La prisión del estado de bienestar
El escape de una prisión

El ciudadano creado por el Estado de Bienestar. El tipo de persona producido por el gobierno que pretende cuidar a todos desde que nacen hasta que mueren. La creación de una nueva persona sin individualidad, sin autonomía, sin fibra moral.

Enfocando el tema

Entremos al tema. Es el tipo de personas que produce ese régimen, el que promete cuidarnos desde que nacemos hasta que morimos. El tipo de ciudadano creado por el estado de bienestar, los efectos que tiene en él.


Una idea de I. Kristol resulta aplicable aquí. La idea general y las citas son de un ensayo titulado «Republican Virtues versus Servile Institutions», publicado en Kristol, I. The Neoconservative Persuasion: Selected Essays, 1942-2009. Basic Books.


Según él, la única manera auténtica de evaluar a los sistemas políticos y económicos es el efecto que ellos tienen en el ciudadano

El sistema de reparto de beneficios

Un tipo de sistema social parte de la idea de ser un instrumento de ayuda. Una especie de reparto de beneficios que cubran necesidades materiales, especialmente entre los más necesitados.

En estos sistemas, gobiernos y leyes quieren lograr un tipo de ciudadano, el ciudadano feliz. Definido como el que tiene satisfechas sus necesidades materiales, al menos las más básicas, por medios estatales.

La satisfacción de sus necesidades constituye la más alta meta política. Eso, se supone, elevará a la persona integralmente. La satisfacción material tendrá un efecto positivo en la moral humana. Esto es lo que está oculto en la ideas de que es la pobreza la causa central de la criminalidad.

Que eso suceda, me parece, es una expectativa no comprobada. No solo eso, es posible anticipar un efecto contrario a las buenas intenciones de ese tipo de sistema político.

Verse sujeto a depender de otro para la satisfacción propia de necesidades, crea hábitos indeseables de pasividad, incluso de merecimiento injustificado. Produciría un cierto egoísmo material en la persona.

Una especie de masa malcriada como lo entendió Ortega y Gasset.

El sistema de personas autónomas

Otro tipo de sistemas parten de otra idea contraria, la de creer que las personas son los mejores jueces de su vida y que, por eso, deben valerse por sí mismas.

Depender de la caridad estatal, suponen, es un error y el mejor ciudadano será el que logre por sí mismo la felicidad que él se ha definido.

Nadie puede conocer tan bien a la persona como para imponerle una felicidad que no ha sido definida por ella misma. El ciudadano que este tipo de sistemas ambicionan crear es el de la persona libre e independiente, que madura aceptando las consecuencias de sus decisiones.

En estos sistemas, se acepta que la persona es imperfecta. No importa, si ricas o pobres, todas ellas podrán realizar actos indebidos, y lo que debe hacerse es aceptar esta posibilidad realista en un ambiente en el que sea propicia la formación del carácter. Esa vieja idea republicana de estatura moral en el ciudadano común.

No hay aquí que exagerar la fe en el ciudadano y su total capacidad para resolver por sí mismo todo lo que enfrenta. Por eso, son necesarias las leyes y un sistema judicial justo. Por eso se necesita, en este sistema, un código moral claro, mínimo y aceptado, que junto con la ley sirva de guía a la persona.

Los efectos del estado de bienestar en el ciudadano

Kristol lo ha expresado muy bien:

«No puede usted tener ‘auto-gobierno’ en el caso individual a menos que usted tenga una clara, aunque general, idea sobre el tipo de persona que quiere ser».

Es decir, usted no puede hablar de democracia sin hablar de la capacidad para autogobernarse y eso quiere decir decidir el tipo de persona que quiere ser y que quiere tener a su alrededor.

El tipo de ciudadano creado por el estado de bienestar no es compatible con la democracia.

En lugar de democracia el estado de bienestar ha creado otro sistema que merece otro nombre. Algo como lamentocracia, es decir, gobierno de los lamentos, demandas y reclamos.

Cualquier otro nombre de este nuevo régimen político, tiene él una naturaleza muy propia que es producto del nuevo tipo de ciudadano creado por el estado de bienestar.

Los efectos de ese régimen crean otro tipo de ciudadano con rasgos que expongo en lo que sigue.

1. Reclamo como forma de vida

El hábito y costumbre de la queja continua convertida en un estilo de vida concentrado en la pasividad del quejoso que no considera tener la capacidad de cambiar la más pequeña de las cosas en su vida.

Esto es una parálisis ciudadana creada por la única posibilidad de acción posible de realizar: el lamento y el quejido. La mente del ciudadano no concibe nada en la política que vaya más allá de la queja que se convierte en exigencia al gobierno.

2. Pereza mental

El rasgo de la holgazanería mental que le lleva a rehuir temas centrales y adoptar el confort relativista, por el que supone que no existe la verdad y nadie puede tener la razón.

Recibe y adopta todo eslogan que facilite una respuesta que no requiera pensar, como «debe haber tolerancia», «toda diversidad es buena», «evitar herir sensibilidades» y demás.

Un efecto considerable en el ciudadano creado por el estado de bienestar y que le lleva a aceptar todo lo que venga del gobierno.

3. Derecho a todo

El ciudadano creado por el estado de bienestar es uno que supone que tiene derecho a todo lo imaginable. Derechos que el gobierno debe cumplir.

Es un inventor consuetudinario de reclamos incalculables que concibe como algo que le es debido y que merece por el mero hecho de existir.

Un producto de la queja continua y de la holgazanería mental, es un hábito formado que le hace entender que cualquier capricho suyo llega a la altura de tener que ser considerado un derecho justificado.

4. Toda culpa es ajena

Otro de los efectos del estado de bienestar en el ciudadano es una creencia enraizada de entender los problemas personales como causados por terceros.

Es una conducta continua de echar la culpa a quien sea de lo que sucede, para lo que dispone de una lista muy útil de culpables usuales. La institucionalización de la envidia como política de estado.

Esto es la renuncia a la responsabilidad personal, una noción que le resulta incomprensible al ciudadano creado por el estado de bienestar.

5. Esperanzas utópicas

Esta es una expectativa de un mundo feliz y perfecto, en el que nada falla y todo es justo y maravilloso gracias a la intervención del estado de bienestar.

Esto es algo a lo que siente tener derecho y que puede reclamar por la vía de cosas como los derechos convertidos en una relación creciente de reclamos.

El estado de bienestar crea hábito arraigado de crear utopías que deben imponerse en el resto, que son un conjunto de ignorantes que no saben lo que es bueno para ellos.

Es la creación reiterada de modelos sociales idealistas que deben implantarse con optimismo, sin cuestionamientos ni necesidad de mayor análisis.

6. Sentir sustituye a pensar

Otro de los efectos del estado de bienestar en el ciudadano es la sustitución del pensar por el sentir, por la que ya no importa la verdad, ni el razonar.

Lo vital es sentir, tener sentimientos, crear emociones, guiarse por la sensibilidad, seguir los afectos.

Para el nuevo ciudadano creado por el estado de bienestar pocas cosas son tan molestas como las preguntas que cuestionan sus ideas. Por eso para él la lógica ya no tiene sentido y tampoco la realidad.

7. Indignación agresiva

El ciudadano creado por el estado de bienestar suele tener un comportamiento agresivo que le hace actuar con rabia e irritación. Una conducta sustentada en la indignación furiosa que conduce a enojos continuos contra todo crítico.

Cualquiera que no piense como él le causa enfurecimiento y lo percibe como causa de inseguridad y amenaza personal. Esto produce decisiones de censura.

Entonces…

Es llamativo que un buen resumen del efecto que el estado de bienestar ha tenido en el ciudadano haya sido producido aproximadamente en el siglo XIII, en Las mil y una noches:

«Se cuenta que hubo una vez en Basora […] un rey que era amigo de los pobres y menesterosos y a quien todos sus soldados admiraban por su generosidad. Hacía mercedes a manos llenas y tantos eran los regalos que distribuía que todo hombre libre aceptaba convertirse en esclavo suyo, ya fuera de día o de noche. La vida solo le resultaba agradable cuando comprobaba que la gente estaba contenta con él y agradecida por el dinero que con tanta liberalidad dispensaba». Las mil y una noches, p. 571

La clave está en esa frase tan terrible: «…y tantos eran los regalos que distribuía que todo hombre libre aceptaba convertirse en esclavo suyo».

¿Qué tipo de ciudadano es creado por el estado de bienestar?

La respuesta es clara en lo dicho antes. Quiero, sin embargo, terminar con una consecuencia en especial. La pasividad.

Ese tipo de gobierno invita a la inmovilidad, a la pasividad. Es uno que nos dice «no te muevas, no te esfuerces, yo haré las cosas por ti». «No te preocupes”, nos asegura, «yo resolveré tus problemas y te haré feliz».

No importa que sea charlatanería esta manera de gobernar, ella es una invitación a la abulia del ciudadano, a la que quiere premiar. Es una solicitud a la apatía y la inactividad. Este gobierno invita a la gente al desgano y la indolencia.

Ve a las personas como gente desidiosa e impotente. La ciudadanía no es nada más allá que un cuerpo aletargado de incapaces a los que debe cuidarse.

Es la autoridad que actúa creyendo que es su deber proteger al ser humano, desde que nace hasta que muere, de todo riesgo y peligro. Quiere aislarlo de toda preocupación e incertidumbre.

Quiere hacerlo feliz creyendo que la felicidad es no tener vicisitudes, ni asumir riesgos, que la felicidad se encuentra en la impasibilidad y la lasitud.

Es el tipo de gobierno que se sostiene diciendo al ciudadano, «no lo hagas tú, lo haré yo». Y es así que otorga la garantía estatal de ingreso, pensión, casa, salud, educación, empleo, diversión.

Todo lo que se espera de la gente es el desgano de esperar a que le sean otorgadas esas dádivas.

Hay otro gobierno posible, muy distinto

Uno que entiende al ciudadano y a la sociedad como capaces de vivir, como seres vigorosos, pujantes, briosos. Personas que gozan en resolver problemas y tener iniciativas propias, animadas, fogosas, apasionadas, activas, briosas. Con potencial para hacer e imaginar.

Personas que encuentran su realización personal en la asunción de riegos, en la búsqueda de sus metas propias, en la emoción de la posibilidad de fracasar o tener éxito.

Es como si se entendiera a la sociedad como algo caliente, en movimiento, activa y efervescente; y no como algo frío, inactivo y apático.

Este gobierno no intenta hacer felices a las personas, sino que las deja libres para que ellas sean felices por sus propios medios, con sus propias ideas. Lo único que intenta es crear condiciones para facilitarles la tarea, no sustituirlas.

Al final, queda una pregunta obvia

¿Podrá una sociedad producir bienestar y riqueza cuando el ciudadano es pasivo, lánguido y desganado?

Porque ese es el tipo de ciudadano creado por el estado de bienestar cuando premia la despreocupación y la impasibilidad del que debe esperar el favor estatal de su pensión, o su casa, o su educación, o su doctor.

¿No progresará más la sociedad de personas activas, exaltadas, vivas, que saben que su bienestar propio dependerá de su trabajo y el logro de sus metas? Porque este tipo de persona no es el que crea el estado de bienestar, al contrario, lo penaliza y castiga.

El corazón de la diferencia está en la manera en la que se entiende al ser humano, de lo que se concluye la responsabilidad del gobernante.

El pronóstico es ahora más claro. La sociedad que sea gobernada por un estado de bienestar tendrá a la larga menos bienestar. La causa principal es el haber supuesto que el ciudadano es tonto e incapaz, lo que convertirá en realidad.

El punto llega a ser dramático y de consecuencias severas: un estado de bienestar altera a la persona, afectando las creencias que ella tiene sobre sí misma.

Le hará verse como inútil, como incapaz, como alguien cuya única tarea es exigir que el gobierno le otorgue favores para poder sobrevivir. Sí, el estado de bienestar tiene efectos en las personas, crea un tipo de ciudadano que no es libre y, por eso, no crea riqueza. La contrario, la consume.


Y unas cosas más…

Debe verse:

Caridad pública o privada, ¿cuál va primero?
El tamaño óptimo de un gobierno

Otras ideas relacionadas:

Otras referencias:

Notas sobre la conversión del ciudadano en súbdito sumiso

Hay algo terrible en un estado de bienestar, ese que promete cuidar a sus ciudadanos desde la cuna hasta la tumba. Con buenas intenciones y loables objetivos, ese gobierno es un transformador de ciudadanos, a quienes convierte en súbditos pasivos, a los que poco importa su destino, ni el de su país.

El ciudadano, bajo ese régimen, ha hecho un intercambio: el de su libertad por el de su comodidad frente a la autoridad que le ha prometido hacerlo feliz.

«Qué me importa después de todo que exista una autoridad siempre alerta… que vigile que mis placeres sean tranquilos, que vuele delante de mis pasos para desviar todos los peligros sin que tenga necesidad de pensar en ellos, si esa autoridad… es dueña absoluta de mi libertad y de mi vida?»

La cita es de Tocqueville (1805-1859) y pone el dedo en la llaga del estado de bienestar: el que prohibe comida indebida en las escuelas, bolsas de plástico en las tiendas. El que obliga a cinturones de seguridad en los autos y decreta crédito baratopara casas. El que promete pensiones y salarios justos, más guarderías y educación gratuita.

Sigue Tocqueville

Todo eso tiene efectos y consecuencias, describe al ciudadano creado por el Estado de Bienestar

«a fortuna de su pueblo, la limpieza de su calle, la suerte de su iglesia y casa parroquial»

Ese ciudadano,

«Piensa que todas esas cosas no le atañen en manera alguna y que pertenecen a un extraño poderoso que se llama gobierno».

Es gracias a ese gobierno que el ciudadano «goza de esos bienes como usufructuario sin espíritu de propiedad y sin idea de ninguna mejora» y si

«su propia seguridad o la de sus hijos estuviese comprometida, en lugar de ocuparse de alejar el peligro, se cruzaría de brazos para esperar que la nación entera viniese en su ayuda».

Hay otro efecto en el ciudadano. Convertido en un ente pasivo que todo espera recibir de la autoridad, no es un ser que guste “más que otro de la obediencia”. Y se somete

«al capricho de un funcionario, pero le gusta desafiar la ley, como a un enemigo vencido, tan pronto como se retira. Por eso se le ve oscilar de continuo entre la servidumbre y el libertinaje».

Otras citas

«El estado de bienestar totalmente desarrollado es una versión moderna del castillo medieval, protegido por sus murallas y fosos, y ofreciendo seguridad y protección a la población leal que se reúne a su alrededor». Irvig Kristol (1920-2009)

La comparación no es exagerada. El castillo medieval es asombrosamente similar al Estado de Bienestar.

Si antes había súbditos que vivían bajo la protección del señor del castillo, ahora los ciudadanos son súbditos también, cuya existencia depende de la protección del gobierno. Una especie de encomienda colonial dentro de la que los indígenas esperan protección paternal.

El mismo autor lo expresa así:

«…el ciudadano es metamorfoseado en un sujeto. El sujeto cede solo su derecho de autogobierno a cambio de seguridad de la cuna a la tumba… La transferencia de importantes áreas de responsabilidad al estado de bienestar, combinada con una tolerancia permisiva y flácida de la irresponsabilidad moral entre la ciudadanía, es una descripción tan correcta como la que puede uno imaginar de la decadencia nacional».