Los resultados teóricos contra los reales. Las expectativas optimistas contra la realidad. Este es un juego político constante, el de lo prometido contra lo logrado.

Tiene usted, para empezar, una realidad, la que sea. Tome a su país, por ejemplo. Seguramente es una mezcla compleja de cosas buenas con malas, de ventajas y desventajas, de problemas y conflictos, de logros y cosas indeseables. Una realidad compleja sin duda, muy compleja.

Esta realidad es percibida selectivamente: lo malo atraerá más atención que lo bueno; los problemas más que lo solucionado; los defectos más que las ventajas. Esto es humano y comprensible: poner atención en las cosas malas es lo que nos lleva a solucionarlas y mejorar, para luego ver qué otras cosas están mal y seguir ese ciclo.

Esa realidad compleja de cosas buenas y malas tiene vaivenes. Hay momentos mejores que otros. Pasamos por crisis y bonanzas, por guerra y paz. Estos movimientos son parte de la realidad compleja, esa mezcla de miles de cosas buenas y malas.

Ante esta realidad existen dos formas básicas de reacción. Primero, la que agradece lo bueno, acepta lo malo y trata de corregir todo lo posible; una mentalidad realista y razonable. Segundo, la más interesante de las reacciones, la de quien solo ve lo malo sin atender a lo bueno; una mentalidad obsesionada con lo negativo.

Esta es la mentalidad que merece ser examinada más de cerca y que es particularmente propia de regímenes de libertad personal, donde la libertad de pensamiento y expresión se usa sin gran limitación. Es común que en estos regímenes sean populares y comunes las críticas de su realidad, lo que no está mal en principio.

Pero que llega a extremos irracionales cuando en ella suceden dos cosas.

Una, la fijación con lo malo, la monomanía de lo negativo. No es tanto que se olvide la compleja mezcla real con lo bueno, sino que lo negativo se convierte en terquedad selectiva que acepta falsedades. Es tal la alucinación con lo malo de la realidad que se aceptan mentiras, exageraciones e inexactitudes.

Dos, la composición de un bosquejo idealista de perfección absoluta. Es la construcción de una ilusión pura, un proyecto de sociedad sublime en la que todos los problemas han desaparecido. Un mundo sin conflictos, sin problemas, en la que la felicidad total es posible.

Esas dos cosas son comparadas entre sí, con el resultado obvio: la sociedad creada en teoría es muy superior a la sociedad vivida en la realidad. No hay duda, se concluye, debemos trabajar para lograr esa sociedad excelente e inmejorable que se ha construido en una especulación teórica que parte de la obsesión con las partes negativas de la realidad.

Esta comparación, es mi creencia, es buena parte del origen de las discusiones políticas de todos los tiempos, aunque quizá sea algo más intenso en los nuestros. Examinarla es algo que merece una segunda opinión.

La comparación es sesgada. Comparar a la realidad, con sus cosas buenas y malas, con los resultados siempre positivos de una propuesta teórica, no tiene sentido. No puede presuponerse que la sociedad teórica perfecta en su concepción no tendrá resultados negativos (incluso potencialmente mayores a los de la sociedad real).

La sociedad es demasiado compleja para poder ser modelada en teoría y eso produce efectos colaterales imprevistos.

Hay más de una posible sociedad teórica posible de crear, lo que presenta el problema de decidir cuál de ellas aceptar. El mundo ideal de Platón no es el mundo ideal de Marx, ni el de Rawls, ni el de muchos otros. Cada persona incluso puede tener su propia propuesta. No hay solución razonable para decidir entre las alternativas posibles y que serían muy numerosas.

Con una consecuencia muy indeseable, el prestarse al totalitarismo de una utopía impuesta por la fuerza según el diseño personal de alguien con el poder suficiente.

¿Es posible tener una sociedad inmejorable, en la que ya nada negativo puede existir? La respuesta más razonable es negativa. No, esa sociedad insuperable no es una posibilidad realista.

La razón es obvia, aunque pase desapercibida: somos seres imperfectos y no podemos crear una sociedad perfecta.

Mi propósito ha sido apuntar los peligros y las falsedades de las propuestas de sociedades ideales, pero eso no significa que no sigamos tratando de resolver problemas y trabajar por tener muchas más cosas buenas que malas.

«Tal vez la utopía más grande sería si todos pudiéramos darnos cuenta de que no es posible ninguna utopía; no hay lugar a donde huir, no hay lugar para esconderse, solo ocuparse de los negocios aquí y ahora». Jack Carroll

Y algo más…

Debo citar esto:

«[…] the Cambodian regime too “claimed that its intention was to create an egalitarian society, in which justice, fraternity and altruism would be the key values, yet like other Communist regimes it produced a tidal wave of selfishness, inequality and irrationality». Hollander, Paul. From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship (p. 201). Cambridge University Press. Kindle Edition.

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