Acostumbradas a escuchar ninguna otra cosa que alabanzas a la democracia, las personas muestran una tendencia general a aprobar cualquier cosa, si es que ella es el resultado de una mayoría de votos —una decisión democrática, como se le suelen llamar.

Definida de manera tan estrecha y limitada, la democracia es comúnmente entendida como un simple sistema de toma de decisiones —que funciona bajo el principio ajustado a dar aprobación a eso que reciba el voto de la mayoría.

Sin embargo, un sistema de ese tipo presenta una dificultad descomunal, la de no garantizar que la decisión tomada por mayoría sea la mejor de entre las consideradas.

Esta idea ha sido expresada antes (mi traducción):

«Yo creo, en verdad, que una de las más importantes materias en las que la teoría política tendrá que descubrir es la respuesta en el futuro cercano acerca de encontrar una línea de demarcación entre los campos en los que las opiniones mayoritarias deben ser obligatorias para todos y los campos en los que, por el contrario, la opinión de la minoría debe ser permitirse prevalecer si esta puede producir resultados que mejor satisfagan una demanda del público». The Essence of Hayek

Ese es un problema considerable, que golpea con fuerza la imagen de la democracia como algo inmaculado —que puede ser expresado con claridad de esta manera, en un análisis mental simple:

• La mayoría vota por implantar la medida X —la que sea y contra la que existen evidencias fuertes, las que indican que no dará los resultados esperados.

• La minoría vota por la medida Y —que es el rechazo a la medida X, a la que pide no aprobar porque tendrá resultados colaterales negativos considerables.

Si es cierto que la medida X es mala —de lo que existe amplia evidencia—, tendrían que concluirse que implantar X sería (1) democráticamente adecuado y (2) al mismo tiempo una total estupidez.

Otra posibilidad explicada esquemáticamente:

• La mayoría vota por tomar la decisión K1, cualquiera que esta sea —una decisión que los análisis económicos y financieros señalan como muy probablemente errónea.

• La minoría vota por tomar la decisión K2, cualquiera que sea —una decisión que según los análisis señalan, es muy probable que produzca muy buenos resultados.

De nuevo, aprobar la decisión K1 será (1) hacer respetar a la democracia, pero también (2) será una decisión tonta.

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Eso es lo que puede llamarse el dilema democrático —el aceptar que respetar su regla de mayoría significará, en muchos casos, tomar una decisión equivocada.

Sobre lo anterior, hago los comentarios siguientes:

• Debe aceptarse, antes que otra cosa, la imperfección del diseño democrático que legitima a decisiones que no tienen garantía alguna de ser la mejor alternativa —lo que echa por tierra el aura de exaltación que se ha creado alrededor de la democracia.

En una elección presidencial, como ejemplo clásico, el voto de la mayoría no necesariamente será dado al candidato que sea la mejor opción.

• Derivada de lo anterior, la democracia presenta una ventaja importante: la posibilidad de remediar errores anteriores cuando se presente, por ejemplo, la nueva elección presidencial y puede tenerse un nuevo presidente sacando del poder pacíficamente al anterior.

Aunque, por supuesto, el nuevo presidente de será necesariamente la mejor opción entre los candidatos.

• La democracia, sin embargo, contiene un mecanismo a su favor, el de la posibilidad de crear situaciones de diálogo previas al voto decisivo —en las que las partes exponen sus opiniones e idealmente las defienden con solidez y razón.

Pero, tampoco existe garantía de que ese diálogo sea racional y las partes estén abiertas a ceder ante los mejores argumentos del otro. Quizá demasiadas veces, ese diálogo no conduzca a nada por la terquedad usual entre gobernantes.

• ¿Existen ciertos campos en los que sí debe usarse el sistema de mayoría democrática y otros en los que no? Esta es la cuestión que se señala en la cita anterior —determinar áreas propias del voto y áreas fuera de él.

Quizá la elección de gobernantes sea un caso en el que no pueda evitarse el sistema de voto mayoritario —¿cómo seleccionar de otra manera un presidente, por ejemplo?

Y tal vez, conforme se requieran conocimientos especializados, sea mejor abandonar el principio democrático de voto mayoritario —¿cómo decidir de otra manera que no sea la de los análisis serios la decisión de no usar maíz transgénico, o la construcción de un aeropuerto?

El dilema democrático —de producir decisiones legítimas tontas— saca a la superficie la consideración de la «calidad» de la gente que vive bajo ese sistema.

Para que una democracia funcione y se sostenga es necesario que las personas tengan un mínimo razonable de educación, entendida como (1) educación formal que permita una cierta capacidad de razonamiento sustentado en conocimientos y (2) una cultura que haya creado valores sólidos, especialmente el de la libertad personal.

Cuando eso no sea así, las personas estarán a merced de líderes embusteros y farsantes que con malicia usen subterfugios que confundan y les permitan ascender al poder.

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