Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tus Ideas, Las Mías
Eduardo García Gaspar
23 diciembre 2008
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Quizá a usted le sucedió lo mismo que a mí. Durante los estudios de escuela primaria, las clases de historia, sea universal o nacional, eran una colección de hechos violentos y decisiones de gobierno. Recuerdo a profesores hablando con admiración de Alejandro Magno, de Julio César, de Napoleón Bonaparte, de batallas, guerras, conquistas, imperios, reinos.

Tiempo más tarde uno se da cuenta de las cosas y los personajes que esos profesores admiraron quizá no eran lo maravilloso que ellos pensaban. La vuelta a la realidad está bien representaba en la historia de Alejandro Magno, quien como parte de sus campañas de conquista capturó a una nave pirata y mandó llamar al capitán de tal barco.

Ya en su presencia el pirata, fue interrogado por el mismo Alejandro. Le preguntó quién pensaba que era él, un pirata, que atracaba en los mares causando mal a los demás. El pirata le respondió, “Soy lo mismo que tú, que causas mal a los demás. Ya que lo hago con mi pequeño barco me llaman pirata. Tú lo haces con una gran flota y te llaman emperador.”

La sabiduría del pirata es enorme. Se refiere a una diferencia de escala, de un mismo fenómeno y que, dependiendo del tamaño recibe dos nombres distintos. Un ladrón, que trabaja en escalas pequeñas, es un delincuente porque quita a las personas por la fuerza parte de patrimonios. Una organización criminal que asalta bancos con metralletas en algunas ciudades, es también considerado delincuente.

Pero una persona o grupo de ellas que por la fuerza quitan una parte de sus patrimonios a todo un país, se llama gobierno y suele ser alabado y aplaudido. Su escala es tan grande que la visión se distorsiona y se le admira por lo  mismo que a otros menores se castiga. La comparación ha sido hecha antes.

Permítame citar a San Agustín. “Y si la justicia se deja fuera, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones? ¿Porque, qué son las bandas de ladrones sino pequeños reinos?”

La idea es reveladora: una banda de asaltantes es en verdad una sociedad de personas, bajo el mando de un líder y con una ley que entre ellos respetan. Si sus miembros aumentan a tal nivel que llegan a dominar ciudades y pueblos, llegará el punto en el que se hable de un Estado con un gobierno constituido.

Si eso le trae recuerdos de la URSS en 1917, o de las camisas pardas en Alemania, no es casualidad. Pero usted también puede pensar en otras posibilidades, como Venezuela, Cuba y similares. O piense en otros robos, como en Zimbabwe, donde la inflación reportada fue de 231,000,000% (BBC, 9 octubre 2008). O en inflaciones menores que siguen siendo robos.

Lo que rebasa mi imaginación es cómo hacer de esos robos un sujeto de elogio y apología. Admirar a Alejandro Magno por conquistar, o a Felipe El Hermoso en Francia por depredar al país como capricho de sus guerras, me parece injustificable. No lo entiendo. No veo cómo justificar que se quite patrimonio por la fuerza a ciudadanos comunes para realizar los proyectos personales de alguien, como el Socialismo del Siglo 21.

No es que pretenda justificar la anulación de todo gobierno, pero sí señalar que resulta paradójico hacer panegíricos de quien vive de los demás dañándolos. Maquiavelo, con todo su realismo crudo, criticaba eso cínicamente: decía que un gobernante podía matar al padre de un ciudadano que eso no le causaría tanto encono como el quitarle dinero del bolsillo.

Supongo que todo puede resumirse en un par de mentalidades e infinidad de variaciones. Sí, existe una mentalidad que adora a los gobiernos y que es una especie de estatolatría. Esta alimentada por motivos de honor, gloria, nacionalismo, grandes proyectos, sueños enormes, que sólo puede ser realizados lastimando a terceros. Cosas como la revolución cultural en China con Mao y otras por el estilo, como proyectos de nación que no son de nadie excepto de un grupo.

La otra mentalidad es menos soñadora, más realista. Mira con gran escepticismo esos grandes proyectos estatales y le resulta sospechosa toda autoridad que habla del bienestar general y la voluntad popular, porque sabe que nada de eso existe y que son buenas expresiones que ocultan deseos de acumular poder. Esta es la mentalidad que permite a todos vivir con tranquilidad y lograr sus propios proyectos, no los del gobernante.


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