Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Igualdad y Moral
Eduardo García Gaspar
20 diciembre 2012
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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Es uno de los rasgos de nuestros tiempos. Es la noción de la igualdad entre los seres humanos.

Igualdad esencial en el valor que cada uno posee.

La misma dignidad tiene el más poderoso de nosotros que el más humilde. El multimillonario no es distinto al más pobre.

Es una buena idea, una consecuencia inevitable del Cristianismo.

Si todos somos una creación divina, todos valemos mucho y lo mismo. Los efectos de esta idea traen muchos bienes a nuestro mundo. Toda la noción de derechos naturales sería impensable sin eso de ser iguales en importancia y grandeza.

Pero no todo es color de rosa en nuestro mundo imperfecto. Esa noción de igualdad tiene otros efectos.

Si nos hace equivalentes, como “gemelos” en valor , también nos separa a unos de otros. Nos vemos como iguales, pero esa noción nos hacen también ver como individuales.

Sólo a lo que tiene una individualidad puede aplicarse la idea de igualdad. Y siendo individuos iguales tomamos también la idea de que tenemos una identidad propia.

Podemos, por tanto, ocuparnos de nosotros mismos, sin otra consideración más. Siendo libres, además, podemos optar por actuar buscando nuestros goces y placeres. Incluso de manera desmedida.

Es entonces cuando debe regresarse a lo que originó toda esa idea de igualdad individual, el Cristianismo. Lo siento por quienes tienen tendencias seculares marcadas, pero no hay más remedio.

Veamos esto en su dimensión total.

Fueron las ideas cristianas las que moldearon nuestra forma de pensar en cuando a la noción de vernos como seres individuales iguales. Esta noción no puede sustentarse a la larga si a ella no se añade el resto del Cristianismo, concretamente sus normas morales.

Si del Cristianismo se toma la idea de que somos personas individuales iguales y al mismo tiene no se aceptan sus preceptos morales, la situación se hace inestable. Una cosa va con la otra.

Quitarse de encima a los mandatos morales, y sólo aceptar la igualdad individual, es erróneo. Es como tener una computadora y tirar a la basura el teclado.

En parte, por cosas como esta, escribió Tocqueville (1805-1859), que “los pueblos religiosos son fuertes en el punto en el que los pueblos democráticos son débiles, lo cual hace importante que los hombres conserven su religión al hacerse iguales”.

Es una buena llamada de atención para la secularización de nuestros días.

Una idea esencial de la democracia es la igualdad de seres libres individuales. Esto es el fundamento último de la división de poderes y del sistema de votación. No hay problema aquí y todos, creo, religiosos y no religiosos, apoyan esta idea.

Pero en la sociedad democrática de nuestros días hay un fenómeno adicional, la secularización y esto es importante.

La secularización, en pocas palabras, crea un olvido de las religiones y sus valores. Con este olvido, la persona en una sociedad democrática se encuentra en una situación particular: es libre, es igual al resto, es individual.

Pero no tiene la otra parte que forma esa libertad igual individual, las guías para vivir esa situación. Esta es la debilidad democrática de nuestros tiempos.

En la visión cristiana, las personas son iguales en dignidad y son libres. Precisamente por eso necesitan algo que las guíe: normas, mandatos, principios que enseñan a distinguir a lo bueno de lo malo.

En la sociedad democrática se tiene ese primer elemento: ser libres e iguales en dignidad. Pero se ignora deliberadamente la otra parte, la de los mandatos y normas. La situación no es sostenible a la larga.

Basados en la noción de ser personas libres e iguales, sin mandatos morales, estamos a la deriva y con facilidad caeremos en eso que Tocqueville llama el “deseo desmedido de los goces materiales”.

Sin guías de conducta, cada quien definirá lo bueno a su conveniencia inmediata y los gobiernos identificarán al poder con la bondad. Ya ha sucedido esto en algunas partes.

Sé que estas ideas pueden ser insoportables a algunos que ven en la secularización un proceso de liberación. Mucho me temo que sea lo opuesto. La secularización es un camino a la esclavitud.

Si se quiere la idea cristiana de la igualdad digna, no aceptar la idea de mandatos morales de origen divino tendrá consecuencias malas. Una cosa va con la otra.

Post Scriptum

Esquemáticamente, la columna puede entenderse sosteniendo la imposibilidad de separar dos elementos aportados por el Cristianismo:

• El valor alto de la dignidad de la persona como una creación de Dios a su imagen y semejanza. La implicación de esto es obvia: nadie vale más que otro, todos son vistos por Dios como iguales en su valor y libres incluso para rechazarlo.

• La necesidad de que un ser así cuente con mandatos morales que lo guíen en sus actos. Sería absurdo crear seres valiosos, libres e iguales sin proveerles con esas guías que los orienten. Creer que no es necesario este elemento debilita al primero.

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