbre sana, inteligente. La poseen en buen grado un par de amigos.

Suelen ellos comenzar a hablar diciendo «en mi opinión…», o «según yo…».

Muestran así una cualidad escasa en nuestros días, la humildad.

Más todavía, cuando escuchan a otros, suelen añadir «eso es según tú», o también, «en tu opinión».

Es saludable hacer eso. Demasiadas veces pensamos que nos asiste la razón entera y que somos poseedores de la verdad indiscutible. La realidad es que fallamos, en ocasiones, terriblemente.

Nuestra razón no es perfecta y esa costumbre es una buena dosis de moderación y modestia mental. Puede llegar hasta el extremo de decir «No conozco del tema y por eso no puedo opinar». Otra posibilidad aún más rara e insólita.

Eso que es bueno, sin embargo, necesita cierta mesura para no llegar hasta el error de suponer que todas las opiniones tienen igual valor y merecen, por eso, el mismo respeto. No, no todas las opiniones valen lo mismo.

Imagine usted a una persona que dice «en mi opinión esto es A» y la otra persona responde «No, según yo esto es B». En este caso, por simple lógica, una de las personas está más cerca de la verdad que la otra; o bien, las dos están igualmente alejadas de la verdad.

Entre las dos pueden optar por justificar su opinión tratando de persuadirse entre sí. Posiblemente no lo logren, o tal vez sí. En la discusión que siga ambas se enriquecerán.

Pero ellas pueden hacer algo que no tiene beneficios, el acordar que cada quien tiene «su verdad o su opinión» y que ambas tienen razón. Eso es equivocado y nada ganan ellas. Porque en realidad puede ser que ambas estén en el error, alejadas por igual de la verdad, o que una de ellas esté menos alejada que la otra.

A lo que voy es que la deseable modestia con la que se expresa una opinión personal necesita una cierta mesura que le evite irse al extremo de afirmar que cada quien tiene su propia verdad que tiene el mismo valor y merece el mismo respeto.

En realidad, el respeto lo merecen las personas en sí mismas, no tanto sus opiniones. Es decir, negar la opinión ajena obliga al que lo hace a justificar su afirmación con argumentos y evidencias. Y hacerlo de manera razonable, educada y amable.

En esto hay un detalle curioso que ilustro en una conversación esquemática entre dos:

— Yo creo que A.

— Yo creo que tú crees que A.

— Yo creo que tú crees que yo creo que A.

— Yo creo que tú crees que yo creo que tú crees A.

El ciclo sería infinito, cada persona calificando de opinión personal a lo expresado por la otra. Nunca se llegaría a nada más que esa reiteración de «según yo-según tú».

El asunto tiene una solución obvia, el de reconocer que la verdad existe, una idea que está implícita en las opiniones de las personas. Ellas opinan porque creen que lo que dicen es verdadero. Si no lo pensaran, no tendrían opiniones.

Eso le sucede incluso al más terco de los relativistas cuando dice «La verdad no existe». Decir eso es necesariamente una verdad que él reclama tener en contra de quien afirma que la verdad sí existe.

Reconociendo que hay una verdad, las opiniones ganan en valor en proporción a su cercanía con esa verdad. La mejor opinión entre las expresadas será la que tenga más cercanía con la verdad, lo que lleva a considerar los tipos de demostraciones.

La más usual para la mente moderna es la demostración científica que usa pruebas físicas y genera incluso leyes que pueden producir pronósticos en extremo exactos. Las cosas se complican notablemente cuando eso se aplica a la conducta humana en campos como la Historia y la Economía, donde existen evidencias empíricas, pero también razonamientos abstractos.

Se necesitan reglas para discutir cuando no hay demostraciones físicas, eso que llamamos lógica o reglas del pensamiento. Son esas que establecen el principio de no contradicción, eso de los silogismos y premisas y falacias.

Sin esas reglas obvias no existe posibilidad de discusión productiva entre las personas. Deben ellas aceptar que existe la verdad y que parte de ella es la aceptación de esas reglas que son válidas en sí mismas.

Esta aceptación de reglas, sin embargo, no siempre sucede. Una persona podrá decir, por ejemplo, «bueno, según tú una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido, pero yo no creo eso». A partir de ese momento ya no hay posibilidad de discutir quién está más cerca de la verdad.

Post Scriptum

Hace ya muchos años, hablando con un marxista convencido, se negó a discutir siguiendo las reglas de «lógica burguesa», como si la lógica tuviera una preferencia ideológica.

Es mi impresión general que en la educación formal se ha descuidado notablemente el aprendizaje de la Lógica, el arte y la ciencia de pensar correctamente. El resultado es un elevado número de personas que son en extremo ingenuas y crédulas.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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