Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Cuestión de Genio
Eduardo García Gaspar
24 octubre 2012
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


En realidad es hacer filosofía. Hacer algo vital.

Es ponernos a pensar sobre las cosas más importantes de la vida.

Es un deporte extremo, más peligroso que escalar el Everest. En serio.

Quizá sea por sus peligros que pocos se inclinan a ponerse realmente a pensar. Tiene consecuencias muy serias.

Un ejemplo de lo fascinante de ponerse a pensar es el de Kenneth Clark (1903-1983), un autor inglés. Fue famoso principalmente en historia del arte. Incluso encabezó una serie sobre el tema, de la BBC, llamada Civilización.

En el libro que repite esa serie de televisión, al final, escribe diciendo algo que vale la pena conocer.

“Tengo una serie de creencias que han sido repudiadas por los intelectuales de nuestra época”, dice Clark. Y continúa, “Creo que el orden es mejor que el caos, que crear es mejor que destruir”.

Palabras, en mi opinión, valientes en tiempos en los que se adora la revolución destructora más que la creativa y en los que el caos es una consecuencia no considerada en las luchas por el poder.

Sigue diciendo, “Prefiero la gentileza a la violencia, el perdón a la venganza”.

De nuevo, palabras que van en contra de lo establecido en nuestros tiempos que hacen apología de la violencia y se mueven con deseos de revancha. Vea usted si no, las conductas de gobernantes que no saben siquiera qué es la cortesía personal y cuya conducta es pagar con la misma moneda al opositor.

“Creo que el conocimiento es preferible a la ignorancia y que la comprensión humana es mejor que la ideología”, sigue diciendo.

Original punto de vista en tiempos en los que lo políticamente correcto impide pensar, los insultos son usados como sustitutos de argumentaciones racionales y los prejuicios evitan la molestia de conocer más.

Esto es realmente hacer filosofía. Ponerse a pensar en serio y concluir una serie de ideas que resumen las creencias propias. Las cosas que uno ha llegado a creer ciertas con sinceridad y franqueza a uno mismo. Sin considerar lo que piensen otros.

“ Y creo que debemos recordar que somos parte de un gran todo que llamamos naturaleza. Todos los seres vivientes son nuestros hermanos”, dice Clark casi al final del párrafo que cito.

No es una exaltación ecológica al estilo de Al Gore, es mucho más. Es una forma de vida que resume lo anterior: es preferible crear que destruir, tener orden que caos, amabilidad que violencia, perdón que venganza, saber que desconocer, comprender que odiar.

Aún queda lo mejor.

La última frase de Clark en ese párrafo final de su libro dice, “Sobre todo, creo en el genio dado por Dios a ciertos hombres y valoro la sociedad que hace posible su existencia”.

No sé usted qué piensa, pero después de unos treinta o más años de haberlo leído aún me sigue impresionando. Recuerde que es una especie de resumen de creencias propias, de confesión personal, que se hace con franqueza y abiertamente, no para impresionar a nadie.

Como un estudioso del arte, quizá lo entienda como otro pensador del mismo tema, Gombrich: en realidad no hay arte en sí mismo, sino artistas.

Esos genios que aparecen sin que nadie lo espere y que logran hacer cosas bellas, cosas que pocos tienen la capacidad de hacer. Gente excepcional que lo puede ser más y mejor en una sociedad que lo permite, que los deja hacer en un ambiente de libertad.

Clark trata aquí lo intratable, lo prohibido. ¿De dónde salen esos genios? No sólo artistas, sino científicos y pensadores excepcionales. No creo que haya una explicación más satisfactoria que la de Clark: Dios.

Gran valentía decir esas cosas, pero al final de cuentas, eso es hacer filosofía, el arte de hacerse preguntas esenciales y darles una respuesta franca y meditada, producto de la vida propia, de la vida examinada.

En otra parte del mismo libro escribe que, “Por irracional que parezca, creo en el genio, que casi todo lo que valor que ha sucedido en el mundo se debe a individuos”.

A personas, a genios, no a colectividades, ni a grupos. Coincido con él. Por más que me esfuerzo no encuentro explicación a la última sinfonía de Mozart, que eso, que el genio.

Y tampoco encuentro otra explicación a lo que ha escrito Clark que el genio también. El genio de hacerse preguntas importantes y contestarlas sin miedo ni temor. Donde una sociedad libre no tiene precio.

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