Semidioses en política 

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Culto a la personalidad política. Una especie particular de ella, la del culto al candidato. Diferente a la del culto al gobernante ya en funciones.

Comencemos por el principio, el del culto estándar a la personalidad del político en el poder:

«El culto a la personalidad se refiere a un sistema establecido de veneración hacia un líder, al que se espera que todos los miembros de la sociedad se suscriban; un sistema omnipresente, que busca persistir indefinidamente». es.wikipedia.org

Es esta definición estándar, el culto a la personalidad consiste en diversas formas de adulación y veneración que se rinde a un líder que ocupa un puesto de gobierno. Puede conocerse por la abundancia de estatuas, imágenes, afiches que pululan en lugares públicos; incluso se vuelve una materia de estudio en escuelas y tiene presencia constante en los medios.

El caso más clásico es el de J. Stalin, Otro es el de F. Castro y sus imágenes omnipresentes. Hay en este culto a la personalidad un cierto contenido religioso que coloca al líder por encima del resto en una posición que no puede ponerse en duda.

No es difícil entenderlo. Pero hay algo que bien vale una segunda opinión, la existencia de un culto a la personalidad otorgado no al gobernante ya en funciones, sino al candidato en campaña.

Este candidato en campaña, aún sin el poder que le otorgaría una posición de digamos, presidente, puede colocarse en un nivel ligeramente inferior de culto a su personalidad que el que tendría un gobernante ya en funciones. Allí le venerarán, lo exaltarán, le rodearán de un culto que le hará ver como el salvador nacional que debe llegar al poder. El líder en el que potencialmente se convertirá.

Cuando eso sucede, y temo que no sea infrecuente, las elecciones democráticas se vuelven una competencia entre un semidiós y el resto de mortales candidatos, o una carrera entre semidioses. Ninguna de estas posibilidades resulta aconsejable porque las palabras de los semidioses no están sujetos a crítica ni duda y las elecciones se convierten en una pelea violenta entre sus fieles y acólitos.

No habrá discusiones acerca de propuestas y políticas, sino tribunales que decretarán herejías, renegados y apóstatas. Y será elegido aquel que tenga más misiones de conversión a su persona como el salvador nacional.

Con una consecuencia indeseable, la pérdida de la libertad que la democracia debería proteger contra la expansión del poder gubernamental. ¿Quién osará poner en duda la santa palabra del líder? ¿Quién se atreverá a apuntar siquiera un pequeño error que cometa?

¿Por qué tener una nueva elección en el futuro si ya se ha encontrado al semidiós que posee la verdad y personifica al pueblo entero del que conoce todo? Esto es lo que me da la impresión que está sucediendo con López Obrador en México, al menos con una buena cantidad de los fieles que le siguen.

Y una cosa más…

Lo anterior va muy ligado a un fenómeno muy visible en México: la incapacidad de centrar las discusiones electorales alrededor de ejes ideológicos. No se habla de socialismo-capitalismo; de conservadurismo-progresismo; de proteccionismo-libre comercio; de intervencionismo-capitalismo; de asistencialismo-subsidiariedad y demás.

Las discusiones se construyen alrededor de personalismos, como porfirismo, salinismo, foxismo, panismo, calderonismo, villismo, priismo, zapatismo, carrancismo y los que usted quiera.

Esto resulta en un régimen sostenido más en personas que en instituciones y por eso, débil y con cierta inclinación a aceptar de buen grado un semidiós en el poder

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