La división de poderes. Los pesos y contrapesos de gobierno.

Un asunto de equilibrio que suaviza tensiones políticas. Un reparto de fuerzas que se balancean unas a otras apaciguando presiones.

Una cuestión de estabilidad social y política, de la armonía necesaria para vivir con una confianza razonable en el futuro. Para escapar de gobiernos despóticos.

Un sutil autor revela la idea con perspicacia:

«[…] en el corazón de todas las sociedades en el mundo, aquellas sociedades que, durante un largo período de tiempo, siempre tienen la mayor dificultad para escapar de un gobierno absoluto, son precisamente aquellas en las que la aristocracia ha desaparecido, para nunca reaparecer». Tocqueville, Alexis de. Ancien Regime and the Revolution (Penguin Classics) (p. 12). Penguin Books Ltd. Kindle Edition. Mi traducción.

Habla de la situación francesa antes de la revolución, cuando todo estaba centralizado en París, en la monarquía, y había desaparecido el poder local de la aristocracia, la que fragmentaba al poder central. Si desaparecen esos contrapesos será difícil escapar al poder absoluto.

El tema es fascinante: la dificultad para escapar de un gobierno despótico depende de la existencia de otras formas de poder que limiten al poder central. La aristocracia local de esos tiempos era una de ellas. La división del poder político es otra. El federalismo o autonomías locales es otra forma de equilibrio que previene abusos centrales.

Esos contrapesos fueron anulados en otras partes y dieron origen a regímenes despóticos, como Cuba o Venezuela. México, ahora, se inclina hacia esa anulación de contrapesos al poder central con el control mayoritario de legisladores por parte del Ejecutivo y los candidatos a la Suprema Corte son cercanos al Presidente. Peor aún, el Ejecutivo tiene delegados personales en los estados, con poder en ellos.

Ese es el plan acostumbrado para examinar las formas que ayudar a escapar de un gobierno despótico. No son las únicas. Y Tocqueville se refiere a la central, creo yo.

«[…] donde los hombres ya no están vinculados entre sí por raza, clase, gremios o familia, todos están demasiado listos para pensar simplemente en sus propios intereses, siempre demasiado predispuestos a considerar a nadie más que a sí mismos y a retirarse a un individualismo estrecho donde todo bien público se extingue». Ibídem, (p.13).

Es ese «pensar simplemente en sus propios intereses, siempre demasiado predispuestos a considerar a nadie más que a sí mismos» la otra manera en la que pierde el contrapeso más fuerte que permite escapar de un gobierno despótico. Y ese gobierno, para subsistir, necesita fomentar el retiro del ciudadano de la esfera pública a la privada, dejando los asuntos públicos solo en manos gubernamentales.

Puede quizá esto verse como una ruta para escapar del gobierno despótico: no abandonar a los asuntos políticos y públicos. No hacer nunca lo que decía la carta de un lector a un periódico: «Dejemos que AMLO trabaje y esperemos los resultados». Es precisamente esto lo que debe evitarse.

Son las asociaciones, los clubes, los partidos, las iglesias, las escuelas, los círculos de amigos, las redes sociales, las ONGs, los medios noticiosos dominantes, los bloggers, y toda posible asociación social lo que forma el otro contrapeso al poder despótico.

Y todo eso comienza con una idea muy sencilla: desconfíe de todo gobernante, véalo con recelo y sospecha. La peor situación en la que puede caer un ciudadano es la de convertirse en un fan incondicional de un gobernante.

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