Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Popular y Erróneo
Eduardo García Gaspar
7 diciembre 2010
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Surgen con periodicidad reportes sobre la pobreza, casi siempre con un tono de preocupación y hasta de indignación.

Vale la pena hacerlo notar, porque no hace mucho, la regla era la pobreza y poco se pensaba en ella. Era algo dado e inevitable.

Las cosas han cambiado mucho y se ha dado un giro digno de apuntar. La pobreza es ahora la excepción, no la regla. Sabemos que puede crearse riqueza, que la pobreza puede disminuir.

Hace un mes, o más, la ONU reportó que el número de personas con hambre crónica había disminuido a 925 millones, una cifra grande, pero con tendencia a la baja.

Ante datos como ése, las personas reaccionamos diferente. Hay quienes se alarman a tal grado que son capaces de tomar cualquier medida que de inmediato pueda tener resultados (aunque sus efectos de largo plazo sean riesgosos).

Otros son más pausados y, si bien preocupados, desean hacer cosas menos llamativas y más de efecto sostenido en el largo plazo.

Cuestión de enfoques personales. Un caso ilustra esto con claridad.

Tome usted a un político cualquiera, elegido para gobernar durante unos cuatro o seis años, que desee ser bien percibido por el electorado. Este hombre se inclinará mucho por las medidas de corto plazo contra la pobreza, que son las llamativas y fáciles de explicar a la gente.

No le interesarán tanto las medidas de gobierno que tengan efecto cuando él ya no esté en el gobierno, cuando otros gobernantes se beneficien de los efectos de las medidas tomadas por él. No le interesará tampoco tomar medidas que son menos llamativas y menos espectaculares.

Por ejemplo, supongamos que en cierto momento algunos alimentos básicos suben de precio y surge el problema de que una parte de la población no podrá comprar las cantidades que necesita. Digamos el maíz en México usada para hacer las tortillas.

Ante esta situación, es mucho más probable que el gobernante opte por las medidas más visibles y llamativas, como imponer un control de precios a ese alimento.

Las medidas más llamativas, las que le hagan lucir mejor en su discurso. Sus efectos de largo plazo no le interesan tanto, como el aparentar ser un preocupado por los pobres. Para entender esto mejor, puede verse el asunto de una manera más esquemática.

Suponga usted una nación cualquiera en la que se juzga que el número de pobres es inaceptable. Puede ser en un país rico, como EEUU, o en uno menos desarrollado. En todas partes sucede.

Y, se argumenta, que es injusto que esos pobres no tengan acceso a los alimentos que es justo que coman, o a la viviendo que se considera deben tener. O a los servicios de atención médica.

Frente a una situación de ese tipo, hay dos maneras básicas de reaccionar dependiendo de la variable que el gobernante dedica tratar de manipular. Una variable es el precio de los alimentos, o de la vivienda, o de la medicina.

Si selecciona manipular al precio, decidirá reducirlo, quizá con un control de precios, o con subsidios, o con créditos blandos, o con cualquier otra cosa.

Una medida de ese tipo es espectacular. Da para buen material en discursos. El gobernante podrá presumir de ser un preocupado por el bienestar social. Muchos ciudadanos lo aplaudirán, en especial los que son beneficiados.

Y los efectos se verán muchas veces de inmediato, lo que da aún mejor material para discursos.

Pero no es esa la única posibilidad de solucionar el problema. El gobernante tiene la opción de dejar a un lado la manipulación de los precios, por ejemplo, el de las tasas de interés para préstamos hipotecarios a la vivienda popular.

Y puede poner su atención en el otro lado del problema: el ingreso de los pobres (como quiera que hayan sido definidos).

Puede entonces hacer otra cosa espectacular y muy llamativa, que también es gran material para sus discursos. Puede decidir elevar el ingreso de esos que no tienen lo suficiente y, por ejemplo, decretar una elevación del salario mínimo. O cambiar algo de la ley laboral, quizá impidiendo despidos, o cosas similares. Muchos aplausos recibirá.

El denominador común de todas esas medidas es su espectacularidad política. Son medidas de gran visibilidad y muy llamativas, que capitalizan la ingenuidad de buena parte del electorado y son aplaudidas por el segmento beneficiado. El problema es que esas medidas son erróneas: no resuelven el problema y sólo lo ocultan.

Post Scriptum

Sobre el tema general hay más material en ContraPeso.info: Populismo.

Un ejemplo ilustrativo está en un texto de Carlos Sabino, Cuando Dicen Que sí a Todo.

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