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Algo Podrido en Europa
Selección de ContraPeso.info
17 noviembre 2014
Sección: Sección: Análisis, SOCIEDAD
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Something Is Rotten in the State of Europe.

William Shakespeare sabía una o dos cosas sobre psicología humana. Pero también entendía mucho sobre el cuerpo político y cómo señales pequeñas pueden ser indicativas de traumas más profundos.

Así que cuando Marcelo dice a Horacio, en el inicio de Hamlet, que casi puede olerse la debilidad que impregna a Dinamarca, ésa es la forma en la que Shakespeare nos hace poner atención en lo que sobresale como anormal y preguntar qué más puede presagiar.

Era difícil no recordar este consejo al leer que una mayoría del Consejo de Ética en Alemania pidió recientemente la abolición de las restricciones legales sobre el incesto. Refiriéndose a un caso en el que un hombre había entrado en una relación con su hermana biológica, el Consejo declaró: “El derecho fundamental de los hermanos adultos a la autodeterminación sexual tiene más peso en estos casos que la protección abstracta de la familia”.

Considere que un grupo de filósofos morales asocia a la expresión “derecho fundamental” con el incesto, y también la vinculación de la palabra “abstracto” con familia. Cuestiones de lenguaje, y ​​estas palabras dicen mucho acerca de la salud de la reflexión ética académica en la Europa de hoy.

¿Podría ser, sin embargo, que éste y otros desarrollos reflejen un desquiciamiento profundo que está en marcha en todo el Viejo Continente, especialmente en Europa Occidental?

En muchos aspectos, esta grieta podría ser descrita como una huida de la realidad: una que es evidente entre las elites europeas y los segmentos más amplios de la población. Un ejemplo es cómo la mayoría de los líderes de los gobiernos europeos, incluso frente a la barbarie, de otro modo conocida como ISIS, siguen insistiendo que el yihadismo nada tiene que ver con el Islam.

Tomemos, por ejemplo, la respuesta del primer ministro británico David Cameron a pistoleros sacrificando a compradores en un centro comercial en Nairobi en septiembre de 2013. Condenó a los culpables que “afirman que lo hacen en nombre de una religión —no lo hacen”.

En realidad, los terroristas en este caso reclamaron hacer lo que hicieron en el nombre de su interpretación del Islam. Es cierto que la gran mayoría de los musulmanes no son terroristas con un gusto macabro por la decapitación. Sin embargo la mayor parte de los grupos terroristas del mundo sí son musulmanes y recurren a líneas de pensamiento islámico para legitimar sus actividades.

Refiriéndose a la posterior propagación de la violencia, uno de los principales estudiosos del mundo del Islam, el afable jesuita egipcio Samir Khalil Samir, ha dicho:

“El problema … desde el principio es interno del Islam, porque la afirmación dogmática es un fenómeno cada vez más recurrente: el kafir, cualquier persona que no pertenece al auténtico Islam debe ser eliminada. ‘Kafir’ era una palabra que se aplicaba a aquellos que no creen en Dios, pero se amplió; declarar a alguien ‘kafir’—en árabe se dice ‘takfir’— es una de las plagas del Islam moderno, es decir, afirmar que otra persona no es un verdadero musulmán y que debe ser eliminado”.

El padre Samir prosigue afirmando que, aunque “ciertamente no podemos decir que éste es el Islam”, no hay ninguna duda en su mente de que la violencia actual y sus justificaciones religiosas son “un derivado del Islam”.

Entonces, ¿por qué gente no poco inteligente como Cameron insiste en que el Islam nada tiene que ver con lo que está pasando?

¿Podría ser que él y otros líderes europeos estén tan profundamente cautivados con el implosivo proyecto multiculturalista que no pueden decidirse a prestar atención a lo que las personas que realmente saben algo sobre el tema tienen que decir acerca de algunas de las derivaciones teológicas del Islam?

Otro ejemplo de la negación se refiere a la reticencia de muchos de los mismos líderes —por no hablar de un montón de europeos comunes— a reconocer que los Estados de Bienestar en Europa simplemente no son sostenibles en su forma actual.

No hay duda de que esto tiene algo que ver con las elecciones. Decir, por ejemplo, que los servicios nacionalizados de salud en general no pueden dejar de ofrecer desempeños subóptimos, es invitar a opositores políticos a etiquetarte como un artero “neoliberal” ansioso por abandonar a la abuelita por un mercado de perro-come-perro.

También está el caso, sin embargo, de que las reformas radicales en los Estados de Bienestar europeos significarían admitir que hay muchas cosas que los gobiernos no pueden hacer muy bien, y tal vez en algunos casos que no deben hacer en absoluto, excepto como último recurso.

Para la mayoría de la clase política de Europa —ya sea de izquierda o derecha— tales pensamientos son anatema. Sería poner en tela de juicio, entre otras cosas, a todo el modelo social europeo en el que han invertido tanto capital político, económico y moral.

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Lo peor es que esas respuestas, con la cabeza metida en el suelo, ante la dinámica de la lenta paralización de los Estados de Bienestar europeos (por ejemplo, envejecimiento de la población, tasas de natalidad por debajo de la tasa de reemplazo, la burocratización sin fin) están socavando la capacidad de los gobiernos europeos para hacer las cosas que en realidad se supone deberían hacer, como la defensa nacional.

Vladimir Putin seguramente ha notado que, con la excepción de Polonia, todos los países europeos han disminuido de manera constante los gastos de defensa en una época de aumento de la inseguridad. Si se trata de una elección entre programas de seguridad y de bienestar nacional, muchos europeos aparentemente optan por esta última.

Pero quizás el más preocupante distanciamiento de la realidad que marca a la Europa contemporánea, es el aumento visible del antisemitismo, sobre todo, como Roger Kaplan lo ha ilustrado, en la izquierda europea.

El reciente conflicto de Gaza trajo a la superficie las tensiones antisemitas que se encuentran justo debajo de la superficie de muchas sociedades europeas. Incluso en países con una reputación de tolerancia como Italia, consignas como “¡Judíos, su fin está cerca!” fueron pintadas  en edificios en Roma en agosto de este año. Y no nos olvidemos de los manifestantes en Alemania que en julio pidieron gasear judíos.

Pero como Brendan O’Neill demostró  en un artículo reciente del Wall Street Journal cuidadosamente argumentado, los últimos brotes de antisemitismo europeo también se han caracterizado por avivamientos sutiles de algunas de las peores teorías antisemitas de conspiración.

Figuras de políticos europeos, por ejemplo, colgados de hilos de títeres en manos de figuras con nariz de gancho y vistiendo Estrellas de David, en muchas protestas europeas contra la reciente lucha de Israel contra Hamás (una organización que incluso la súper políticamente correcta UE designa como grupo terrorista). Eso es un retroceso a tonterías como los Protocolos de los Sabios de Sión.

Lo más triste de la Europa de hoy, sin embargo, es que pocas personas de cualquier estatura parecen estar dispuestos a hablar con claridad y de manera convincente sobre el infeliz lugar en el que gran parte del continente se encuentra actualmente.

Entre las figuras religiosas, preguntas profundas sobre Europa y sus caminos actuales fueron regularmente planteadas por Benedicto XVI  y el igualmente refinado Gran Rabino de Gran Bretaña, Jonathan Sachs.

Ambos, sin embargo, están ahora retirados de sus cargos. Ningún líder religioso en la Europa actual está siquiera cerca hoy de llenar el vacío posterior.

Y entonces, ¿qué de los intelectuales de Europa? Ciertamente, filósofos como Roger Scruton, Pierre Manent, Rémi Brague, Philippe Beneton y Robert Spaemann han sido bastante directos sobre el grave vaciamiento de la identidad de Europa.

Ellos, sin embargo, son excepciones en una academia que está sumida en lo que se describe mejor como nihilismo suave. En cuanto al mundo de la política, bueno cuanto menos se diga, mejor. La Europa de hoy es una zona sin estadistas.

Al final, por supuesto, Hamlet hizo algo acerca de su situación: pero no antes de haber bailado alrededor del problema, huido hacia la introspección y ayudado a arruinar la vida (por no hablar de la cordura) de muchos de sus seres más cercanos y queridos.

Todo fue demasiado poco y demasiado tarde. Esa es precisamente la perspectiva que enfrenta Europa en la actualidad. Y no es nada para celebrar, menos aún para los estadounidenses. Después de todo, no estamos tan atrás de los riesgos de la negación.

Nota del Editor

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