Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Uniones Peligrosas
Eduardo García Gaspar
2 febrero 2012
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La idea tiene tiempo y tiene sentido.

Dice que la naturaleza democrática es inquieta, móvil, veleidosa, inconstante.

Lo opuesto a los regímenes monárquicos, quietos, inamovibles, constantes.

La diferencia se explica por la participación de los ciudadanos. Intervienen ellos con cambios constantes.

Eso tiene consecuencias en las que poco suele pensarse. La inquietud democrática se ve en los cambios de gobierno y gobernantes, en los conflictos entre partidos. Da la impresión de un caos sin sentido, dentro del que se oculta una cualidad, la de permitir cambios pacíficos de gobierno.

Por su parte, los regímenes monárquicos absolutos y sus variaciones suelen permanecer inmóviles. Dan la impresión de un gran orden y solidez, sin que pueda notarse que un cambio de gobierno no será pacífico. Las revoluciones son un buen ejemplo de esto.

Explicado así, resulta preferible la inquietud democrática que el orden monárquico. Sin embargo, no puede todo confiarse en un sistema que se mueve con inconstancia continua.

La democracia debe tener cimientos sólidos que soporten esos movimientos constantes. Los cimientos sólidos de la democracia son las instituciones, las reglas del juego, la legalidad y los valores sostenidos, especialmente el temor a concentrar poder.

En todo ello juega un papel destacado un principio democrático de peso. La división del poder.

No sólo la conocida de poder ejecutivo, legislativo y judicial. Sino también la existencia de autonomías políticas internas y de elecciones periódicas. La cosa va más allá, a otras divisiones del poder escasamente conocidas.

Todo resume una actitud democrática: el aborrecer la concentración del poder, evitándola a toda costa. Esta es la clave democrática, donde todo el sistema descansa.

Imagine usted lo odioso que sería que un gobierno, el que sea, poseedor de un poder ya grande como gobierno, agregue aún más poder en las manos del gobernante.

Por ejemplo, que se le agregara también el poder económico, o incluso algo más, que se le agregara el poder cultural. Ya no sería una democracia, sería una dictadura o algo peor.

De allí que salga una conclusión que bien vale una segunda opinión.

El poder económico y el poder cultural jamás deben concentrarse en una autoridad gubernamental. Sería demasiado poder en pocas manos y eso significará, sin remedio, abusos.

Igual que debe dividirse el poder del gobierno en legislativo, judicial y ejecutivo, jamás deben unirse a él el poder económico, ni el poder cultural.

Un gobierno que una el poder político al económico reunirá demasiado poder en pocas manos. Habrá abusos y, también, inconstancia e ineficiencia en las inversiones. Por la misma razón que debe haber libertad de expresión, debe haber libertad económica.

Pero el ejemplo más claro se da en otro terreno, el de la ética y la moral. Si acaso un gobierno llegara a determinar la moral en una nación, acumularía en él un poder indebido, tan grande que dejaría de ser democracia.

Y es que todo es una cuestión de pesos y contrapesos.

Los poderes legislativo, ejecutivo y judicial se hacen contrapeso unos a otros. El resultado es una apariencia de desorden, pero en el fondo es un cimiento que protege contra abusos de la autoridad.

Lo mismo con la economía y la cultura en general. Las libertades de educación, religión, expresión, pensamiento y demás son contrapesos al poder del gobierno. Y eso es lo que evita también abusos políticos.

A casi todos resulta repulsiva la unión entre gobierno y religión. La causa es ese evitar abusos. Un gobierno que une el poder político al religioso es uno que abusará de su poder y creará grandes males.

En el fondo de esto está la independencia deseable entre las creencias morales y la política. Por la misma razón resulta repulsivo un gobierno que pretenda ser él una fuente moral. Se perdería el contrapeso al poder político.

Donde la democracia es nueva, donde los ciudadanos comienzan a aprender las lecciones democráticas, es vital que comprendan la noción de la división del poder. Sobre todo, la división que impida al gobernante dominar a la política y también a la economía y a la cultura.

Cuidando impedir esas uniones indeseables, esa democracia tendrá más oportunidad de madurar.

La inquietud democrática natural del ciudadano no debe llevarle a querer unir demasiados poderes en el gobierno que quiere. Su agitación y desasosiego al momento de decidir su voto no debe hacerle olvidar que la democracia que ahora goza dependerá de evitar que su gobierno concentre demasiado poder.

Post Scriptum

Mi temor es que el ciudadano, en un afán alocado de buscar un gobernante milagroso, acepte gobiernos que se sustentan en acumular poderes económicos y culturales, lo que niega a la democracia.

En mi experiencia derivada de conversaciones innumerables sobre el tema, demasiados equivocan su razonamiento cuando intentan evitar abusos de poder. Una persona ilustró esto argumentando que para evitar el monopolio telefónico en México, el gobierno debería expropiar a esa empresa.

La solución es terrible y producirá una situación aún peor al unir el poder político y una empresa ya de por sí poderosa. La solución no es unir poderes sin crearles contrapesos: abrir a la competencia real la telefonía y dividir su poder entre varias.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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