Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Evo y Dos Inocencias
Eduardo García Gaspar
4 mayo 2012
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La noticia es una minuta ya vista y vivida. Como la reiteración de un suceso conocido.

Una epidemia que brota de nuevo. Los detalles varían, la realidad es igual.

Aconteció hace poco en Argentina. Ahora se sufre en Bolivia.

Fue reportado: “Evo Morales expropia la filial de Red Eléctrica Española en Bolivia”. Morales declaró,

“Esta empresa antes era nuestra y lo que era nuestro ahora estamos nacionalizándolo… Es obligación de las Fuerzas Armadas recuperar la electricidad para el pueblo boliviano… [las acciones de la empresa pasarán a] favor del Estado Plurinacional de Bolivia”.

No es una imagen nueva para los mexicanos. Las instalaciones bancarias fueron tomadas por el ejército el 1 de septiembre de 1982 tratando de lograr el tono sagrado de la expropiación petrolera de 18 de marzo de 1938.

También estos sucesos usaron el mismo tema central, el de “recuperar lo nacional, dar la propiedad a la nación” y cosas por el estilo.

Por supuesto, no toda expropiación es negativa. Las hay que pueden ser justificadas. Las hay que no lo están y éstas se reconocen, creo, por los argumentos que se usan.

Cuando el punto que justifica la expropiación es el nacionalismo, lo más probable es que se trate de una expropiación sin fundamentos.

Pero comencemos por el principio. Los efectos de una expropiación como la de Bolivia o la de Argentina en la economía del país. Daña una variable central de toda economía nacional, la certidumbre.

Cuando usted trabaja, cuando usted invierte, usted hace una apuesta futura, quizá de muchos años. Necesita una confianza razonable en la estabilidad futura.

Las expropiaciones disminuyen esa confianza. La convierten en incertidumbre y eso afecta trabajos actuales que tendrán resultados futuros. Se detienen inversiones o se disminuyen. Se pierde la posibilidad de calcular los resultados futuros de trabajos presentes.

Y eso daña a todos en el país, especialmente a los menos favorecidos. Esto es algo sabido. No es ningún secreto. Se altera la creación de capital y eso es causa de pobreza.

Esas expropiaciones, no justificadas, suelen darse en medio de crisis económicas, como le sucedió a López Portillo con la banca mexicana. Los gobernantes las usan como distracción de problemas intentando volverse populares con medidas extremas que apelan a sentimientos pueriles.

Y uno de los mayores de esos sentimientos es el nacionalismo extremo.

Funciona bien en algunas partes. Su base fundamental es la xenofobia, el odio al extranjero que lo define como un villano sin necesidad de juicio.

De allí, todo sigue en un proceso automático: el odioso extranjero es propietario de lo nuestro y debemos recuperar lo que nos pertenece. Lo “nuestro” es, por definición, lo nacional, lo que es exclusivo de los que viven en esa nación y que, se presupone, son propietarios de lo que allí existe, no importa qué.

Hay otro elemento fundamental, la inocencia del ciudadano, su ingenuidad e ignorancia. Es lo que le hace dejar de pensar y envolverse en un nacionalismo sin sentido. Y esto es lo que nos lleva al asunto de real fondo que bien vale una segunda opinión.

Me refiero a la capacidad de que medidas contrarias a todo sentido común sean decididas por gobernantes y aplaudidas por ciudadanos.

No es un nuevo fenómeno político. Lleva siglos usándose. Podemos llamarle Populismo en un sentido amplio. También podemos verlo como Demagogia.

Es el aprovechamiento, con objetivos de lograr más poder, de prejuicios más o menos arraigados, como el nacionalismo. Es lo que el escritor H. L. Mencken llamó a la prédica de doctrinas que el gobernante sabe que son falsas a ciudadanos que sabe que son idiotas.

No es eso del todo correcto lo de Mencken. Sí, el ciudadano debe ser ingenuo en su pensamiento político para que triunfe el demagogo, pero hay ocasiones en las que el gobernante también debe ser considerado idiota.

Y es que hay políticos que en verdad creen lo que predican. Se tragan ellos mismos sus mentiras y piensan que están haciendo el bien con, por ejemplo, la expropiación de empresas para recuperar lo que es propiedad nacional (lo que sea que ello signifique).

Nuestros tiempos son de gran conocimiento, de estupendos avances, de muchos descubrimientos en todos los terrenos. En todos, menos en uno. En el campo de la política no ha habido avances, ni progreso.

Seguimos con los mismos problemas de antaño, la misma ignorancia, las mismas dificultades. Algo que se debe a dos inocencias:

• La segura inocencia de una buena cantidad de ciudadanos que creen en los argumentos nacionalistas de una expropiación injustificada.

• La posible inocencia de gobernantes que las ejecutan —dije posible, porque otros gobernantes saben que son falsas y las aplican por ventajas políticas. Ya no es inocencia, es maldad.

Post Scriptum

Las citas son de una noticia en Libre Mercado.

Un amigo explica que el triunfo del demagogo sólo es posible con la existencia de una masa critica de ciudadanos ingenuos. No significa eso ignorantes que no hayan pasados por salones de clase. Significa, según él, lo opuesto, algo peor: ciudadanos que han pasado por salones de clase donde se les ha adoctrinado en esos prejuicios y razonamientos que el demagogo capitaliza.

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