Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Cómo Saber Sus Resultados?
Eduardo García Gaspar
7 agosto 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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No hay maneras estándares de evaluar su desempeño, ni de conocer los resultados que producen. La única forma de conocerlos es mediante sustitutos imperfectos. Me refiero a los integrantes de la clase política, a los gobernantes.

En un puesto de empresa, digamos de producción, las mediciones de desempeño son tangibles y directas, como costo unitario, estándar de calidad, y otras más. Lo mismo sucede en otros puestos. Pero las posiciones dentro del gobierno no permiten esas mediciones ligadas al desempeño personal.

¿Cómo evaluar la gestión de un diputado? El número de leyes que emite es un mal indicador. La calidad de las leyes implica conocer resultados de largo plazo. Pero, a pesar de este problema, se han desarrollado algunos sustitutos.

En la publicidad de los legisladores mexicanos, por ejemplo, se menciona que ellos trabajan bien porque han aprobado los mayores presupuestos fiscales de la historia mexicana. Como si eso fuera bueno y difícil de hacer… aprobar gastar más dinero ajeno es un logro muy dudoso.

Otra de las mediciones sustitutas es la apariencia del gobernante, especialmente de lo que dice y cómo lo dice. Es una medición alejada de su desempeño, pero importante por la carencia de otras mediciones. Por esto, no extraña que el político otorgue una importancia descomunal a sus palabras.

Su oratoria, su retórica, es vital. Los ciudadanos la usan para evaluarlo y eso lo sabe el gobernante. El ejemplo más brillante actual es Obama, un real profesional de la palabra y su uso como arma de persuasión. Esta retórica eleva su importancia por la tendencia de los medios a reportarla cuando ella es atractiva.

El problema, por supuesto, es que hablar no basta. Un gobernante, en un puesto público, puede ser un gran orador, pero su trabajo incluye también otra función, la de hacer cosas, dar órdenes, tomar decisiones, hacer que las cosas sucedan. Las palabras no pueden sustituir a las acciones.

Pero si las palabras son brillantes y la oratoria fuera de serie, puede suceder que el político se salga con la suya, y sea popular y bien visto a pesar de tener un récord pésimo en sus acciones. Esto me recuerda Fox. El ex presidente mexicano era un hablador persistente, pero bastante malo y sus acciones tangibles, irrelevantes.

En ninguno de los dos sentidos, Fox fue un buen político. Obama, lo sabemos de sobra, es un extraordinario orador, mucho mejor en la forma que en el fondo, pero sin duda lo es. El problema es si será un presidente de acciones, buenas acciones. Todo lo que sabemos es que viene de posiciones en las que las palabras son necesarias, pero la toma de decisiones no es requerida en al misma proporción.

R. Reagan fue otro maestro de las palabras. Sus discursos aún son recordados y, al mismo tiempo, también lo son sus acciones.

Mi punto hasta aquí es señalar un fenómeno político digno de una segunda opinión: a falta de mediciones “duras” de desempeño del gobernante, usamos otras que son “suaves”. Una de ellas es su oratoria. Cuanto mejor es su dominio de la retórica, mejor suele ser evaluado (y más atractivo suele ser para los intelectuales; véase a C. Fuentes escribiendo sobre Obama).

Pero la retórica no es suficiente. Como tampoco lo es otra de las mediciones sustitutas del desempeño del político en México, la de su “gasto en obra pública”. Suele en este país hablarse de un buen político cuando este gasta mucho en obras conspicuas (un drenaje pluvial, por ejemplo, no cae en esta categoría, por necesario que sea).

El presidente Calderón, por ejemplo, sigue el estándar de oratoria política mexicana, que es mediocre y sin nada digno de resaltar, siempre lleno de lugares comunes y lo políticamente correcto. Pero, por el otro lado, el combate frontal al narcotráfico ha sido una decisión suya, directa y clara. Medir sus resultados tomará años.

Me parece más o menos claro que ante la falta de mediciones confiables de desempeño, se acude a mediciones sustitutas que son imperfectas e incluso engañosas. Se dice que un político de gran elocuencia es un buen gobernante. La afirmación es al menos dudosa. Hablar bien no está asociado con desempeño bueno.

Tampoco el gastar mucho es obras visibles, ni el emitir muchas leyes lo están. Y en realidad, hacer estas dos cosas puede estar muy relacionado con lo opuesto, un mal desempeño político.


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