Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Los Gobernantes y la Risa
Eduardo García Gaspar
16 junio 2011
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Definir a la risa es una tarea seria. Tanto que no lo intentaré, excepto por asociación.

La risa tiene sus sinónimos: carcajadas en un extremo, sonrisas en el otro. Son manifestaciones diversas de un mismo fenómeno que puede llamarse sentido del humor. Lo que tiene otros sinónimos: gracia, jocosidad, jovialidad.

Sea lo que sea, sin definiciones, entendemos con claridad esas ideas del sentido del humor. Creo que las entendemos porque tenemos ojos y ellos nos permiten ver la clave del humor: la cara de quien habla. Algo en sus movimientos faciales nos marca la diferencia entre el humor y sus opuestos.

No sé exactamente que sea, pero es lo que hacemos con nuestras caras lo que proyecta hacia el exterior el sentido del humor, lo gracioso, la broma, el chiste. No es sorpresa que suceda lo mismo en el otro sentido. Hay algo en las expresiones de nuestras caras que proyecta lo opuesto también, la seriedad.

No, no seriedad, la mejor palabra opuesta al sentido del humor es la solemnidad entendida como ese tomarse demasiado en serio. Me refiero a lo que llamamos circunspección. La actitud de gravedad. Es eso que dije, lo de tomarse demasiado en serio, tanto que se rechaza el sentido del humor.

Tomo un ejemplo, quizá el más visible de todos, el de los políticos. Cuando hablan ellos, su expresión es la de seriedad extrema. Se toman muy en serio. Creen tener la importancia de la solemnidad. Actúan, en verdad, como oficiando una ceremonia religiosa leyendo textos sagrados. La palabra intelectual quizá sea la de ser hieráticos.

Jamás hacen una broma, al contrario. Y si sonríen lo hacen falsamente, por instrucciones de sus asesores, en fotos y antes o después de hablar. Pero en su mayoría son solemnes hasta lo absurdo. Igual lo son las palabras que usan, en las que no cabe el humor que sea voluntario. Esto debe ser causa de preocupación del ciudadano.

Contrastemos dos escenarios. En uno los ciudadanos van a una taberna, toman unos tragos y se divierten. Se ríen, cuentas chistes, narran anécdotas, se toman el pelo. Pero eso no sucede en una reunión de políticos, al contrario. Ni siquiera consideran la posibilidad de la sonrisa más leve basada en el humor. Han perdido ese sentido.

Y eso debe preocupar más, quizá, que su orientación política. Quien no usa el humor, quien no tiene ese sentido, ha perdido parte de su humanidad. Y me gustaría ser gobernado por seres humanos mucho más que por seres solemnes. Un socialista es menos temible cuando tiene sentido del humor que cuando no lo tiene. Lo mismo va para liberales, progresistas y conservadores.

Demasiada solemnidad invita al conflicto, a la colisión y al antagonismo. Tomarse demasiado en serio lleva a la lucha, a la batalla y a la desavenencia. Todas esas situaciones son propias de la política, cosas a las que el sentido del humor suavizaría para lograr otra cosa propia de la política, los acuerdos, la sensatez, la avenencia.

Porque las partes políticas generan por si mismos discrepancias que la solemnidad agrava, pero que el sentido del humor y la risa reducen. Es posible que ese sea el defecto mayor de la humanidad del político, el tomarse tan en serio que considera a la risa una debilidad muy indeseable.

Puede ser que para algunos estas consideraciones no sean serias. Al contrario, sí lo son y merecen una segunda opinión.

El criterio básico para evaluar gobernantes es su orientación política, eso de si son socialistas o liberales, progresistas o conservadores, pero sobre todo ello está esa dualidad del solemnidad versus sentido del humor… y al solemne exagerado se le debe temer más que a otros.

Con independencia de su ideología, eso es lo que hace temibles a gobernantes como Hugo Chávez y otros similares, que son incapaces de reírse de sí mismos. No puedo imaginar a Fidel Castro haciendo un chiste revolucionario. Tampoco a López Obrador, ni a casi todos en México.

Y es que la falta de sentido del humor, la que lleva a la solemnidad extrema, también lleva a la soberbia y a la cólera, la rabia, el arrebato, la ira y la furia.

Es decir, a las cualidades peores que puede tener un gobernante. Si se habla de que un gobernante debe ser experimentado y honesto y prudente, me gustaría añadir otra cualidad, el que tenga sentido del humor.

Post Scriptum

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