Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ni Vocación, ni de Servicio
Eduardo García Gaspar
3 septiembre 2004
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


No hace mucho que volví a escuchar de parte de un gobernante esa curiosa frase que gente como él repite para encontrar una justificación a su oficio.

La frase es la de “tengo vocación de servicio y deseo ayudar a la sociedad”. Tales palabras forman parte del paisaje político de muchos lugares y llama tanto la atención como uno de los árboles dentro de un inmenso bosque visto desde una muy alta montaña.

La frase es, desde luego, curiosa, pues pone a los políticos al nivel del atleta olímpico que afirma hacer todo por su país.

No es creíble, excepto en casos verdaderamente excepcionales. Un político es un ser como todos, quizá un tanto por debajo del promedio, y esas altas motivaciones de las que presume son exaltaciones de lo mismo de lo que carece. Veamos esto de manera ordenada.

Primero, eso de “vocación de servicio”.

Si de verdad la tuviera el político por encima del resto de la población, no sería el gobierno una institución con altos niveles de corrupción. De esto, es posible concluir que la frase es una mentira.

Por otro lado, si alguien en verdad tiene vocación de servicio a la sociedad, difícilmente entraría a un gobierno, pues vería realizadas sus ansiedades de servicio con mayor plenitud en las acciones que realizan los misioneros, los enfermeros y una serie de personas que con escasos ingresos se consagran a la atención de los demás.

Y luego está lo de “deseos de ayudar a la sociedad”.

Cuando alguien proclama ese tipo de amores a la sociedad y a la humanidad, lo que en realidad está revelando es otra cosa más escondida, su amor por otra cosa, su amor por sí mismo y los apetitos incontrolables para imponer en otros sus ideas para hacerlos vivir dentro del sistema por él ambicionado.

No puede existir un amor así tan vago, por una entidad tan abstracta.

Concluyendo hasta aquí, la vocación de servicio y el amor a la sociedad son palabras vanas y huecas, que suenan bien y convencen al ingenuo que cree en las buenas intenciones de quien las pronuncia.

La regla general, por tanto, es sencilla: no creer en eso que es tan falso y sin sentido, lo que nos lleva a considerar la pregunta obvia. ¿Son los gobernantes personas en promedio peores o mejores que el resto de los ciudadanos?

Contestar esto ilumina mucho la naturaleza humana del gobernante. La primera posibilidad es que los políticos sean en promedio mejores que el resto de las personas. No lo creo, pues hay muestran patentes de lo contrario. Piense usted en nuestros legisladores para darse cuenta de eso.

La posibilidad de que ellos sean mejores que el resto no es viable. Quedan por tanto, las opciones siguientes, las de ser iguales al resto o ser peores que el resto.

¿Son los gobernantes iguales que el resto de las personas, ni peores ni mejores? No es una mala opción y, de principio, cancela la posibilidad de que ellas sean movidas por intereses totalmente altruistas y posean los más altos valores.

Si son como todos, van a ser sujetos de las mismas debilidades y sucumbirán a las mismas tentaciones. Sus intereses no serán los del servicio a la sociedad, sino los del avance personal. Mirarán antes por su bien y no por el de los demás.

En fin, gente normal, como cualquiera. Esta es una opción optimista del gobernante, la de un ser humano común, como cualquier otro. Pero hay otra posibilidad espeluznante, la de que los gobernantes sean en promedio personas que peores al resto de la sociedad; que tengan estándares morales por debajo del promedio.

La posibilidad es real y existen casos que se inclinan en esta dirección. Vea usted, por ejemplo, cómo el interés de los partidos ha prevalecido sobre el bienestar de México en esos últimos cuatro años de democracia. Sea lo que sea, la conclusión parece lógica. Cuando algún político habla de su vocación de servicio, de su amor por la sociedad y cosas por el estilo, está mintiendo.

En el mejor de los casos son personas iguales al resto y, muy posiblemente, sean personas en promedio peores que el resto de la población. Y dentro de la categoría gobernantes, destacan esos que dicen guiar a sus agremiados, me refiero a los líderes sindicales que hablan de defender a quienes representan.

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