Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
De Ciudadano a Súbdito
Eduardo García Gaspar
6 octubre 2010
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
Catalogado en:


Hay algo terrible en un estado de bienestar, ése que promete cuidar a sus ciudadanos desde la cuna hasta la tumba.

Con buenas intenciones y loables objetivos, ese gobierno es un transformador de ciudadanos, a quienes convierte en súbditos pasivos, a los que poco importa su destino, ni el de su país.

El ciudadano, bajo ese régimen, ha hecho un intercambio: el de su libertad por el de su comodidad frente a la autoridad que le ha prometido hacerlo feliz.

“¿Qué me importa después de todo que exista una autoridad siempre alerta… que vigile que mis placeres sean tranquilos, que vuele delante de mis pasos para desviar todos los peligros sin que tenga necesidad de pensar en ellos, si esa autoridad… es dueña absoluta de mi libertad y de mi vida?”

La cita es de Tocqueville (1805-1859) y pone el dedo en la llaga del estado de bienestar: el que prohibe comida indebida en las escuelas, bolsas de plástico en las tiendas. El que obliga a cinturones de seguridad en los autos y decreta crédito baratopara casas. El que promete pensiones y salarios justos, más guarderías y educación gratuita.

Todo eso tiene efectos y consecuencias: un ciudadano al que no le importa

“la fortuna de su pueblo, la limpieza de su calle, la suerte de su iglesia y casa parroquial”,

sigo citando al autor francés. Ese ciudadano,

“Piensa que todas esas cosas no le atañen en manera alguna y que pertenecen a un extraño poderoso que se llama gobierno.”

Es gracias a ese gobierno que el ciudadano “goza de esos bienes como usufructuario sin espíritu de propiedad y sin idea de ninguna mejora” y si

“su propia seguridad o la de sus hijos estuviese comprometida, en lugar de ocuparse de alejar el peligro, se cruzaría de brazos para esperar que la nación entera viniese en su ayuda.”

La perspicacia de las observaciones de Tocqueville es enorme. Va de la superficie bondadosa de un gobierno de bienestar al fondo sucio de sus efectos en la mente del ciudadano, para hacernos comprender cómo esas buenas intenciones son causa de males públicos. Pero la transformación del ciudadano en súbdito pasivo y desinteresado, no es lo único.

Hay otro efecto en el ciudadano. Convertido en un ente pasivo que todo espera recibir de la autoridad, no es un ser que guste “más que otro de la obediencia”. Y se somete

“al capricho de un funcionario, pero le gusta desafiar la ley, como a un enemigo vencido, tan pronto como se retira. Por eso se le ve oscilar de continuo entre la servidumbre y el libertinaje.”

Quizá ahora usted comprenda mi entusiasmo por este autor, un observador agudo, realista y que va al punto central del tema. Uno que bien vale una segunda opinión adelantada ante las elecciones presidenciales abiertas que vienen en un par de años.

Escucharemos en esas campañas promesas innumerables y todas ellas prometerán hacernos felices (sin decirnos que a cambio debemos someternos al capricho del gobernante y jurarle fidelidad). Prometerán ayudas escolares, regalos a la tercera edad, subsidios a madres soleras, vivienda barata, empleos para todos, lo que a usted se le ocurra.

Las promesas de dar la felicidad desde la cuna hasta la tumba logran votos entre ciudadanos inocentes, cuya ingenuidad les ha acostumbrado a creer que del gobierno recibirán todo sin ellos hacer nada. Basta que algo sea declarado como un derecho para que ellos lo exijan como un reclamo que sólo la autoridad puede conceder, mientras esperan sentados.

Ese ciudadano, pasivo y resignado, sumiso ante la autoridad a la que concibe como fuente inagotable de favores, es, sin embargo, uno poco propenso a controlarse a sí mismo. Cuando no está reclamando a la autoridad, él trata de evitarla y, sin sentido de lo debido, usa la poca libertad que tiene en excesos indeseables.

No acostumbrado al esfuerzo, sin conciencia del mérito, cree que todo lo merece y nada se le puede negar. Para él, todo es un derecho que el gobierno debe otorgarle. A eso le han acostumbrado los discursos políticos y las promesas de campaña, a ser un niño mimado que con rabietas obtiene regalos y oculto se comporta mal.

Sí, el estado de bienestar tiene esa naturaleza. Bajo un manto de bondad y buenas intenciones, produce no ciudadanos, sino súbditos pasivos y malcriados, que en su conjunto debilitan a la nación con frases como conquistas sociales, justicia social y otras similares.

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