Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Confiar en Desconocidos
Eduardo García Gaspar
12 junio 2006
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La vida tiene su gracia si es que uno reflexiona un poco. Por ejemplo, a diario ponemos nuestras vidas en mano de personas que no conocemos, ni siquiera sus nombres: quienes colocaron los frenos en los transportes que usamos, nuestros y propiedad de otros.

Confiamos en la calidad de su trabajo. Confiamos así en una enorme cantidad de personas.

En los pilotos de avión, en los médicos, en muchos otros. Hasta en los gobernantes. La confianza es una parte integral de nuestra vida. Sin ella serían imposibles muchas de las acciones que realizamos.

Quizá los cheques desaparecerían por falta de confianza en su pago. Ninguna sociedad mercantil sería posible. Confío ahora mismo en que el programa en el que escribo esto funcione, y la columna pueda ser enviada al periódico.

Sin confianza mutua no habría avance y viviríamos miserablemente. Eso es obvio. Pero lo que no lo es, es que nuestra confianza tiene sus garantías. No es una confianza ciega. Por ejemplo, confío en que la botella de refresco embotellado sea consistentemente de la calidad que espero y eso puede lograrse porque hay competencia.

El empresario que quiere ganar dinero en un sistema de mercado libre acepta eso: si no cumple con las expectativas del consumidor, éste comprará otras marcas.

En un buen mecanismo de garantía razonable. No es perfecto, pero funciona muy bien. También, la confianza se eleva cuando hay leyes que se aplican consistentemente bien. Si usted recibe un cheque sin fondos, puede acudir a los tribunales: quien debe pagar algo sabe que de no hacerlo, la ley puede caerle encima.

Esto se llama Estado de Derecho y es otro mecanismo, como el del mercado libre, para tener confianza en los demás. No está mal y es mejor, mucho mejor, que la confianza ciega en el que sea.

En los terrenos de la política, la confianza es necesaria, pero para evitar riesgos de abusos de poder, no sobra la división de poderes. No sea que los gobernantes quieran abusar de sus posiciones. La división de poder es otro de los mecanismos creados para acrecentar la confianza entre las personas.

Con una confianza razonable será posible tener una certidumbre razonable también. Y eso es requisito obligado de prosperidad.

El asunto viene a cuento por una razón importante. Mucho del porvenir de México estará en unos pocos días en manos de personas que ni usted ni yo conocemos, en lugares que nunca hemos estado. Me refiero a todos esos que estarán realizando el proceso electoral, contando votos, recogiendo urnas, repartiendo boletas y demás.

Lugar destacado en esta función lo tienen las personas del IFE y del TRIFE. Nuestro punto de partida es el de confiar en esas personas.

Por eso es que, antes que otra cosa, debemos poner un calificativo a quienes han realizado o tienen pensado realizar acciones irregulares en la votación: son ellos gente podrida que da asco y produce repulsión, estúpidos ignorantes, miopes inmorales, delincuentes asquerosos.

Una vez entendido lo que ellos son, debemos pasar a entender el papel que las autoridades tienen. Serán ellos, a quienes desconocemos, los en sus manos tengan el porvenir de usted y el mío. La confianza de millones ya está depositada en sus manos. Ellos deben entender cabalmente que deben ser objetivos e imparciales. No serlo los convertiría en cómplices de la pérdida de confianza.

Y esto es lo que me lleva al siguiente nivel. Tenemos mecanismos para acrecentar la confianza, como los mercados libres, la aplicación de la ley y la división del poder. Pero en última instancia es la conciencia propia la fuente de la corrección en el hacer.

El mérito moral está dentro de la persona, no fuera de ella. Y es el seleccionar el bien cuando puedo optar por el mal. Lo bueno y lo malo viene del interior de las personas.

México entero está confiando en las autoridades electorales. Pero también está confiando en los partidos políticos, especialmente en el momento de la verdad, que es el del anuncio del ganador de la presidencia. Millones confían en esas personas. Traicionar esa confianza sería un gran error, uno que como consecuencia crearía pobreza y miseria. Ojalá comprendan los partidos y las autoridades la sencilla idea de hacer el bien.

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